21 de abril 2006 - 00:00

Kane, ciudadana de la psicosis y la angustia

Leonor Manso estrenó la primera obra de Sarah Kane en la Argentina, «4.48 Psicosis».
Leonor Manso estrenó la primera obra de Sarah Kane en la Argentina, «4.48 Psicosis».
«4.48 Psicosis» de S. Kane. Dir.: L. Cáceres. Int.: L. Manso. Dis. Escenotécnico: A. Garbellotto. Dis. Luces: E. Sirlin. Dis. Sonoro: G. Barredo. (ElKafka.)

Poco antes de suicidarse, la dramaturga Sarah Kane (1971-1999) escribió esta pieza de alto contenido autobiográfico. En ella es posible apreciar sus desesperados intentos por liberarse de una depresión originada en la infancia, tal vez producto de un padre abusivo y de una madre empeñada en hacer la vista gorda. Más tarde, su propia condición de escritora revulsiva, dispuesta a indagar en todos los tabúes sociales, le valió el rechazo de muchos críticos; pero también los elogios de intelectuales tan prestigiosos como el dramaturgo Harold Pinter.

Aun así, siempre fue una outsider, una escritora acosada por sus demonios internos que podía ser extremadamente certera en sus críticas a la violencia e hipocresía de la sociedad británica. Su cuadro no es el de una psicótica, pese al efecto que tuvieron en ella el exceso de drogas y de terapias de choque, a los que fue sometida tras un fallido intento de suicidio.

Considerada su mejor obra (de las cinco que escribió) «4.48 Psicosis» da cuenta del vía crucis que padeció Kane a expensas de un sistema médico que trata a sus enfermos como máquinas para reparar. Incomprendida, amordazada por los psicotrópicos y finalmente entregada a su propia angustia, decidió darle un corte a su «congénita» imposibilidad de vivir tomándose una sobredosis antes de ahorcarse (así, «no podría interpretárselo erróneamente como un pedido de auxilio», declara su alter ego literario).

La obra reproduce el deshilvanado discurso de una mujer, a medio camino entre la cordura y la alienación, que defiende a ultranza su derecho a morir cuando ya no le queda ninguna esperanza. Es una muerta en vida, despojada de todo vestigio de deseo, que antes de saltar al vacío encarna en su propio discurso poético. Tanto el texto como el oscuro destino de la autora recuerdan a Alejandra Pizarnik, cuya poesía también sondea en el vacío y se aferra a la palabra en plena crisis de identidad.

Uno de los principales méritos de la puesta de Luciano Cáceres, ha sido su decisión de conectar al espectador con la lúcida agonía de la protagonista y con su dolor, expuesto aquí en su máxima pureza. Es una apuesta temeraria que sólo una actriz de la experiencia de Leonor Manso puede llevar a cabo sin sucumbir a la densidad de este texto, extrayendo de él momentos de ternura, rabia, ironía y hasta de humor negro.

La actriz realiza su descenso a los infiernos sin moverse de su silla, acompañada paso a paso por la iluminación de Eli Sirlin y el diseño sonoro de Gabriel Barredo. El resultado es un trabajo de refinamiento en el que el protagonista es el dolor.

Dejá tu comentario

Te puede interesar