E n los años Bush Jr., las lágrimas de cocodrilo derramadas por el periodista William Hurt en la película «Detrás de las noticias» quedaron totalmente «out»: en los medios norteamericanos, y en especial los websites dedicados al análisis de temas mediáticos, el asunto candente es la confesión de «The New York Times» sobre las falsedades constantes de Jayson Blair, uno de sus redactores, que se ocupaba nada menos que del caso del francotirador de Washington o de los aspectos más humanos de la guerra de Irak. Lo llamativo es que estos falsos periodistas son lo suficientemente populares como para, por un lado, generar indignación, risas y polémicas sobre la seriedad de los medios, y por otro, merecer que Hollywood se ocupe de ellos.
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En efecto, Tom Cruise está produciendo a toda velocidad un film sobre la vida del peor -es decir, el mejor-de estos fabuladores. «Shaterring Glass» narra la historia real de un periodista joven, Stephen Glass, que en sólo tres años alcanzó un lugar prominente en en la revista «The New Republic» de Washington. Con una carrera meteórica que lo llevó a ser uno de los periodistas jóvenes más importantes de los Estados Unidos, con artículos sobre «La adicción a las drogas en los nuevos cuadros del Partido Republicano», las más sofisticadas y ominosas técnicas utilizadas por hackers, o las políticas de Estado en asuntos como la salud mental. Cada uno de ellos absolutamente inventados, pura ficción.
Lo irónico es que desde el momento en que Glass tiene sucesor -el también veinteañero Blair, con una posición importante en uno de los medios gráficos más importantes del mundo-queda claro que su pecado no lo perjudicó demasiado, más allá de que obviamente dejó de trabajar como periodista. Glass ahora no sólo es tema de una película, sino que ya lanza su autibiografía, «The Fabulist», que editada por Simon & Schuster es un best-seller seguro.
Paradójicamente, mientras los periodistas truchos, despedidos o no, se convierten en celebridades, los medios tienen que enfrentar una crisis de credibilidad en un momento en el que buena parte de la población norteamericana -y casi toda la población mundial-consideran que la prensa estadounidense no fue del todo objetiva durante la guerra de Irak. De hecho, el artículo del escándalo trataba sobre eso, lo que trató de ser disimulado por «The New York Times»: en la disculpa pública a sus lectores -antecedida por el obvio despido del periodista en cuestión, el afroamericano Jayson Blair-se intentó explicar lo inexplicable: que un periodista escribió cualquier cosa, plagiando o inventando, durante años, docenas de artículos sobre temas de fondo.
Extensa y tangencialmente, dio a entender que Blair fue despedido por decisión espontánea de los editores, que «venían sospechando de la falta de rigor de sus artículos» desde hacía cierto tiempo. Sin embargo el tema empezó a salir a la luz a fin de abril, cuando el diario texano «The San Antonio Express» amenazó con demandar a sus colegas neoyorquinos si no reconocían el plagio de uno de sus artículos. Luego se vio que ese artículo, sobre el drama de los familiares de un combatiente, no plagiaba sólo al diario de Texas, sino también al mucho más importante «Los Angeles Times», que hasta ese momento no se había dado percatado de ello.
Según el «Hollywood Reporter», el diario texano quería venganza ya que había tenido antes un par de situaciones de plagio. A su vez, «Los Angeles Times» hace pocos días despidió un fotógrafo cuando se descubrió que su trabajo sobre la guerra de Irak no era real, sino que había sido alterado para sobresalir en la cobertura del conflicto.
En medio de estos detalles del nuevo periodismo se suma la guerra de medios inevitable en toda época y país: al igual que varios medios gráficos -que no fueran diarios, quizá por una especie de tregua en un momento límite-el «Hollywood Reporter» fue muy duro con los editores del NYT cuando minimizaron la la extraña muerte de Allen Myerson, uno de sus periodistas de negocios clave, que «cayó de una ventana del piso 15 del 'Times', donde funciona la sala de reuniones con personas ajenas al diario», mientras cubría el affaire Enron.
Si bien es entendible que ninguna empresa quiera sacar a la luz asuntos propios tan graves y oscuros, hubo varios periodistas de la competencia señalando que en el obituario de Myerson, «The New York Times» había escrito « cayó», en lugar de « se arrojó», para evitar hablar de suicidio, y mucho menos de lo que algunos pensaron en el momento. Pero ahora le dio un poco más de importancia a un conflicto con un periodista venal que a su difunto reportero.
Entretanto, en los foros de discusión de temas relativos a los medios de comunicación, las burlas al «NYT» se vienen multiplicando día por día, citando la seriedad con la que en el momento del caso Glass el diario editorializó en forma solemne contra la gravedad de plagiar o no chequear las fuentes, y se repiten distintas variantes de frases tipo «al menos si Blair plagiaba, estaba siendo más fiel a la verdad que muchos artículos publicados en el NYT sobre la guerra». Y sobre todo, ya se cree que Blair será un nuevo Glass, y que no tardará en encontrar la forma en sacarle provecho -especialmente económico-a su caída en desgracia en el periodismo.
Mientras tanto, el proyecto fílmico «Shattering Glass» (basado en el artículo de «Vanity Fair» que en 1998 desenmascaró al autor de cuentos disfrazados de artículos, que comenzó con bajo perfil quizá como una especie de subproducto del estafador encarnado por Leonardo Di Caprio en «Atrápame si puedes»), es un asunto muy comentado, y Lions Gates está acelerando los tiempos para lograr estrenarla en apenas unos meses. «Shattered Glass» está dirigida por el debutante Billy Ray -el guionista del drama bélico con Bruce Willis, «Hart's War»-, y protagonizado por Hayden Christensen (como el chanta estelar) junto a Chloe Sevigny, Rosario Dawson, Greg Kinnear y Peter Sarsgaard. No sería raro que el film incluya la famosa frase sobre el periodismo de la obra maestra de John Ford, «Un tiro en la noche»: «Si la leyenda supera la realidad, se imprime la leyenda».
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