8 de enero 2003 - 00:00

Las odiadas erratas en desopilante texto

Sevilla (Télam-SNI y ASN).- El editor y erudito José Esteban acaba de publicar el libro «Vituperio (y algún elogio) de la errata», recorrido por la historia de las erratas tipográficas a base de ejemplos, desde los más hilarantes hasta otros que causaron tanto disgusto que provocaron la muerte de un Papa.
Fue Clemente XI el Papa que al ver sus homilías recién impresas detectó graves erratas, lo que le produjo una apoplejía de la que murió a las pocas horas. También la obra de otro Papa, La 'Vulgata' de Sixto V, de 1590, pese a ser corregida por el propio pontífice, fue impresa plagada de erratas, de modo que los escasos ejemplares que quedan alcanzan cifras astronómicas en las subastas.

Otras erratas, mucho menos trágicas, conducen a la risa, como la del folletín «Arroz y tartana» de Vicente Blasco Ibáñez, que en su primera edición decía «Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño fruncido». Debía decir «ceño frucido», naturalmente. O la que sufrió el poeta Garcilaso de la Vega, en un verso que en vez de decir «Cuando Mariuca se duerme, yo me voy de puntillas» dijo «Cuando Mariuca se duerme, yo me voy de putillas».

A veces, la sola ausencia de un acento conduce a la fatalidad, como aquél que dijo necesitar una secretaria con «ingles» en vez de con inglés. Otras veces, la errata le cuesta el empleo a su responsable, como cuenta el novelista argentino Manuel Ugarte al referir el caso de un periodista que, al dedicar un escrito a la hija del dueño del diario, quiso escribir «Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta», pero escribió «tonta».

También fue embarazosa la situación de un crítico que dedicó un libro suyo a una condesa escribiendo al inicio de la obra que su «exquisito busto (por «gusto») conocemos bien todos sus amigos». En otra oportunidad, hubo una serie de erratas encadenadas: en un escrito que elogiaba a una mujer y le indicaba a un ministro el deber de recompensarle sus «infinitos servicios», el adjetivo salió como «ínfimos». Luego se corrigió con peores resultados: apareció una nueva versión como «infames» y después otra que empeoró las cosas. Se escribió «íntimos».

Las erratas no respetan ni los títulos de los libros, así «La feria de los discretos» de Pío Baroja conoció una edición entera como «La feria de los desiertos», y una «Breve historia del ultraísmo argentino», salió como «altruísmo argentino». En una ocasión, se leyó en la cartelera de un teatro español que la obra que se representaba era «La expulsión de los mariscos» cuando debía decir «moriscos».

Algunas veces las erratas parece que se reprodujeran entre sí, como un libro de poemas del mexicano Alfonso Reyes, que tenía tantas que hizo decir al crítico Ventura García Calderón: «Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos». Tanto le divertía a Reyes el tema de las erratas que, en una oportunidad, al comprobar que un libro suyo no contenía ninguna, le pidió al editor que lo vendiera con la faja «Este libro no tiene erratas». Pero en lugar de eso, en la faja salió «eratas».

Una de las erratas más meláncolicas se produjo con la muerte de
Oliverio Girondo, de una manera tal que a él lo habría divertido mucho. Un diario quiso titular «Hoy ha muerto un gran poeta» pero, en su lugar, salió «Hoy ha muerto un gran opeta». Eso sin contar, desde ya, los más famosos lapsus verbales en el teatro. Entre los que los más memoriosos recuerdan, lleva la delantera uno que cometió la actriz Blanca Podestá, y que provocó un ataque tal de hilaridad en el público que debió suspenderse la representación del drama. Podestá debía exclamar, en un momento, «¡Dios mío, tengo una horrible jaqueca!», pero dijo en cambio «¡Dios mío, tengo una horrible cajeta!».

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