14 de julio 2006 - 00:00

James Ivory filmará en el país historia de emigrados

James Ivoryayer enBuenosAires:filmará enla Argentina«La ciudadde sudestinofinal», yasistirá alestreno desu últimapelícula,«Lacondesablanca».
James Ivory ayer en Buenos Aires: filmará en la Argentina «La ciudad de su destino final», y asistirá al estreno de su última película, «La condesa blanca».
Tiene un hablar pausado, reflexivo, y una mirada firme. Aunque cordial, siempre está pronto a discutir y hasta mostrar cierto disgusto si alguna idea sobre su obra, expresada por el entrevistador, no coincide con la suya. Es James Ivory, el más europeo de los directores norteamericanos, realizador de grandes dramas de época como «Un amor en Florencia», «La mansión Howard» y «Lo que queda del día».

Ivory, de 77 años, ha llegado a Buenos Aires para dirigir una película. También estará presente, dentro de dos semanas, en el estreno de su último film, «La condesa blanca», protagonizada por Vanessa Redgrave, su hija Natasha Richardson y Ralph Fiennes. El año pasado, Ivory sufrió un duro golpe tras la muerte de su socio artístico, el productor Ismail Merchant, con quien no sólo mantuvo una amistad de tantos años sino que el nombre de ambos, Merchant-Ivory, representó un indisoluble sello de calidad artística en el cine del siglo XX. Dialogamos con él:

Periodista: Será ésta la primera película que rodará sin Merchant. ¿Cómo lo está viviendo?

James Ivory: Bastante mal. Muy mal. Aunque, en realidad, Ismail también participó en la preproducción de este film antes de morir. Viajamos con él a la Argentina hace exactamente dos años, poco antes de iniciar en Shanghai la filmación de «La condesa blanca».

P.: ¿Va a ser una historia contemporánea?

J.I.: Sí, pero con raíces en el pasado. Está basada en una novela de Peter Cameron llamada «The City of Your Final Destination». La protagoniza un grupo de extranjeros en Sudamérica. Son personajes de distintas nacionalidades y el principal es un judío alemán, único sobreviviente de una familia que vino aquí huyendo de los nazis. Luego habrá otro personaje que llega para escribir una biografía de él, lo que permite la mirada hacia el pasado. En realidad, la historia no transcurre en la Argentina sino en Uruguay; filmaremos en la Argentina por las mejores condiciones técnicas que hemos encontrado.

P.: ¿Cuándo comenzará el rodaje?

J.I.: Si todo sale bien, en octubre podríamos empezar.

P.: ¿Ya tiene elenco definitivo?

J.I.: Aún no, todavía faltan cubrir algunos personajes. Desde luego, será un elenco internacional, aunque mucho más no le puedo adelantar.

P.: Hablemos algo de «La condesa blanca». Usted retomó allí la colaboración artística con el japonés Kazuo Ishiguro, autor de «Lo que queda del día». ¿Es ésta otra novela de él?

J.I.: No, es un guión original. Desde «Lo que queda del día», que hicimos en 1993, nunca perdimos el contacto con Ishiguro. Con Merchant siempre deseamos volver a realizar otra película con él. Ismail le había pedido que adaptara otra novela suya que transcurría en Shanghai, pero a él no le interesó eso, y nos propuso en cambio escribir un guión, una historia completamente nueva, aunque también con el fondo de ese Shanghai de los '30, durante la invasión japonesa, en los años previos a la Segunda Guerra Mundial.

P.: ¿Ishiguro conoce Shanghai?

J.I.: No, jamás estuvo, aunque siempre le atrajo esa ciudad, y especialmente esa época. Sus abuelos sí estuvieron y vivieron esa época, al igual que su padre cuando era chico.

P.: El papel del ex diplomático norteamericano ciego parece especialmente escrito para Ralph Fiennes. ¿Usted ya había decidido que fuera él quien lo interpretara?

