31 de julio 2002 - 00:00
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Magris nació en Trieste, en 1939, se doctoró en la Universidad de Turin, donde actualmente es profesor de Lengua y Literatura alemana, y tiene una cátedra de Filosofía en la Universidad de Trieste. Entre sus libros de ensayos se destacan «Utopía y desencanto», «Derecho a la palabra», «Una identidad de frontera», «El anillo de Clarisse: tradición y nihilismo en la literatura moderna» y la obra teatral «Stadelmann». Es cola-borador del diario «Corriere della Sera». Ofrecemos una parte de la extensa entrevista que le concediera al periodista Ubiratan Brasil.
Periodista: En sus libros «El Danubio» y «Microcosmos» ofrece una visión telescópica de la historia, ¿en qué se diferencian?
Claudio Magris: Tienen mucho en común. Ambos son la historia de un hombre -de su vida, sus sentimientos, sus ilusiones y su muerte-a través de su viaje en la vida. Desde «La Odisea», el viaje es por excelencia símbolo de vivir, y la gran pregunta es: al final el viajero vuelve a casa transformado por las experiencias tenidas a lo largo del camino pero con la propia identidad confirmada, habiendo reafirmado el sentido y la unidad de la existencia o la experiencia del viaje de la vida fue rectilíneo, siempre adelante, perdiendo pedazos de sí, no pudiendo regresar a casa y experimentando la insensatez y desconexión del mundo.»El Danubio» es un viaje, en el tiempo y el espacio, por el mundo danubiano, que se vuelve espejo de la Babel contemporánea y de las transformaciones del mundo. Danubio es un río que no se identifica con un país, una cultura o una nacionalidad. Atraviesa fronteras nacionales, culturales, sociales, políticas (también psicológicas, las que tenemos con nuestros seres interiores), y puede volverse un símbolo de un viaje a través de la fragmentación de la identidad actual. Lo mismo sucede con «Microcosmos». De ese personaje, que no dice casi nunca «yo», se sabe bien poco, pero al final quizá se sepa mucho. Es como si se vieran rastros en la arena y se inten-tara entender -mirando atrás, viendo el paisaje y la gente, oyendo historias de esos lugares-quién pasó y con qué sentimientos, cuál fue el sentido de su vida. Recuerdo un cuento de London donde la persecución de lobos a un alce es contada a través de los rastros que esa caza deja en la nieve. Como en «El Danubio» en «Microcosmos» los lugares son descritos de modo fiel con la realidad y las historias que ocurrieron; creo, como Svevo, que la vida es «original», con frecuencia mucho más imprevisible que nuestra invenciones. «La verdad», dijó Melville, «es más extraña que la ficción». Y al montar esas tramas del mosaico del mundo se llega a una construcción fantástica. Acaso al comienzo el lector crea que lee descripciones de paisajes pero, en cierto punto, percibe que esta leyendo sobre la historia de la vida y de la muerte de un hombre.
P.: ¿Vivimos hoy un momento de transición?
C.M.: Si, vivimos la transición de una época, profunda, de proporciones enormes, comparable apenas al que ocurrió a fines del mundo antiguo, con la diferencia que no podemos saber aún cual será la fuerza cultural capaz de dar nuevamente al mundo una unidad de sentido, como lo fue el Cristianismo para el mundo luego de la disolución de la gran civilización antigua. Hasta hace unos años, algunos podían creer que el socialismo era esa fuerza, ahora eso es mas dudoso. Las analogías entre el fin del mundo antiguo y el actual son impresionantes. Lo cierto es que una cultura está acabando o acabó y no sabemos cual será la que realmente la substituirá. Estamos en aquella situación intuida genialmente por Musil en «El hombre sin cualidades»; estamos en un mundo hecho de acciones paralelas y otras que tal vez ni existen, un mundo en el que parecen existir apenas copias de los originales que, por tanto, no existen: un mundo en el cual no hay jerarquía culturales, en el cual no es posible distinguir la realidad de su parodia. Hay una transformación profunda del hombre, que intuyó de forma genial hace más de un siglo por Nietzsche. Las cosas en sí, la objetividad del mundo, parecen disolverse; los bits, la información abstracta e inmaterial, pare-ce substituir a los átomos, a la realidad corporal, física. La experiencia parece pertenecer a todos y a nadie, el yo despedazarse en fragmentos. Lo virtual sustituye a la realidad, en un proceso que cambia los sentimientos, las percepciones del individuo y por lo tanto su naturaleza, cambiando su historia y los modos de contarla.
P.: ¿Cuándo sabe exactamente sobre que está escribiendo?
C.M.: Apenas cuando escribí un tercio del texto, y a veces un poco más, se de verdad que estoy escribiendo, se cual es el significado del tema explícito y aparente, del que es una metáfora. Fuera de los textos que nacen en virtud de una ocasión precisa -por ejemplo, el aniversario de un escritor o una intervención política-, el verdadero tema de una obra literaria no es, o raramente es, el indicado en el titulo o en la síntesis. Se puede escribir un poema sobre un árbol y hablar de la luz que ilumina las hojas pero para hablar, realmente, no de aquel árbol y de aquellas hojas sino de una persona amada, que puede ser evocada sólo por la imagen de aquel árbol y de aquellas hojas. Thomas Mann dice, a propó-sito de su obra maestra «Los Buddenbrook», que sólo al escribir entendió de que libro se trataba. Esa clarividencia llega en cierto punto como una iluminación, como el esclarecimiento repentino de cosas que hasta ese momento, en nuestra alma y nuestra mente, se habían mezclado de forma confusa, promiscua, cada una de ellas clara y nítida, pero en confrontación con las otras. Mientras exista aquel caos fecundo y creativo no sabremos que forma tomará, que va a resultar. Cuando llegué aproximadamente a la mitad de «El Danubio», entendí cual era el libro que estaba escribiendo.


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