22 de agosto 2005 - 00:00

Las imágenes de Sonia Cortez cuestionan al paisaje típico

Sonia Cortez abre un abismo entre los datos abstractos de los documentosy la connotación de vida reflejada en sus fotografías.
Sonia Cortez abre un abismo entre los datos abstractos de los documentos y la connotación de vida reflejada en sus fotografías.
La historia demuestra que en escasas ocasiones surge un arte nuevo a través de una ruptura con el pasado y, en este sentido, las vanguardias del siglo XX son una excepción.

Lejos de entablar una escena de «ininterrumpido pugilato con lo antiguo» (figura que utiliza Marchán Fiz para describir la batalla del arte moderno), gran parte del arte de todos los tiempos y, sobre todo, el actual, se ha convertido en un entretenido y amable discurrir sobre las corrientes estéticas del pasado. Y en este diálogo se incluye hasta la presunta «novedad» que aporta la tecnología.

Lo cierto es que valorar la producción actual, teniendo en cuenta que la originalidad ha caducado, es un tema complejo, demanda un conocimiento exhaustivo de la historia del arte, sensibilidad e inteligencia. Entender las elaboraciones estéticas y conceptuales que los artistas talentosos aportan al complicado presente, descubrir sus fuentes de inspiración, y diferenciar sus rasgos, ya sean interesantes o brillantes, de las citas -obvias, la mayor parte de las veces- y de la reiteración decadente y regresiva, es tarea difícil.

• Confusión

Lo cierto es que el panorama actual se ha tornado por demás amplio confuso, pero a la vez excitante y atractivo, ya que si bien reina el «todo vale», aquellos que saben detectar lo bueno, pueden, entre las piedras que no valen nada, descubrir el inconfundible oro puro. Eso sí, el cedazo a utilizar debe ser ultra fino, y el territorio a explorar se ha ampliado a toda la Argentina.

En el Centro Cultural Recoleta, en medio del mix de exhibiciones que se inauguró la semana pasada, se destaca «Mesetas», una muestra de Sonia Cortez, artista radicada en la provincia de Santa Cruz. Su obra gira alrededor de dos registros documentales: la construcción de un puente sobre el Río Santa Cruz, y el primer censo de la población argentina -que termina confirmando la despoblación patagónica-. Los documentos de época, un legajo de 1905 que discrimina según nacionalidad y profesión a los habitantes de Río Gallegos, el escudo argentino, los planos del puente y unos billetes y sellos institucionales, son testimonios de un territorio estudiado topográficamente, y de una población contada e identificada en términos numéricos.

Pero la gracia de la muestra consiste, en el contraste con las imágenes de los rostros y el paisaje que
Cortez establece a través de sus fotografías. La artista abre un abismo entre los datos abstractos de los documentos, y la connotación de vida reflejada en los gestos y la mirada de personas, que al formar parte de la obra, abandonan el anonimato.

Dominando la sala, el sonido de un video que muestra la belleza del puente, impone la inclemencia del viento patagónico. Envueltos en ese sonido, además de papeles, hay imágenes de niños, más o menos sonrientes; mujeres, con sus pieles más o menos curtidas; hombres, algunos con gesto desafiante y otros resignado. Todos parecen relatar algo, y el conjunto es un alegato sobre las contingencias de sus vidas.

En una de las últimas salas del Recoleta, los jovencísimos
Lorena Guzmán y Gabriel Grün, ambos nacidos en 1978, ambos con una inclinación especial por el arte clásico y barroco y, más que nada, ambos, también, dueños de un oficio envidiable, presentan «Mitologías». La muestra, arraigada en imágenes bien reconocible del pasado, desafía cualquier pretensión innovadora, y sin embargo, su relación con el arte contemporáneo es indiscutible. Las magníficas esculturas de Guzmán, «Diana» o «Leda», no sólo invitan a la comparación con las esculturas exhibidas en las muestras y premios más recientes, sino que además suscitan cuestionamientos elementales.

• Modelos

¿Por qué los escultores de casi toda Argentina (salvo excepciones notables, como Sandro Pereyra, Elba Bairon o Martín de Girolamo), miran casi exclusivamente a Dompé, Gamarra o Pájaro Gómez? Luego, si en verdad es válido inspirarse en Miguel Angel o Bernini, como lo hace Guzmán, ¿por qué no explorar ese universo tan vasto?

Junto a las sugestivas esculturas de
«Diana» o «Leda», figuran las estupendas pinturas de Grün, el martirio de San Sebastián, la agonía de los centauros «Cillaro e Hilonoma», el erotismo de «Leda y el cisne», y su autorretrato como el dios «Pan». En suma, las obras tienen el sello kitsch y el estilo rebuscado de los tiempos que corren. Pero confirman la libertad de los artistas para revolver ese inmenso depósito de ofertas que es la historia del arte, y demuestran que no tiene sentido concentrarse en la misma mesa de saldos.

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