"La vida onírica es una de las fuentes de la literatura"

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"A caso por modestia o por inseguridad, comencé este libro pidiendo permiso a Borges para trajinar el tema de los sueños", sostiene con respeto y un dejo de ironía Mempo Giardinelli, que acaba de publicar «Soñario», una antología de los sueños que fue coleccionando durante 30 años y que fueron, en algunos casos, punto de partida de cuentos o momentos en sus novelas. Dialogamos sobre su nuevo libro con el escritor chaqueño que, entre otros premios, conquistó el Rómulo Gallegos.

Periodista: ¿Contar sueños es un género o una tradición?

Mempo Giardinelli: Como género no es una tradición, es una tradición como fuente de la literatura. Siempre he sostenido que la literatura tiene tres fuentes: la experiencia vivida, la literatura misma, es decir las lectura, y la vida onírica. Ha habido numerosas teorías acerca de los sueños, no sólo las del análisis freudiano. En literatura son muchas las obras atravesadas por la experiencia onírica. En la Argentina tenemos «El libro de los sueños» de Borges, que es una clase magistral al respecto. En toda América ha habido escritores que trabajaron en este sentido.

P.: ¿Qué obras le fueron inspiradoras para escribir «Soñario»?

M.G.: Reconozco como mis padres en esto al «Confabulario» de Juan José Arreola, un libro espléndido, el «Fabulario» de Marco Denevi, los libros de minificciones de Augusto Monterroso, textos muy formativos en mi vida. Pero nunca pensé que iba a hacer «Soñario», no me propuse escribirlo. Es para mí un libro involuntario, que se hizo solo. Hace más de treinta años vengo juntando anotaciones que formaron carpetas enteras. Un par de años atrás comencé a fantasear que ese material, mucho y muy extenso, con sueños de todo tipo, podía conformar una obra.

P.: ¿Cómo tenía escritos esos sueños?

M.G.: Algunos como una síntesis argumental, otros eran destellos, ideas, fragmentos, momentos, caras, situaciones, sentimientos, personas, sensaciones de angustia, palabras evocadoras. Al releer esas notas me fui dando cuenta de que tenían una gran relación con la literatura, con lecturas, con charlas con colegas, con ideas que se me habían ocurrido tras un sueño. Algunos sueños los usé como fragmentos en novelas y cuentos, como decía Juan Filloy «nosotros nos prestamos los materiales para distintos libros». Yo me presté sueños que están en «Santo oficio de la memoria», en «Luna caliente», en «Visita después de hora». Algunos los volví a trabajar para este libro.

P.: ¿Y cómo fue ese trabajo?

M.G.: Muy grato, sobre todo porque me parecía ir descubriendo una perspectiva de género que no estaba en nuestra literatura.

P.: Salvo el antecedente de Borges.

M.G.: En la literatura argentina es inevitable su invocación; por eso mismo, acaso por modestia o de inseguridad, mi libro empieza evocando a Borges. Es como si dijera: con el permiso del maestro no quiero sentirme privado de trajinar esta línea. Aunque lo que él escribió no son sus sueños sino más bien una teoría del sueño. Tampoco voy a ser tan pretencioso de pensar que soy el primero que trata esto. Me enteré hace poco de que también escribió algunos sueños Roberto Bolaño. Carlos Fuentes relató algunos sueños alguna vez. Los sueños que no son patrimonio de nadie, ni siquiera de la noche, provocan alivio, angustia o nostalgia. «Soñario» tiene a los sueños como su elemento diferencial, si no serían prosas poemáticas, mini relatos. Si alguien quiere verlo de esos modos, que lo vea.

P.: ¿Usted homenajea al guatemalteco Monterroso? Porque algunos de sus textos recuerdan sus microrrelatos, y sobre todo el más famoso que habla de un sueño.

M.G.: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». Yo le hago en «Soñario» un homenaje en el cuento «Sueño con el dinosaurio», que dice: «Cuando despertó, el dinasaurio huyó despavorido». Le hubiera encantado a Tito porque el texto de él tiene siete palabras, y el mío seis. Y si le puse «Sueño con el dinosaurio», es porque él tiene la paternidad sobre el dinosaurio y sobre el microrrelato más breve del mundo. Lo mío es una parodia de alumno en homenaje al maestro. La presencia de Monterroso en mi vida y como escritor ha sido muy fuerte. El era uno de los mentores de la revista «Puro Cuento», en donde empecé a trabajar cuando llegué a México. Fuimos amigos, y él me transmitió el amor por el género de relatos breves y brevísimos.

P.: Usted se mete en uno de sus relatos en la cabeza de Darwin en el momento en que sueña.

M.G.: Es como el sueño de un sueño, como el de Cristóbal Colón, por dar otro ejemplo, creo que provienen de conversaciones inconclusas con amigos. Lo que he buscado siempre es agarrar al sueño por las patas, el texto es ya una elaboración muy trabajada, un prosa cuidada en busca de la coherencia narrativa. Hay sueños que llenan de incertidumbre y otros que resultan premonitorios. Me dejó muy impresionado, por dar un caso, que uno de los primeros sueños que cuento en mi libro se lo dediqué hace mucho a una queridísima amiga, que me acabo de enterar, y me quedé helado, que terminó su vida de forma semejante a como termina ese relato. Hay sueños que parecieran prefigurar el futuro, yo no quiero tenerlos.

P.: ¿Cómo ve la actual puesta en moda de los microrrelatos?

M.G.: El llamado microrrelatotiene una tradición muy clara en América Latina. Los iniciadores son Edmundo Valadés y Tito Monterroso. En 1939 en la revista «El Cuento», fundada por Valadés y Juan Rulfo, comienza una sección de microrrelatos que ellos llaman microficciones, o cuentos breves y brevísimos, que se enlaza con la tradición norteamericana de «two minutes fiction». En habla española quien mas trabajó este género, sin lugar a dudas, es Edmundo Valadés. La revista «Puro cuento» en el número uno, del año 1986, lanza el primer concurso de cuento brevísimo, y hasta 1993, en que no fundimos, en los 36 números que se publicaron todos tenían su concurso de cuentos breves.

Participaron centenares de personas de todas partes, mayoritariamente argentinos. El primer cuento breve fue uno de Oscar Hermes Villordo, después otro de Ana María Shua, y luego siguieron apareciendo de otros escritores conocidos.

P.: Usted se permite tres cuentos eróticos, en uno de ellos con una mulata de pronto se interrumpe para pasar a otra historia pero al ir a dormir regresa de pronto la mulata. ¿Surrealismo, incoherencia de los sueños, continuación del sueño en vigilia?

M.G.: El sueño tiene leyes propias, que no son los de la lógica cartesiana. Uno de sus atractivos es su imperfección, el presentarse incompleto y paradojal. Así son los sueños aún cuando se transformen en algo para ser contado.

P.: ¿Qué escribe ahora?

M.G.:
Tengo una novela ahí, desde hace como cuatro años. Diría que a fuego lento, tan a fuego lento que no sé si no se me va a apagar o quedará en rescoldo. Cuentos largos y breves escribo permanentemente, es un género que me es natural. La literatura argentina se ha prestigiado en el mundo a partir del cuento, es nuestro género por antonomasia.

Entrevista de Máximo Soto

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