Emilio Maillé: “A veces los directores extranjeros captan lo que nosotros, mexicanos, de tanto ver no percibimos”.
Mar del Plata - Dicen que en el maravilloso caos del Festival de 1996 alguien olvidó recibir en el aeropuerto de Camet al venerable director de fotografía mexicano Gabriel Figueroa, que, ofendido por el desaire, ahí mismo se tomó el avión de vuelta. "No lo creo", afirma hoy Emilio Maillé.
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"El tenía un carácter suavísimo, era muy amable. Me parece imposible, aunque a los 90 años la paciencia suele reducirse. Quizá ni siquiera viajó a Buenos Aires".
Emilio Maillé es el autor de "Rosario Tijeras" (la killer que besa aplicadamente a sus víctimas antes de matarlas), pero acá vino a presentar "Miradas múltiples. La máquina loca", excelente documental donde grandes colegas de Figueroa, entre ellos el argentino Ricardo Aronovich, hablan del maestro. La obra acompaña a una retrospectiva con "Enamorada", "La perla", "Salón México", "Nazarín", etc. en impresionantes copias nuevas. Dialogamos con Maillé.
Periodista: ¿Podría resumirnos la importancia de Figueroa?
Emilio Maillé: Mano derecha del Indio Fernández, Buñuel, John Ford (en "El fugitivo" exploró como pocos el uso de las sombras), John Huston, Gavaldón, Carlos Velo, con quien hizo "Pedro Páramo", etc. En una época de luces y cámaras muy pesadas, donde además uno veía el resultado recién días después, él componía unos paisajes maravillosos en lugares lejanos como si fuera en estudios. Sus nubes son famosas. Y no importaban solo por lo bonitas, sino porque ayudaban a contar las historias. Hasta que llegó su gran enemigo, el color, encima con el recambio generacional, que traía guiones sin interés y negativos inestables. Igual siguió, porque es como dice Christopher Doyle, "nos pagan por buenos y debemos serlo". Pero su gran época fue la del blanco y negro. Había que crear una imagen de identidad mexicana y el Indio Fernández y Gabriel Figueroa la lograron, curiosamente a partir de la mirada virgen de los rusos Sergei Eisentein y Eduard Tissé en "¡Que viva México!" y Fred Zinnemann con Paul Strand en "Redes". A veces los extranjeros captan lo que nosotros, de tanto verlo, no percibimos.
P.: Por ejemplo, los toros.
E.M.: Ah, si, la afición por el arte taurino me la contagió Bud Boetticher, el director de westerns. El amaba México, aunque ahí pasó los siete peores años de su vida: sus dos mujeres lo abandonaron, cayó preso, lo creyeron loco, lo expulsaron. Pero cuando lo entrevisté en California, ya viejito, seguía amando a México. Por él acabé haciendo una trilogía sobre grandes toreros: Carlos Arruza, Manolete y El Juli, que está en actividad. Me atrae esa cercanía con la muerte. No la del toro, sino el riesgo de muerte del torero.
P.: Más atractiva era la muerte a manos de Rosario Tijeras.
E.M..: Mi única ficción, por ahora. Yo hago documentales (Buñuel en México, el asesino de Pancho Villa, etc.), pero la novela de Jorge Franco era tan fuerte que me reclamaba llevarla al cine, con todo ese ambiente de Medellín en los '80, y esa mujer que "confundió el dolor del amor con el de la muerte", como dice el libro. También Flora Martínez, la actriz elegida, era tan impactante. Después no tuvo toda la carrera que se merecía, pero al menos dejó ese personaje para la memoria, y el sello de su imagen en mi película.
Hablando de imágenes, Emilio Fernández y Gabriel Figueroa también filmaron "La Tierra del Fuego se apaga", cerca de Ushuaia. Queda para otra retrospectiva.
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