10 de mayo 2004 - 00:00

"La estupidez", una obra que crea adictos

"La estupidez". Libro y Dir.: R. Spregelburd. Int.: H. Díaz, A. Garrote, M. Raiola, R. Spregelburd y A. Suárez. Mús. Orig.: N. Varchausky. Esc.: O. Carballo. Vest.: J. Alvarez. Ilum.: M. Sendón. (Teatro del Pueblo).

Luego de una exitosísima temporada en El portón de Sanchez, «La estupidez» acaba de iniciar su segundo ciclo en el Teatro del Pueblo y, como era de esperar, a sala llena. Esta curiosa experiencia teatral -en la que sucede de todo y donde a la vez nada importa-sigue sumando fans y simpatizantes. Estos agradecen la agilidad de sus peripecias y, sobre todo, la pintoresca galería de personajes que ofrece esta comedia, cuya eficacia humorística se apoya en buena medida en la astuta combinatoria de estereotipos.

Desde genios científicos a jóvenes minusválidas que parecen atesorar una sabiduría insospechada, «La estupidez» incluye a un muestrario de individuos cuya inteligencia siempre les termina jugando en contra. Por momentos, es como estar viendo una vieja serie de televisión o una road movie, pero con procedimientos legítimamente teatrales.

Aquí no falta nada, ni los típicos matones de origen italiano, ni los farsantes que intentan vender una obra de arte apócrifa, ni la patética «white trash» (basura blanca) que pulula en los moteles de Las Vegas tratando de cambiar su suerte. Algunos de los desopilantes diálogos de la obra recuerdan al primer Tarantino, aquél que en «Pulp Fiction» ponía a filosofar a dos matones sobre cuestiones tan banales como el nombre de una hamburguesa. Sólo que aquí las conversaciones abrevan en el discurso científico, al que el dramaturgo y director Rafael Spregelburd es tan afecto como ya lo demostró en «Fractal», una de sus piezas más eficaces.

• Sistemas

Las caóticas peripecias de estos personajes -aparentes víctimas de las insondables reglas del azar (y de las de su propia estupidez)- funcionan en realidad como sistemas. Es decir, como conjuntos de elementos que interaccionan entre sí y disponen de una estructura y de una función concebidas como dos enfoques complementarios de una misma realidad.

Como un moderno demiurgo, Spregelburd convierte a sus personajes en piezas de un « sistema caótico», donde todo parece evolucionar en forma aleatoria e impredecible.

Obviamente estos desajustes se traducen en situaciones de irresistible comicidad. Es excelente la ambientación escenográfica, lo mismo que el material sonoro que respalda la acción.

El elenco, por su parte, se multiplica en 24 personajes inolvidables, pero es
Andrea Garrote quien se lleva las palmas por la riqueza de matices que aporta a cada una de sus criaturas.

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