"El enemigo invisible", un boxeador golpeado que encarna la impotencia con su gesto embrutecido: una alegoría de Pablo Suárez sobre la Argentina sin capacidad de reacción.
La muestra antológica de Pablo Suárez que se exhibe en el Centro Cultural Recoleta, cuando se cumplen poco más de dos años de su muerte, recorre la trayectoria de un artista que, además de crear una obra crucial para la historia del arte argentino, fue un gran maestro y un lúcido intelectual. Capaz de inundar de aire fresco los ambientes viciados de retórica, el humor de Suárez iba más allá de su obra. Vale la pena recordar cuando se reía de la fascinación porteña por los pensadores posmodernos, y advertía que en las escuelas de arte enseñaban a ilustrar los conceptos de Lyotard o Baudrillard.
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La obra de Suárez cobra en estos días inusitada vigencia, porque expresó como nadie las características y padecimientos de la sociedad argentina. Ironizando situaciones patéticas, escapó a la obviedad de los discursos políticos, y se convirtió en un parodista que supo mirar con humor, pero también con amor, el mundo que lo rodeaba.
Oscar Masotta afirmó que «pensar una relación de inherencia inmediata entre política y arte, sólo lleva a un peligroso terrorismo cultural». La cita viene al caso, porque Suárez estableció la distancia justa y, a pesar -o tal vez, a causade esa distancia, realizó una obra que llega al corazón de la gente y resulta políticamente reveladora.
Al hablar sobre su obra, el artista aseguraba que su poder de comunicación se basaba en el uso de la parodia, de la imitación satírica de la realidad más cruel, y para decirlo en con sus propios términos: «La parodia es el discurso paralelo y gracias a la parodia el discurso resulta comprensible para todos. Detrás de la parodia está la tragedia». En otras palabras, con su estilo burlón, el artista indagaba el modo de decir las cosas, ya que por sobre todo, le importaba ser escuchado y entendido.
Los personajes marginales de Suárez anuncian (o denuncian) paso a paso los vaivenes económicos y sociales de nuestro país. La historia de los últimos años se podría contar a través de sus obras. Cuando al promediar la década del '80 la Argentina había recuperado la democracia, pero fracasaba rotundamente en lo económico, con su aspecto tosco e inocente, «Narciso de Mataderos» se mira al espejo, mientras la vida le pasa por delante, sin entender el destino irreversible que le depararía la suerte.
En 1999, «Exclusión» muestra un morocho con la crencha al viento que se aferra a un tren que le cerró la puerta, y continúa asido con terquedad a lo que ya está perdido. La obra es una metáfora de los perdedores, los excluidos de siempre y la clase media en vías de extinción que se resigna a la pauperización. En noviembre de 2001, Suárez exhibió «El enemigo invisible», un boxeador golpeado que encarna la impotencia con su gesto embrutecido y la mirada extraviada.
Poco después la obra se revelaba como una advertencia, una clara referencia a la peligrosa incapacidad de reacción de nuestra sociedad frente a los marasmos políticos y económicosque dejaron a la Argentina noqueada. Cuando con la fuerza de un tornado se desató la crisis, el artista mostró sus morochos caminando sobre el filo de una navaja o, en «Cayéndose del mundo», una silueta desnuda, sostenida por el extremo de la raíz de un árbol desgajado y a punto de despeñarse hacia el abismo.
Las pinturas ocupan un lugar especial en la muestra curada por Patricia Rizzo. Desde el bellísimo «Florero con hojas» de 1975, donde se advierte el clima mental de Fortunato Lacámera, artista que Suárez admiraba, hasta la quietud casi metafísica de los paisajes del interior argentino, pasando por los estallidos del color y las formas de sus personajes marginales. En los grotescos de estas pinturas que tocan la fibra más íntima del «ser argentino», se perciben aires de familia, la ascendencia de Antonio Berni, la hermandad con Marcia Schvartz y el influjo que ejerció en sus descendientes del neo Pop, Marcos López y Sandro Pereira.
Al ver reunida gran parte de la obra de Suárez, queda en evidencia el poderoso legado que dejó a su público, un arte que ante el turbulento acontecer sociopolítico de hoy se percibe demasiado cercano. La obra de principios de este siglo, como «Sobrevivientes», « Monumento al mendigo», «Sopa de pobre», brinda una imagen de la realidad atroz que todos recordamos y tememos. «Cabeza dura» (2003), con su gesto necio y el rostro desencajado, con esa mirada aturdida de quien no acierta a entender lo que pasa, inspira el miedo de que la historia reciente vuelva a repetirse.
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