J.I.: No, pero siempre quisetrabajar con él, y cuando terminé de leer el guión se lo mandé de inmediato.

P.: Lejanamente, se aproxima algo a lo que Fiennes hizo en «El paciente inglés».

J.I.: No fue ésa la que más me gustó de sus películas. Creo que Ralph estuvo mucho mejor en «Sunshine» o en «El ocaso de un amor» («The end of the affair»).

P.: «La condesa blanca» tiene una particularidad. Actúan juntas Vanessa Redgrave y su hija Natasha Richardson, haciendo justamente de madre e hija. Y además está Lynn Redgrave, hermana de Vanessa. ¿Cómo transcurrió ese clima familiar en el set?

J.I: Vanessa y Lynn ya habían actuado juntas, pero tengo entendido que Natasha no había trabajado nunca con su madre. El clima fue bueno, aunque yo percibí siempre cierta ansiedad en Natasha. Creo que, en el fondo, ella estaba un poco intimidada por tener que actuar con su madre, pero trató siempre de que nadie lo advirtiera. No se sentía cómoda.

P.: ¿Tuvo muchas dificultades de orden práctico al haber filmado la totalidad de esta película en China?

J.I.: Demasiadas. Más allá de lo dificultosa que es siempre la producción de una película de época, en este caso se sumaron los obstáculos específicos de esa reconstrucción en un medio de costumbres tan diferentes. A eso hay que sumarle varias cosas, por ejemplo, algunas dificultades previas con los inversores; la comunicación con los estudios chinos, algo que no es nada sencillo, y finalmente el tremendo problema del idioma, ya que no sólo se necesitaban traductores de chino sino también de determinados dialectos. Nada fácil.

P.: ¿Pero se siente usted más cómodo en las películas de época?

J. I.: Es cierto que muchas de mis películas están ambientadas en el pasado, pero eso no quiere decir que me sienta bien en el momento de rodarlas. En absoluto. Siempre es mucho más sencillo rodar un film que transcurre en la actualidad. Todo lo referido a los estilos de vestuario, al mobiliario, a los coches especiales de cierta época, demanda un esfuerzo de producción enorme, y además siempre es más probable cometer errores.

P.: ¿Siente usted cierta afinidad con Luchino Visconti, en el sentido de retratista de la decadencia?

J. I.: No, en absoluto. Voy a disentir en eso. No creo que el Shanghai de «La condesa blanca» ofrezca un cuadro de decadencia. Shanghai, y particularmente en aquella época, era una ciudad vital, tumultuosa, viva. Los locos años 20 repercutieron mucho allí. Esa Shanghai tenía puntos en común con Chicago por ejemplo. Tal vez, desde el punto de vista chino, sí fuera una ciudad decadentista, pero no en la acepción occidental. Pero desde ese punto de vista, también Nueva York o París, con su vida nocturna, con sus cabarets, sean ciudades decadentes.

P.: Pero más allá de la ciudad y la época, en sus protagonistas no es difícil percibir el decadentismo. Esa familia rusa venida a menos, desarraigada, con la mujer ejerciendo la prostitución, o el mismo Fiennes, testigo de un pasado esplendoroso y ahora ciego y sin familia.

J.I.: Tal vez, no lo sé. Pero, de todas formas, creo que hay algo, en el personaje de Fiennes que va más allá de eso. Ese ex diplomático es un perfeccionista, un ser que vive al margen de la realidad que lo circunda gracias a una obsesión: él quiere construir un bar perfecto, un lugar ideal para la noche. Y así tiene muchos puntos en común con el mayordomo que hacía Anthony Hopkins en «Lo que queda del día». Hopkins trascendía su dolor, su propia realidad, con la obsesión de convertirse en el mayordomo perfecto. Fiennes ahora quiere ser quien le dé a Shanghai el bar perfecto. Los personajes de Ishiguro son realmente obsesivos.

Entrevista de Marcelo Zapata

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