Secretos en voz baja a la hora de la religión: María Alché y Julieta Zylberberg en "La niña santa", de Lucrecia Martel.
«La niña santa» (id., Argentina, 2004; habl. en esp.). Dir. y Guión: L. Martel. Prod.: P. y A. Almodóvar. Int.: M. Alché, M. Morán, C. Belloso, J. Zylberberg y otros.
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No son frecuentes las películas como «La niña santa» de Lucrecia Martel. El segundo largometraje de la autora de «La ciénaga» pone en contacto al espectador con la obra de una artista (categoría rara vez justificada en el cine nacional de los últimos años) que sabe cómo controlar la riqueza de su mundo creativo, y la de sus medios de expresión, con el rigor de una orquestadora que no exagera gestos ni tolera titubeos o disonancias. En tiempos de tanto amateurismo que llega a la pantalla gracias a una política de créditos fáciles, el mayor elogio que puede hacerse de Lucrecia Martel es que su cine, pese a lo muy escaso aún de su producción, posee ya la depuración y la madurez de los clásicos.
Esto no significa que su nuevo film resigne audacias, sino, por el contrario, que su inventiva y estilo están sostenidos por bases muy sólidas, fácilmente rastreables en una tradición humanista en continuo debate consigo misma (es un guión donde resuenan Kafka, la Biblia, el cine del primer Leonardo Favio y libros como «La violencia y lo sagrado» de René Girard); todo el resto, la gravedad con la que expone su relato en contrapunto con chispazos permanentes de un humor inteligente y grácil, sólo es atribuible al soplo del talento.
Como «La ciénaga», «La niña santa» es otra tormenta en aguas calmas. Amalia (María Alché), la adolescente del título, asiste con su amiga Josefina (Julieta Zylberberg) a clases de religión durante la siesta provinciana: la primera escena opone el rostro angelical de la catequista (Mía Maestro) a los cuchicheos eróticos que viajan de la boca de Josefina a la oreja de Amalia; en su imaginación y fantasías se vienen confundiendo verbos muy distintos.
La llegada del doctor Jano (Carlos Belloso) al hotel del pueblo, para participar en un congreso de otorrinolaringólogos, es la señal que Amalia estaba esperando: en la calle, mezclado con la muchedumbre, Jano, para su desgracia, «apoya» a la muchacha. Sentirse elegida al azar por ese monstruo vulgar es, a la vez, mensaje de Dios y puesta en escena del deseo de su amiga.
En Amalia no hay dolor ni sensación de suciedad: su afán por salvar a Jano, su transformación de objeto humillado en sujeto salvador, no diferirá demasiado de la figura de la persecución, de la transformación de víctima en victimaria. Es ella quien lo tiene ahora bajo su mando, la dueña plena de su deseo, la que maneja la situación a un punto tal que, ya en el segundo acercamiento, es ella quien elige suprimir el azar en la elección de la futura víctima, desplazándose al lugar que le corresponde: el primer plano de su mano, superponiéndose a la del agresor, es de una fuerza arrolladora. No menos intensa será, más tarde, la puerta que se abra cuando esa tarea redentora se transforme en un secreto a tres puntas: a Josefina le cabe su propia misión.
Más allá de esta trinidad, la película entrelaza otros senderos, donde sobresalen personajes que ignoran, inmersos en sus propios infiernos, su condición de funcionales: la madre de Amalia, Helena (Mercedes Morán), protagonista del equívoco más dramático y brillante del film; el hermano Freddy (Alejandro Urdapilleta), el más almodovariano de la historia; la lorquiana Mirta (Marta Lubos), una Bernarda Alba en potencia aunque impotente; la madre de Josefina (Mónica Villa), oficiante final de la ley. «La niña santa», una historia moral, comparte con la fábula cierto aire alegórico, y con el género de suspenso la tensión de un enigma en crecimiento que, sobre el desenlace, parece escamotear el clímax, o dejarlo librado al teatro imaginario del espectador, quizás para indicar (y ese es el mayor atrevimiento del film) que ese clímax ya había ocurrido algún momento antes, que sólo había que saberlo ver, y que todo lo que debe sobrevenir después, por más dramático que parezca, es pura convención que no necesita ser expuesta.
Dicho de otra forma: si el espectador puede llegar a sentir que la película no concluye, el placer de volver a pensarla, recomponerla, y tal vez descubrir que se desarrollaba una intriga diferente de la superficial, o que la función de algún personaje accesorio era mucho más interesante que la de alguno de los protagonistas, es mayor recompensa todavía.
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