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19 de octubre 2006 - 00:00

James Ivory en Shanghai

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«La condesa blanca» («The White Countess», G.B. EE.UU., Alem.-China, 2005; habl. en inglés). Dri.: J. Ivory. Int.: R. Fiennes, N. Richardson, V. Redgrave. SBP.

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"La condesa blanca", última de las colaboraciones entre el productor Ismail Merchant ( fallecido el año pasado) y el refinado director James Ivory, transcurre en China en tiempos convulsionados: los preliminares de la Segunda Guerra Mundial y la amenaza de la invasión japonesa. Pese a todo ello, su desarrollo es lánguido, y los destellos de auténtica pasión son más escasos de lo que hubiera sido ideal.

Sin embargo, gracias a algunas de sus virtudes, la película no defraudará al público de paladar inclinado al cine de época, bien vestido y decorado, con fondo de densas encrucijadas dramáticas. Firmado su guión por Kazuo Ishiguro (el autor de la novela en que se basó «Lo que queda del día»), «La condesa blanca» une los destinos de dos personajes a la deriva en la Shanghai de 1936. Ellos son la condesa rusa Sofia-Belinskya (Natasha Richardson), viuda de estirpe, ahora en desgracia, y el ex embajador norteamericano Todd Jackson, ciego y extraviado en la utopía de inaugurar el «bar perfecto», papel a cargo de Ralph Fiennes. Sofia, por culpa de la revolución bolchevique, ha debido cambiar privilegios por una vida miserable y riesgosa. No sólo se ve obligada a trabajar en Shanghai como alternadora en un club nocturno, sino que además su familia, que sobrevive gracias a ella la humilla por su oficio prostibulario.

El entramado de lealtades y traiciones se completa con la figura del japonés Matsuda (Hiroyuki Sanada), un personaje más desconfiable que el de los extranjeros en «Casablanca». La media hora final de la película (que dura extensos 138 minutos) es la más vivaz.

M.Z.

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