23 de febrero 2004 - 00:00

La realidad inspira la potente obra de Suárez

Pablo Suárez
Pablo Suárez
A veces el arte tiene la virtud de ampliar la imagen del mundo, en ocasiones brinda la posibilidad de cambiar el enfoque, de mirar una misma realidad desde otro punto de vista y descubrir nuevas perspectivas. Picasso aseguraba que «el arte es una mentira que nos enseña a comprender la verdad», y añadía algo significativo: «El artista debe saber de qué modo él puede convencer a los demás de la veracidad de sus mentiras».

La obra que el sesentista Pablo Suárez presentará en marzo en la galería Maman para abrir la temporada, ostenta esta virtud: revela un mundo atroz que pocos se atreven a mirar de frente, pero que a pesar de la dureza del tema atrapa el espectador.

La muestra está dedicada a la corte de mendigos que produjo la crisis, e invita a reflexionar sobre un abismo sociocultural cuyo fondo se adivina insondable. Sin embargo, el humor, la ironía y la parodia permiten hablar de una realidad que de modo frontal difícilmente se podría encarar. Lejos está la obra de cualquier pretensión moralizante o acusadora, aunque no deja de ser un patético testimonio. «La parodia es el discurso paralelo -explica el artista- y detrás de ella está la tragedia. Es gracias a la parodia que el discurso resulta comprensible para todos».

En otras palabras, no sólo se trata de que se dice sino de cómo se dice, para ser escuchado.

Así, con su estilo inconfundiblemente argentino, los personajes populares de Suárez, sus simpáticos muchachotes de barrio, muestran desde hace años el triste lugar que ocupan en la sociedad, hablan de su vida, sus aspiraciones y temores. En 1985, «Narciso de Mataderos», con su aspecto tosco y su mirada inocente, parece que no alcanza a hacerse cargo del destino irreversible que le depara la suerte.

• Metáforas

En 1999, «Exclusión», se transforma en toda una metáfora de la declinación económica: un morocho argentino con su crencha al viento y asido a un tren que le ha cerrado sus puertas, sigue tercamente aferrado a lo que ha perdido. En noviembre de 2001, en «El enemigo invisible», un boxeador golpeado encarna con su gesto embrutecido y la mirada extraviada, la viva imagen de la impotencia. Y recién hoy, se puede ver la obra como una advertencia, una clara referencia a la peligrosa incapacidad de reacción frente al acontecer político y económico que dejó al país noqueado.

Es que algunos artistas perciben de modo más intenso el llamado «espíritu de la época» y logran así transmitir con mayor énfasis el acontecer de su tiempo. Pero ¿qué más se puede aportar a lo que ya se ha dicho y de modo tan contundente?
Suárez responde con su obra.

«Monumento al mendigo»
, una figura desinhibida y teatral, un suplicante desnudo ubicado sobre un imponente pedestal de granito, exhibe con su histrionismo la flamante profesionalización del oficio. La escultura ostenta reminiscencias del romanticismo, pero Suárez reniega del citacionismo y la apropiación. «Yo no trabajo con la historia del arte -subraya-, trabajo con lo que veo en la plaza Constitución, con gente que es capaz de cualquier cosa con tal de sacarte una moneda». Con esta inspiración modeló un personaje de circo, un equilibrista al que le sangran los pies dado que no camina sobre una cuerda sino sobre el filo de una extensa navaja. La obra se llama «Poca fe» y el artista atribuye la herida al derrumbe de la confianza.

En la muestra figuran tres animales: dos perros enjaulados, uno con mirada triste, otro cuidando su hueso con actitud desconfiada, y dos serpientes cómodamente instaladas en una butaca con los ojos fijos en una pantalla de TV que miran el canal «Animal Planet».
Suárez cuenta que su idea, como la de Esopo, fue trasladar a los animales situaciones propias de los humanos. Pero sus obras hablan a las claras de la pérdida de la condición humana. Y más que interpretaciones de orden sociológico o político, la muestra pareciera requerir reflexiones antropológicas. Sucede que más que una corte de mendigos o un circo, lo que se ve es un zoológico o, más bien, un parque jurásico, pues algunos personajes muestran verdaderos cambios genéticos en la evolución de la especie humana.

Un ejemplo es
«Cucaracha», un hombre sí, pero un hombre que transita en cuatro patas sobre una pared de ladrillos casi vertical. Y, aunque más no sea hipotéticamente, cabe preguntarse cuáles podrían ser las consecuencias si las carencias educativas, culturales y económicas se profundizaran a través del tiempo.

En
«Sopa de pobre», el hombre es un ingrediente más que fue a parar a la olla. En «Trofeo de guerra», una cabeza humana suplanta al ciervo o la fiera. En «Haciendo sombra», un nuevo boxeador ofrece ahora un doble mensaje, el de la rutina del deporte y el de la muerte.

• Parodia

Al ingresar a la muestra, el humor y la parodia, el brillo de las esculturas de poliéster y los colores cursis de pizzería de barrio utilizados para las bases en que se asientan, ocultan el clima denso que rodea las obras. Algunas esculturas parecieran ofrecer un respiro, aunque como la bella figura danzante, que reitera el paso ritual de un baile de Nueva Guinea para que vuelvan las aves, acaba recordando el horror de las migraciones humanas.

Algo similar ocurre con la enigmática niña que domina la sala, que en el entorno de la exposición sólo suscita incertidumbre. Con su hierático mutismo, la figura realizada con 14.000 hojas modeladas una a una para emular el estilo de la estatuaria recortada de los jardines ingleses, semeja un adorno más de un parque que para nada se parece al paraíso.

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