3 de febrero 2005 - 00:00

"Mar adentro"

Javier Bardem (con Belén Rueda) logra una interpretación formidable del pescador tetrapléjico gallego Ramón Sampedro, que pasó 28 años en cama y solicitó la eutanasia a la justicia.
Javier Bardem (con Belén Rueda) logra una interpretación formidable del pescador tetrapléjico gallego Ramón Sampedro, que pasó 28 años en cama y solicitó la eutanasia a la justicia.
«Mar adentro» (id., España, 2004; habl. en español). Dir.: A. Amenábar. Int.: J. Bardén, B. Rueda, L. Dueñas, C. Bugallo y otros.

Hay que remontarse 20 años atrás en el tiempo para encontrar, en la pantalla española, un drama rural de una intensidad similar a la de «Mar adentro», del chileno afincado en España Alejandro Amenábar («Tesis», «Abre tus ojos», «Los otros»).

En tal sentido, la carrera triunfal de su nueva película, que recogió tantas alabanzas como premios (carrera que concluirá el próximo domingo 27 con su descontada victoria en el Oscar como Mejor Film Extranjero) no se debe únicamente a sus propios valores sino además a la apabullante comparación con respecto al cine que hoy se practica al margen de Hollywood, y no sólo en España.

Ante ese cine «independiente», raquítico y sin emoción, «Mar adentro» gana por knock out. Tan olvidados estamos de que en una época era moneda corriente ver films como «Los santos inocentes», o «La colmena», que la película de Amenábar, hoy, aparece como una rara avis, cuando en aquella época, seguramente, habría recibido varias recriminaciones.

Basada en el caso real del pescador gallego Ramón Sampedro, el primer español que solicitó a la justicia, en 1996, que se le practicara la eutanasia, «Mar adentro» tiene a su favor la sustancia de un buen drama familiar antes que la ilustración de una tesis discutible, y eso es lo que la hace más sólida. El libro no se ocupa sólo del desdichado Ramón (formidable Javier Bardem), que se quebró el cuello y quedó tetrapléjico en una desafortunada pirueta de clavadismo en zona de aguas poco profundas, sino también de su noble y testarudo hermano (Celso Bugallo), incapaz de comprender su decisión; del padre de ambos, de campesina y silenciosa resignación; de su sobrino ( Tamar Novas), que sólo entiende tardíamente ese poema que le ha dedicado (una de las escenas más emotivas del film), y de las maravillosas mujeres que lo rodearon en sus últimos días de vida: la abogada catalana Julia (Belén Rueda), cuya decisión por representarlo se revela al promediar el film; la locutora zonal Rosa (Lola Dueñas), que se enamora de él, y la asesora Gené (Clara Segura), que lo asiste desde un movimiento político partidario del digno morir.

Si bien la «hispanidad» del film, su cuidadoso tratamiento del tema y su despojada construcción lo ponen al resguardo de la calculada emotividad de una producción norteamericana standard, a «Mar adentro» tampoco le falta ese tipo de cálculo: en ese sentido, Amenábar se revela como un habilísimo prestidigitador de públicos. ¿Tiene clichés el film? Sin duda, porque esta es una producción noble, pero de mercado.

Es imposible, seguramente, resistirse a la emoción en la escena onírica en la que el protagonista vuelve a caminar, escapa por la ventana y vuela imaginariamente, con el
«Nessun dorma» de Puccini de fondo, pero tan difícil es quedarse impávido ante esa escena como poco sincero sería dejar de reconocer que se trata de un cliché. Afortunadamente, son pocos, y a los que habría que agregar algunas frases demasiado «citables», que pronuncia Ramón, acerca de la vida, la muerte y la libertad.

Finalmente, y más allá de cualquier consideración artística, esta película contiene una carga ideológica referida a la eutanasia que no puede pasarse por alto. Aunque no sea, como se dijo antes, la simple defensa de una tesis, indudablemente el libro toma claro partido por la decisión de Ramón, que estuvo 28 años paralizado en una cama, con la sensibilidad limitada a su cabeza y en plena lucidez (por voluntad propia no quería silla de ruedas, ya que decía que cualquier ortopedia era «migajas»).

Y, aunque no sea explítico, el riesgo es que parezca que se promueve esa decisión, desde el momento en que la contraparte del protagonista es un sacerdote, tetrapléjico como él aunque con voluntad de seguir viviendo (José
María Pou), quien aparece, deliberadamente o no, como el personaje negativo de la película, o en todo caso el más desacreditado. Y eso es mucho más peligroso que cualquier cliché.

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