22 de agosto 2005 - 00:00
Las imágenes de Sonia Cortez cuestionan al paisaje típico
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Sonia Cortez abre un abismo entre los datos abstractos de los documentos
y la connotación de vida reflejada en sus fotografías.
Pero la gracia de la muestra consiste, en el contraste con las imágenes de los rostros y el paisaje que Cortez establece a través de sus fotografías. La artista abre un abismo entre los datos abstractos de los documentos, y la connotación de vida reflejada en los gestos y la mirada de personas, que al formar parte de la obra, abandonan el anonimato.
Dominando la sala, el sonido de un video que muestra la belleza del puente, impone la inclemencia del viento patagónico. Envueltos en ese sonido, además de papeles, hay imágenes de niños, más o menos sonrientes; mujeres, con sus pieles más o menos curtidas; hombres, algunos con gesto desafiante y otros resignado. Todos parecen relatar algo, y el conjunto es un alegato sobre las contingencias de sus vidas.
En una de las últimas salas del Recoleta, los jovencísimos Lorena Guzmán y Gabriel Grün, ambos nacidos en 1978, ambos con una inclinación especial por el arte clásico y barroco y, más que nada, ambos, también, dueños de un oficio envidiable, presentan «Mitologías». La muestra, arraigada en imágenes bien reconocible del pasado, desafía cualquier pretensión innovadora, y sin embargo, su relación con el arte contemporáneo es indiscutible. Las magníficas esculturas de Guzmán, «Diana» o «Leda», no sólo invitan a la comparación con las esculturas exhibidas en las muestras y premios más recientes, sino que además suscitan cuestionamientos elementales.
• Modelos
¿Por qué los escultores de casi toda Argentina (salvo excepciones notables, como Sandro Pereyra, Elba Bairon o Martín de Girolamo), miran casi exclusivamente a Dompé, Gamarra o Pájaro Gómez? Luego, si en verdad es válido inspirarse en Miguel Angel o Bernini, como lo hace Guzmán, ¿por qué no explorar ese universo tan vasto?
Junto a las sugestivas esculturas de «Diana» o «Leda», figuran las estupendas pinturas de Grün, el martirio de San Sebastián, la agonía de los centauros «Cillaro e Hilonoma», el erotismo de «Leda y el cisne», y su autorretrato como el dios «Pan». En suma, las obras tienen el sello kitsch y el estilo rebuscado de los tiempos que corren. Pero confirman la libertad de los artistas para revolver ese inmenso depósito de ofertas que es la historia del arte, y demuestran que no tiene sentido concentrarse en la misma mesa de saldos.


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