23 de noviembre 2004 - 00:00

La soledad urbana de Tenenbaum

Las obras de León Tenenbaum, artista recientemente galardonado en los Premios Aerolíneas Argentinas, remiten a los temas urbanos: la soledad y el desencuentro, puentes e instalaciones portuarias, cuyo fin, como se sabe, es el de salvar distancias y comunicar a los seres humanos. Un contrasentido aparente impulsa su discurso con mayor hondura y lo dota de una simbología singular. Sus obras de grandes dimensiones están habitualmente dominadas por el verde, el rojo y el azul plenos, que se conjugan o disocian en superficies planas.

Tenenbaum
(1951) amplifica al máximo los espacios naturales pero reduce al mínimo las construcciones del hombre, hasta convertirlas casi en juguetes mecánicos. La ausencia o la sugerencia apenas visible de firmas en sus obras ponen de manifiesto sus metáforas del abandono y del exilio. Hay en sus representaciones una nostalgia crítica por el cielo, la tierra y el mar, quizás porque el hombre contemporáneo ha perdido esas referencias al perderse en las ciudades, en las que termina siendo prisionero. Tenenbaum parece sentir ese extravío como el del hombre mismo en su plenitud: sin tierra, sin mar y sin otro cielo que el de las urbes superpobladas de nuestro tiempo.

Lo que este artista-arquitecto cuestiona es si el hombre está en condiciones espirituales de resistir sin desplomarse de sus marcos de referencia, aquellos que hacen de él un existente, no un subsistente. En «Barracas», una inmensa ola de color azul aparece limitada por estructuras de hierro que se elevan hacia la zona superior de la tela, a la manera de puentes. Sin embargo, la masa líquida desborda por arriba de esas estructuras, encima de las cuales se repiten volúmenes geométricos rojos, a la manera de embarcaciones o boyas. Las parábolas se entrelazan con las remisiones históricas y las iconicidades urbanas; los dos fundadores de Buenos Aires anclaron sus navíos en el Riachuelo, único puerto de la ciudad durante tres siglos. Pero el curso de agua ha sido arruinado por la contaminación industrial y su lecho es un cementerio marítimo. Esta decadencia ha sido reseñada por Tenenbaum: el mar que le faltó al Riachuelo es la vasta masa azul que cubre la tela y parece derramarse sobre las aguas por donde «las proas vinieron a fundar la patria», según el irónico poema de Borges.

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