Mar del Plata como espejo de una sociedad que fue pujante

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El libro está coescrito por la historiadora marplatense Elisa Pastoriza. Les llevó 20 años de elaboración, se remonta a los tiempos de Rosas y llega a comienzos de los 70.

Mar del Plata permite observar las distintas etapas de la Argentina, los momentos buenos y no tan buenos, buscó ser el sueño igualitario que integrara en verano los diversos sectores sociales. La historiadora marplatense Elisa Pastoriza y el sociólogo Juan Carlos Torre se sirven del notable estudio “Mar del Plata. Un sueño de los argentinos” (Edhasa) como una ventana sobre los avatares de nuestra sociedad. Dialogamos sobre esa obra, que les llevó 20 años de elaboración, con Juan Carlos Torre, profesor emérito de la Universidad Di Tella, autor de notables estudios sobre el peronismo clásico.

Periodista: Un criollo empleado de sastrería y un vasquito que había conseguido trabajo de matarife fueron los fundadores de Mar del Plata...

Juan Carlos Torre: ¡Qué Argentina era aquella en que un empleado de sastrería y un vasquito con solo sus recursos físicos pudieron volverse ricos y crear un balneario que rivalizaba con los grandes balnearios europeos! Era una Argentina abierta, pujante, en la que las fronteras se extendían todo el tiempo. Nuestro libro no es sólo sobre Mar del Plata es sobre la sociedad argentina. Mar del Plata es una ventana sobre una sociedad que por muchos años es móvil, porosa, y está animada por un impulso igualitario.

P: El empleado era Patricio Peralta Ramos, la sastrería era de don Simón Pereyra, casado con Ciriaca Iraola, y el matarife Pedro Luro. Peralta Ramos contaba con prosapia criolla pero los otros eran inmigrantes emprendedores.

J.C.T.: Pereyra es proveedor textil del ejército de Rosas. Luego de su casamiento arma el apellido conjunto, los Pereyra Iraola. Eran tiempos en que para elogiar a un joven se decía: ¡qué buen mostrador que tiene! Pereyra deja su negocio en manos de Peralta Ramos y se va a ocupar las tierras que recibe de Rosas tras la campaña del desierto del Restaurador. No había terratenientes, el campo era de las tribus indígenas. En 1840 los comerciantes porteños, que no podían ir muy lejos de la ciudad porque enseguida estaba la frontera, comienzan a volverse terratenientes. Pereyra es uno entre tantos que pasa de una burguesía mercantil (un sustantivo excesivo) a ser terrateniente. Pereyra muestra una Argentina que se está transformando, y su transformación va a ser el eje de una extraordinaria creación a orilla del Atlántico de un súper balneario.

P.: La élite porteña decide edificar un balneario que remita a los mejores de Europa, a esos a los que acostumbra a ir…

J.C.T.: Se crea una villa balnearia que tiene la peculiaridad, respecto a otros lugares del Atlántico, de tener barrancas, y las barrancas evocan a Biarritz. Cuando Luro dice aquí vamos a poner un balneario piensa en Biarritz, porque era costumbre de la gente del País Vasco ir a veranear a Biarritz. Por ese tiempo nuestra gente pudiente si no iba a Europa veraneaba en Pocitos, en el Uruguay. Hasta que aparece el ferrocarril en 1886 con un gran letrero “porteños no es necesario cruzar el Río de la Plata para veranear, vengan a Mar del Plata”. Eso va a atraer a la clase alta, pero ya para 1910 Mar del Plata se convierte en un foco de atracción para muchos que no eran de la clase alta.

P.: ¿Esa mutación social se incrementa con el peronismo?

J.C.T.: Una versión muy convencional asocia al peronismo con Mar del Plata como balneario popular. Mar del Plata era un balneario popular antes del peronismo. En 1928 un miembro de los sectores altos comenta “antes entraba en el comedor del Bristol y todos nos conocíamos, era como un palco de Colón, ahora cuando me animo a caminar por la rambla siento que estoy en otro país”. Habían avanzado lo que “Caras y caretas” llamó “los batallones de pequeños y modestos burgueses”. Comienza el éxodo de la clase alta que se va hacia el sur, a Playa Grande, que es el nuevo foco selecto. Éxodo encabezado por Marcelo T. de Alvear que le hace a su mujer, Regina Pacini, una residencia allí. La sensación de invasión que siente la alta sociedad, que muchos asocian a la presencia proletaria durante el peronismo, es muy anterior. Si bien esas transformaciones coinciden en el tiempo con fenómenos políticos, creo más en la fuerza de la sociedad que en la eficacia de la vida política, en la pulsión natural de una sociedad de inmigrantes que se engrandecen, más allá de lo que pueda impulsar el radicalismo. El cuento “Casa tomada” de Cortázar es una alegoría de la sensación de amenaza que la sociedad preexistente entrevé en el fenómeno del peronismo. Una sensación congruente con una sociedad de alta movilidad social. La peculiaridad de la Argentina respecto al resto de América Latina es que los de abajo miran a los ojos a los de arriba, allí colapsa la deferencia que los más humildes suelen otorgar por razones tradicionales a quienes están por encima de ellos. De ahí que la sociedad argentina sea un poco altanera. Nadie está seguro de su propio lugar. Mar de Plata creada por la élite se convierte en objeto de deseo, del por qué yo no, motor igualitario que lleva al balneario de masas, impulsado por el conservador Manuel Fresco, que lo abre al sueño argentino de veranear en la playa.

P.: ¿Cómo ve la situación actual de Mar del Plata?

J.C.T.: Nuestro libro termina a comienzos de 1970, porque termina ahí una idea de Mar del Plata, la de un balneario de todos, donde sectores altos, medios y bajos podían convivir en verano en el mismo mar y bajo el mismo cielo. Eso se va perdiendo a fines de los 60, con dos grandes deserciones. Primero los jóvenes que eligen Villa Gesell frente a la discriminación y resistencia cultural a los hippies de la época. Los otros son los sectores ricos que ya no son los de gran prosapia que vivaqueaban en le Ocean Club, son los que se han hecho ricos en la época de Frondizi y no toleran la bolilla negra que le pone la vieja oligarquía para entrar a los clubes de Mar del Plata, y se van a Punta del Este que les ofrece otro glamur. Si la primera Mar del Plata tenía la vocación de la Biarritz de la Belle Époque, Punta del Este se asocia a la Costa Azul y allí se va a buscar esa vida rumbosa característica. Después vino la “plata dulce” y aparece Miami. Y luego en un país que vive de convulsión en convulsión Mar del Plata va a soportar las consecuencias. Seguirá siendo una ventana a la sociedad, pero ahora una sociedad más rígida, más desigual, más llena de conflictos. Sigue siendo una metáfora de los buenos tiempos y de los tiempos menos buenos.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

J.C.T.: Estoy entre un nuevo ensayo sobre el peronismo clásico y un libro de memorias.

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