8 de agosto 2013 - 00:35
Marini: alcanzar la sabiduría a través del arte
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Marilú Marini: “‘Amadeus’ pinta a Mozart como un transgresor, maleducado, escatológico y de un gran goce de lo vital. En ‘33 variaciones’, en cambio, Beethoven es ante todo un hombre ético con un deber y una misión que cumplir.”
Marilú Marini: El camino de búsqueda de Catalina está emparentado con el proceso de creación de ese genial compositor que tanto la apasiona. Ese deseo febril de bucear en un acto tan misterioso como el de la creación artística, es lo que la sostiene y le da un tejido de contención y de reflexión. Beethoven es su gran consuelo en la enfermedad.
M.M.: Catalina es una gran estudiosa, intelectual, irónica y muy exigente con todo el mundo. Ve a su hija como un ser que nunca va a alcanzar la excelencia porque no profundiza en nada y cambia todo el tiempo de actividad. Catalina divide al mundo en genios y mediocres por eso está intrigada con la decisión de Beethoven de trabajar sobre un vals tan vulgar. Lo más interesante de la obra es que nos pone en posición de ver al otro tal cual es y no tal como nosotros queramos que sea.
P.: ¿La enfermedad es un camino de aprendizaje?
M.M.: Para Catalina es un camino de iniciación. Su deterioro físico, a raíz de una esclerosis lateral amiotrófica (el mismo mal que aqueja al científico Stephen Hawking), la lleva a un enriquecimiento de su espíritu y a un mayor conocimiento humano. La enfermedad la tira del pedestal. Hasta ese momento ella creía tener el saber y el control de todo ¡cuando eso es tan relativo! Finalmente, aprende a aceptar al otro sin juzgarlo y en ese proceso empieza a tener una relación más íntima con su hija, sin tantos pudores y recelos.
P.: ¿También cambia su concepción del arte?
M.M.: Así es. Aprende que al arte no se puede juzgar de acuerdo con un patrón de excelencia sino por lo que es en sí mismo. Una manifestación popular puede tener tanta fuerza como una obra erudita. Quiero decir, un ritual de carnaval boliviano encierra una cosmogonía elaboradísima como la que podemos observar en un clásico del siglo de oro. No hay guettos ni jerarquías en el arte. O, al menos, no debería haberlos.
P.: ¿Vuelve a Francia a fin de año?
M.M.: Si tengo que empezar a ensayar con el director Pierre Maillet, su adaptación teatral de "Flesh", "Trash" y "Hit", la famosa trilogía del cineasta Paul Morrisey (más conocido por su asociación con Andy Warhol). Espero volver pronto a Buenos Aires. Hace mucho que vivo en Francia y allí formé familia, pero necesito trabajar acá. Cada vez que vengo aparecen cosas muy regresivas y primitivas que tienen que ver con mis raíces. Y esa revolución emocional que produce la vuelta al lugar de origen me vino muy bien para componer a Catalina. Siempre tengo miedo de ponerme por delante del personaje. Es un peligro que destruye el hecho teatral. Uno tiene que convertirse en una suerte de espejo o pantalla reflectora para que el público pueda identificarse con lo que sucede en escena.
P.: ¿Investigó sobre la esclerosis lateral amiotrófica?
M.M.: Vi varios testimonios de gente muy valiente que se empezó a filmar para dejar testimonio de su deterioro con el fin de reclamar a laboratorios y universidades que se investigue más sobre esta enfermedad de la que no se sabe mucho. Su forma de manifestarse es completamente aliatoria. También nos asesoró un neurólogo de Fleni para las escenas de fisioterapia.
P.: Curiosa coincidencia, el mismo teatro reunirá a Mozart y a Beethoven.
M.M.: Es cierto, y tanto "Amadeus" como "33 Variaciones" hablan del genio y de la creación. Pero mientras Mozart es pintado como un trasgresor, maleducado, escatológico y de un gran goce de lo vital, Beethoven es ante todo un hombre ético con un deber y una misión que cumplir. Son dos personalidades muy distintas.
P.: La música se ejecuta vivo en la representación.
M.M.: Así es, y por un gran pianista. Eso también genera una carga emocional muy fuerte.
| Entrevista de Patricia Espinosa |


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