17 de julio 2006 - 00:00

Invertir en arte no siempre requiere grandes capitales

«Mujer santiagueña» de Antonio Berni.
«Mujer santiagueña» de Antonio Berni.
Cuando se habla de inversiones en obras de arte, así como en autos clásicos y piedras preciosas, generalmente se las asocia con personas de alto poder adquisitivo, lo que genera una imagen equivocada del mercado de arte y de quienes invierten en él. Baste decir que ochenta por ciento de las obras de arte subastadas en el mundo cambian de manos por valores inferiores a los 1.000 dólares, para probar que el arte no es un bien suntuario y tampoco requiere de grandes capitales para invertir en él.

El propietario de una obra de arte no debe pagar tasas o impuestos por conservarla (con excepción del impuesto a los bienes personales que tiene una tasa de 1,25 por ciento anual sobre el valor de compra). Al no ser un bien registrable, su transferencia es simple y sin gastos, y se presume la propiedad con la mera tenencia. Su valorización ha sido notable en las últimas seis décadas y, aunque no genera una renta material, sí lo hace en cuanto a prestigio y al placer de la contemplación. Es un bien de uso y en eso radica el gran valor de esta inversión.

En nuestro país, la mayoría de las grandes colecciones se han realizado sin grandes capitales, con la vinculación de los artistas con los compradores o con galeristas o marchands de arte. Un buen ejemplo fue el profesor de Italiano Luis Arena, quien con un sueldo de docente, reunió la más fabulosa colección de arte argentino.

¿Qué debe tener en cuenta el inversor en arte? La primera condición, aunque parezca una simpleza, es que le guste lo que está comprando, aunque piense en tomar ganancia rápidamente. Si él disfruta de la obra que compra, será su mejor vendedor. Esto va en relación directa con lo importante que es comprar en el lugar adecuado. Si se realiza la compra en una exposición, colección, galería o subastadora de prestigio, la obra tendrá un valor agregado, ya que los antecedentes del vendedor son la garantía de la autenticidad del bien.

Generalmente, las compras de «oportunidad» suelen ser la mejor manera de perder interés en invertir en arte. Es normal que un compañero de trabajo o un conocido tenga una obra que heredó o que debe vender de manera urgente y a precio muy ventajoso. Ahí es donde empiezan generalmente las penurias ya que no hay a quién reclamar. Lo mismo ocurre cuando la casa rematadora advierte al interesado que al haber estado los lotes en exhibición durante suficiente tiempo para su estudio, ellos no se responsabilizan de nada. Por lo tanto el nombre y el respeto que se tiene en el mercado por el vendedor es fundamental.

Mucho se habla últimamentede la buena inversion en los artistas emergentes. Lo es, y su valorización se verá a mediano y largo plazo por motivos ajenos al propietario.

Pero todas esas condiciones también valen para los artistas fallecidos, que además, tienen una oferta rígida y ya se sabe si su obra es pareja o cuál es la más demandada. Hay centenares de artistas fallecidos con bajas cotizaciones y precios inferiores a los jóvenes emergentes. Pero es un valor agregado conocer al artista, su desarollo, reconocimiento y valorización.

La inversión en arte es un negocio a mediano y largo plazo y los costos de comercialización -como dijimos ya en notas anteriores- son muy altos. La liquidez es otro problema a superar y por eso algunas empresas dan garantía de recompra, como mínimo, en los mismos valores de la compra original.

En nuestro país hay aún mercados infravaluados: básicamente el grabado, el dibujo y la escultura, que son los que permiten ingresar con cuotas módicas y no afectan a la cartera de inversiones.

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