2 de mayo 2001 - 00:00

La estupenda noche de Peteco Carabajal

Lo que propone desde el escenario Peteco Carabajal excede ampliamente el terreno de lo puramente artístico y abre, inevitablemente, un debate sobre cosas, y no solamente porque ahora estén apareciendo en su repertorio algunas piezas que hablan de la realidad que viven muchos argentinos -con temas como «Hermano provinciano» o «San Cayetano»-.

Peteco, sin duda el más importante de todos los integrantes de una familia que ha dado muchos grandes músicos, obliga a reflexionar sobre el papel del cantor, sobre la postura ante su prójimo, sobre el mercado del arte. En definitiva, sobre valores que, en medio de la vorágine globalizadora -también en el terreno de la músicaprácticamente se han perdido.

Ritos

Carabajal cumple con algunos de los ritos que marca este negocio: su show está destinado fundamentalmente a presentar su nuevo disco, «Arde la vida», y así lo hace, incluyendo la mayoría de las canciones que integran ese disco.

Pero, en cambio, se ha desprendido de toda la cáscara intrascendente. Ya en su nuevo sonido hay una toma de posición: dejó atrás los teclados y los coros y se ha concentrado en los sonidos de la guitarra, de la percusión, de los vientos, del violín. Esto le permite estar aun más cerca de la gente, con la voz y las letras bien al frente, con una estética que se asemeja a la de cualquier fiesta santiagueña.

En ese marco, es absolutamente natural que invite a cantar con él a su pequeño hijo Homero -la zamba « A mis viejos» con letra de Miguel Simón-, o que entregue buena parte de su espectáculo a su padre Carlos Carabajal, otro de los artistas esenciales argentinos que podría adquirir categoría de «world music» si lo tomara un director cinematográfico como Wim Wenders.

O que cierre su show con sus temas más clásicos convocando al escenario a su sobrina
Roxana, una gran cantante que ya ha superado la etapa de «revelación», a su hermana Graciela, a algún sobrino, al percusionista Rodolfo García; e inclusive a algunas personas del público para bailar, cantar o tocar algún instrumento.

Lo que afortunadamente permanece intacto en
Peteco es su enorme talento para componer -su musicalización de una vieja poesía de Yupanqui, « El violín del monte», sirve como síntesis de esa capacidad-y para expresar tocando y cantando un repertorio que excede ampliamente lo folklórico. Quizás, para hacer más contundente su propuesta, debería dejar de lado la guitarra y el violín electrificados; pero no deja de ser un hecho menor en medio de tanta coherencia artística.

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