14 de septiembre 2000 - 00:00

"LA HUMANIDAD"

S i está apurado, o si quiere ir a divertirse, cambie de planes. «La humanidad» es una de las películas de mayor densidad dramática que se hayan estrenado en los últimos tiempos. De la misma forma, el cine de su director, el francés Bruno Dumont, representa la opinión más despreciativa que pueda tener un cineasta sobre el mandamiento básico del show business, aquel que manda entretener al espectador.
Las audacias de «La humanidad» arrancan desde la elección de los tiempos con los que está construida, con escenas que no sólo reflejan obsesivamente el tiempo real sin que a Dumont le tiemble la cámara, sino que inclusive, a veces, parecen potenciarlo. El film dura algo menos de dos horas y media.
La historia es la de un policía de provincia, Pharaon de Winter (
Emmanuel Schotté), que en la primera escena descubre en un bosque el cadáver de una chica de 11 años que ha sido violada. El plano sobre Pharaon, tendido en el suelo, con los ojos abiertos
a fuerza de incredulidad y espanto, establecen ya el método que habrá de guiar el film: la cámara será la testigo básica de los procedimientos mentales y sensitivos de su protagonista, para los cuales la mediación de un tiempo de naturaleza distinta del tiempo habitual del cine parece, según esa óptica, imprescindible.

 Personaje

Pharaon vive con una madre posesiva, es amigo de una pare-ja que no vacila en entregarse al sexo delante de él (la sexualidad jamás es erotizante en el cine de Dumont, también director de la aún no estrenada «La vida de Jesús»: es siempre agobiante, impúdica en el peor sentido, miserable), y sus tendencias homosexuales cada vez son más visibles. Pero, antes que nada, Pharaon es una fortaleza de dudas e inseguridades, las condiciones menos aconsejables para un policía. Sin embargo, gracias a esa monumental obsesividad, es el único de toda esa comisaría de provincia capaz de hacer avanzar las pesquisas, o de inter-venir con cierto efecto para atenuar los alcances de una huelga.
Cuando su superior, pacífico y sanguíneo, empieza a ser objeto de sus sospechas (algo que sólo sabemos a través de esa cámara que le es tan fiel, y que acompaña meticulosamente cada una de sus miradas: un plano sobre ese cuello rojo y obeso es de una arrolladora elocuencia), Pharaon entrará en una crisis que le dará a la película su impulso definitivo, aunque para el final
Dumont se reserve una conclusión casi desbordada. Definitivamente, «La humanidad» no es cine fácil, pero recompensa al espectador paciente y atento.

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