Dos generaciones tuvieron el gusto de crecer viéndolo cada semana en la televisión como jugador. Y una más lo vio, a veces con disgusto, como director técnico. Las tres, y las que vienen, lo siguen ahora en multitud de registros de sus juegos. Pero además, en todo ese tiempo, quienes no amaban el fútbol se lo encontraban en toda clase de programas televisivos, no sólo deportivos. Desde “Las 24 horas de Malvinas”, y aún antes, Maradona fue figura invitada en los programas de Susana Giménez, Jorge Guinzburg, Mario Pergolini, Gerardo Rozin, en series como “Sos mi vida” y hasta en algunos desfiles de Roberto Giordano en Punta del Este. En Italia era el invitado especial de Raffaella Carrá y de “Ballando con le stelle”, lo mismo en España, en Chile y en Kuwait, donde decepcionó como DT pero, según testimonios, fue un continuo regocijo para los televidentes. En todas partes llegaba cargado de anécdotas, y en algunas salía rodeado por los fanáticos y las starlets.
Una presencia permanente en el cine, la televisión y la música
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Cuando lo golpeó la desgracia, se levantó con su propio programa, “La noche del 10”. Para bancarlo en su debut llegó desde Brasil el Rey Pelé, sin rencores a la vista. Parece que él tenía esa cualidad, podía hablar pestes de alguien y al mismo tiempo quererlo, y que el otro también lo quisiera. Buen programa, que Maradona conducía con soltura, y por donde pasaron deportistas, actores y cantantes de fama internacional. Tuvo solo 12 emisiones, porque la pelota lo llamaba. Allí dio a entender, por primera vez, de quién había sido la mano de Dios contra los ingleses. Y a propósito de los ingleses, seis meses antes de la guerra de Malvinas, y cinco años antes del consagratorio partido en México, compartió con Queen el escenario de Vélez, e intercambió camisetas con Freddie Mercury. Ayer la banda lo recordó en Twitter con una foto de ese encuentro.
En el cine debutó jovencito, charlando fugazmente con Luis Sandrini, que le auguraba fama mundial en “¡Qué linda es mi familia!” (Palito Ortega, 1980) y con Jorge Porcel en “Te rompo el rating” (Hugo Sofovich, 1980), pero realmente actuó en “El día que Maradona conoció a Gardel”, agradable fantasía de Rodolfo Pagliere, 1980, donde el Zorzal era interpretado por Ángel Rico y el joven futbolista debía romper un hechizo. Muchos años después volvió a hacer de sí mismo en “Tifosi” (Neri Parenti, 1999), comedia donde los fanáticos le fastidian la cena en una pizzería. Cuando sale, un niño le tira una pelota, él se pone a hacer jueguitos y todos lo rodean cantando “Ho visto a Maradona”. Su última intervención fue hace apenas dos años, en el corto británico “Who stole the Cup?”, ¿quién robó la Copa?, intriga policial donde coincide con Marcos Evangelista de Moraes, alias Cafú.
Más recordadas son sus publicidades, desde una de gaseosa en 1982 (Diego camina abatido tras una derrota y un niño le alcanza la refrescante) hasta una realmente muy buena de bebida brasileña en 2011 (“¡Qué pesadelo!”), pasando por otras de campañas antidroga, un famoso local de comidas rápidas y varias marcas de cerveza. Apareció también en videoclips de Los Piojos y Rodrigo (quien le compuso el célebre tema de cuarteto), y un largo centenar de documentales de fútbol, particularmente los laudatorios “Héroes” (Tony Maylam, 1986), “Fútbol argentino” (Víctor Dinenzon, 1990), donde por primera vez el cine muestra la hoy eterna carita del chiquito pobre que sueña con vestir la celeste y blanca, “Amando a Maradona” (Javier Vázquez, 2005), a cuyo estreno llegó en limusina, y “Maradona by Kusturica” (Emir Kusturica, 2008). También, el revisionista “Diego Maradona” (Asif Kapadia, 2019, el mismo de “Senna” y “Amy”). Ese film se centraba en la entronización napolitana y su entrada en la droga, y se anunciaba con tres palabras: “Héroe. Estafador. Dios”. El hombre amenazó con un juicio. “No soy estafador”, dijo. Con los otros dos calificativos se mostró de acuerdo.
Además hubo tres películas donde, sin aparecer, queda sentado su peso en nuestra sociedad: “Gato negro, gato blanco” (Emir Kusturica, 1998), donde un malandra gritaba “¡Maradona!” cada vez que acertaba en un juego, “El camino de San Diego” (Carlos Sorin, 2015), tierna pintura de los fanáticos afligidos por la salud de su ídolo, y “El otro Maradona” (Luka & Amiel, 2013), documental sobre Goyo Carrizo, su amigo de infancia, el que dijo “en mi barrio hay uno que juega mejor que yo”, y al día de hoy todavía sigue viviendo en la villa.
Hay más documentales. Habrá más ficciones. Y, por lo pronto, hay dos miniseries: la argentina-mexicana “Maradona en Sinaloa” (Angus MacQueen, 2019), de siete capítulos siguiendo la gesta de Los Dorados, y la hispano-argentina “Maradona: sueño bendito” (2020), de dos temporadas y gran despliegue, producida por Amazon. Lo que tal vez no haya más, o no lo veamos, es otro ídolo tan brillante, carismático y contradictorio como él.

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