17 de octubre 2002 - 00:00

"Kamchatka": lentitud y buenos sentimientos

Escena del film
Escena del film
«Kamchatka» (id., Argentina, 2002; habl. en esp.). Dir.: M. Piñeyro. Int.: R. Darín, C. Roth, H. Alterio, F. Mistral, M. Del Pozo, M. de la Canal, T. Fonzi y otros.

"Kamchatka", un tango dócil y poco feroz, es una nueva visita de la pantalla nacional a los años del Proceso. A diferencia de la mayor parte de este cine, la película opta por una vía casi siempre descuidada, o simplemente no tenida en cuenta, y que tantos films recordables produjo en el mundo: la que desplaza el foco de la acción directa (terreno propicio para el habitual surtido de los estereotipos de militares sangrientos y vociferantes) a las historias pequeñas e individuales, donde el afuera sólo está sugerido y no mostrado.

Tal vez ninguna película, por ese camino, refirió tan bien los crímenes stalinistas como «Sol ardiente», de Nikita Mijalkov, desde el interior de una casa y muchas veces con la mediación de la mirada infantil, o los años de la ocupación alemana en Francia como «El silencio del mar», de Jean Pierre Melville, limitada a tres personajes y un living. Sin embargo, desafortunadamente, los resultados de «Kamchatka» quedan bastante más lejos de alcanzar un lugar semejante pese a la óptica elegida.

•Metáforas

El nuevo film de Marcelo Piñeyro, de tiempos lentos, densos y melancólicos, también se apoya en la mirada infantil (la del hijo mayor de los protagonistas, Harry), pero está viciado de metáforas muy primarias, empezando por la principal: la analogía entre la invulnerabilidad de la península de Kamchatka en el juego de mesa TEG como símbolo de la resistencia de la Argentina de 1976. Su materialización no es más imaginativa aunque sí extensa. El guión relata el traslado desde la Capital a una casaquinta de Buenos Aires al que se ve obligado un matrimonio de clase media (Ricardo Darín y Cecilia Roth) con sus dos hijos. Allí cambian identidades y hábitos, mientras transcurren los días y el metraje, a la espera de que las circunstancias se aclaren. Como tantas veces en el cine de Piñeyro, hay una escena de baile para romper cierta monotonía, en este caso de mensajismo y sentimentalidad.

Un día llega a la casa otro refugiado (Tomás Fonzi) y algún tiempo después se va sin mayores datos, tal vez no necesarios, aunque el tratamiento dramático de su relación con los chicos, que al principio desconfían de él, tampoco es demasiado interesante. Se tiene la sensación, por momentos, de que el relato se ahoga en su propio ahorro de información, porque no existe una sustancia dramática suficiente como para compensar esa economía de datos. En otra oportunidad, más melancolía, viajan al sur a encontrarse con los padres de él (el inevitable Héctor Alterio y Fernanda Mistral).

Con esa habitual mirada autocompasiva de un cine menos político que sentimental, en
«Kamchatka» las peripecias son escasas, las declaraciones de afecto abundantes, y cierta iconografía popular de importación, seleccionada con el mismo criterio simbólico que el nocturno juego del TEG (las proezas del mago Houdini, experto en escapatorias, y de quien el pequeño Harry adopta el nombre, o la serie Los invasores que remite a los militares en el poder, gustos bastante poco probables en un chico de los '70) hasta parece mejor definida que los mismos personajes.

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