“En la obra puedo poner en juego algo de las monigotadas que siempre me gusta hacer cuando actúo. En este caso los ojos bizcos, la voz trastocada, las manos que se mueven, las caídas, cantar”, dice Mariano Saborido (“Lo que el río hace” , “Paraguay”), quien protagoniza “Viento Blanco”, la obra escrita por Santiago Loza
Mariano Saborido en la piel de un personaje singular, como todos los creados por Santiago Loza
"Viento blanco" se presenta los domingos y lunes en Dumont 4040, dirigido por Juanse Rausch y Valeria Lois.
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Luego de consagrarse en "Lo que el río hace", Mariano Saborido protagoniza el unipersonal "Viento blanco".
Con dirección de Juanse Rausch (Paquito la cabeza contra el suelo ) y Valeria Lois ( La mujer puerca , La vida extraordinaria ), el fenómeno del teatro independiente, protagonizado por uno de los actores más destacados de la escena actual, agota sus funciones los domingos y lunes en Dumont 4040. Conversamos con Saborido.
Periodista: En la obra sólo vemos al protagonista, Marito, pero a través de sus palabras vemos a los otros dos personajes centrales del texto, la mamá y el amigo, ¿Cómo son esos vínculos?
Mariano Saborido: Viento blanco también es la historia de un apartado de la sociedad. De alguien que se crió con una sola voz y el viento; sin mucha más historia a su alrededor que la que su madre le contaba y lo que pasa en ese paraje patagónico imaginario en el que vive Marito. Es la historia de alguien que tuvo que armarse un esquema mental propio con elementos bastante escasos y por eso es así de particular y singular. Y también es la historia de un misterio. Creo que nos gusta poner en duda junto a los directores, si es que Marito empieza a vivir y a ser. Creo que intentamos jugar con ese borde que tiene de un lado lo que realmente pasó y lo que el personaje dice que pasó.
P.: ¿Qué podés decir de los personajes?
M.S.: La madre es la persona que lo crió, que le enseñó a trabajar y que le marcó el camino. Un poco como lo hace cualquier ser a cargo de una persona. El tema es que todo lo que se enseña a alguien que se cría, tiene tintes mitológicos: cómo portarse, cómo hablar, cómo moverse, qué valores tener, etc., son cosas que nos inculcan pero que no dejan de ser ideológicas. Y para mi lo interesante es ver qué hace cada persona con esos “mitos”: los vive como plenos y verdaderos absolutamente o los desanda y crea los suyos propios. Ahí está el juego entre Marito y la madre, en cómo se despega él de esas ficciones y cómo las sigue teniendo pegados a fuego en el cuerpo. Y el personaje del amigo aparece como el elemento del amor, la ternura y el deseo, el juego adolescente con la sensualidad, la homosexualidad, lo socialmente prohibido, y también las restricciones y las posibilidades de esa prohibición o también de esos mitos sociales, “leyes sociales”. Hay otros personajes creo, que quizás pasan más desapercibidos. El viento, por ejemplo, aunque también están los chinos que van y vienen de ese pueblo, los animales marinos, la religión. Etc.
P.: ¿Cómo es poner el cuerpo a esta poética inigualable de Loza, qué reflexionás sobre su escritura y este texto?
M.S.: Fue un trabajo bastante difícil pero no por la forma de escribir, que por supuesto es preciosa como en toda su obra, sino porque es un camino de desarmar. Lo que uno a priori cree sobre ese material cuando lo tiene en sus manos por primera vez, esas cosas bellas que pueden obnubilarnos y paralizarnos. El trabajo fue desarmar esa idea de belleza o de poética para poder masticarla, incorporarla y finalmente hacer la obra. Creo que ese fue el trabajo que tuvimos en el trío directora, director, actor. Encontrar ese texto en el cuerpo y en la voz, lo cual implica romperlo aunque se respete hasta la última coma. Y también es una cuestión de tiempo y de hacer funciones, si te importa lo que hacés, jugás cada semana para que el texto brille sin aplastar al actor. Pienso que es un poco lo que pasa con otras obras de teatro, con un clásico. Me imagino que si vas a hacer Shakespeare, por dar un ejemplo cliché, y sentís que Shakespeare es un monumento, lo más probable es que haya sufrimiento. Ahora si lo devorás y lo transformás en algo que te vuelve loco ahí deja de ser “¡oh, Shakespeare!” para ser algo que está tan cerca tuyo, emocionarte, reírte y transmitir eso a los que la ven.
P.: ¿Cómo creció la obra con los ensayos y marcaciones de los directores? ¿Cómo es la propuesta artística?
M.S.: La obra creció cuando ellos me marcaban cómo sonaban las palabras, cómo se movía ese personaje en el espacio. Pasamos por muchas pruebas que después derivaron en otras y así. Creo que también Vale y Juanse fueron importantes para quitar algo de solemnidad que lamentablemente suelo tener. El humor es indispensable y termina siendo el posibilitador de casi todo. Volviendo a algo más de las marcaciones, me acuerdo cuando llegó la escenografía de Rodrigo Garillo la obra se armó mucho más físicamente. Esa especie de tótem, fuente de agua, pileta, hizo que el personaje tuviera de dónde agarrarse. Me acuerdo que fue muy claro ese momento. Vale y Juanse y yo también pudimos terminar de armar la ficción de ese texto. Por supuesto también cuando se sumaron las luces, el vestuario. Todo colabora para que la obra crezca y pase del papel a la acción. En ese sentido la producción es fundamental. La productora de la obra, Carolina Castro, fue la que hizo posible la coordinación de todas esas áreas. La producción es un poco la que secretamente hace que se produzcan las chispas y la magia entre las áreas. Para que haya una escenografía, un vestuario, una puesta de luces, un teatro en el que montar la obra, tiene que haber una persona que coordine todo eso y esté atenta a que se cumpla con lo técnico y lo artístico en tiempo y forma. Y también me di cuenta que a pesar de sentirme solo, porque “Viento Blanco” es un monólogo, el teatro nunca se hace solo, el teatro es comunitario. Y la comunidad hace que las cosas crezcan: el teatro, una persona, las plantas, la vida.
P.: ¿Qué es lo que más te cautivó de la obra y de ponerle el cuerpo a este personaje?
M.S.: Tiene mucho que ver con el cuerpo y con poder poner en juego algo de las monigotadas que siempre me gusta hacer cuando actúo. En este caso los ojos bizcos, la voz trastocada, las manos que se mueven, las caídas, cantar. Poder llevarme a esos lugares me conmueve mucho y es siempre lo que más me hace vibrar cuando actúo. Y también me conmueve mucho todo el equipo que hace que yo pueda hacer eso.
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