19 de agosto 2008 - 00:00
Marzoratti: el arte como juego y enigma a descifrar
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«Alto vuelo», una de las obras de Luis Marzoratti que hoy se exhibe junto a otras en las que
se cuelan el sarcasmo, la iconografía del primer peronismo, o la estética pop de su época
de historietista.
El fin del proyecto universalista de la modernidad entraña también la abolición de lo especular.»La televisión de hoy ya no es un medio espectacular. Ya no vivimos en la sociedad del espectáculo de que hablaban los situacionistas franceses en la década del 60. El medio ha dejado de ser identificable como tal, y la amalgama de medio y mensaje teorizada por el comunicólogo Marshall Mc Luhan, es la primera gran fórmula de esta nueva edad. Ya no hay ningún medio en el sentido literal: el medio permanece intangible, difuso y desviado dentro de lo real.
En «Flor nacional II», Marzoratti acude al sarcasmo. Cuatro especies aparecen reproducidas con la belleza de sus formas y colores, pero entre los emblemas de diecinueve marcas de automóviles norteamericanos. En «Quien lo sigue», el protagonista de la obra es un largo martillo, dibujado como en los catálogos de herramientas. Un anillo de oro y brillantes, una cerradura y una botella de cerveza ocupan el espacio de «Semaneton», como en un aviso; el título no es sino el revés de «No te mames», del mismo modo que en «Sonemonu» («Uno menos»), con sus tres imágenes publicitarias prolijamente transcriptas.
En las dos telas de «Visiones de la pampa» repite en la zona inferior a cuatro muñecos policías, especies de robots que tanto pueden interpretar música como lanzarse al ataque; y, en la zona superior, una bandera geometrizada, con sol, una vaca (de metal, en un caso, y de cerámica, en el otro), y unos lavatorios vistos desde arriba. Estas reiteraciones se ven animadas (en todos los sentidos, inclusive el cinematográfico y televisivo) por imágenes que proceden también de convenciones sociales y escolares y han sido reducidas a las líneas del contorno, de manera tal de usar al resto de las figuras como fondo. En «Visiones de la pampa I», Kes es un prestidigitador que extrae un conejo de la galera; y en la versión II, una mujer duchándose que se ve de espalda.
En «The Bombers Color», la cola de un bombardero se hunde en una masa compuesta de recortes periodísticos, un dibujo anatómico de una mano, y un sector del plano de un B-25 estadounidense. También representa diarios que remiten al Muro de Berlín y al martirologio del pacifista alemán Carl von Ossietzky, que estuvo prisionero de los nazis desde la llegada al poder de Hitler. En 1935, cuando obtuvo el Premio Nobel de la Paz, el dictador le impidió recibirlo, prohibiendo a los alemanes aceptar cualquiera de estos lauros.
Dos recortes en «The Phantom Show» se refieren a los bombardeos norteamericanos en la Guerra de Vietnam (1961-1973). El artista resalta el poder destructor de los aviones al presentarlos en picada o cayendo a tierra abatidos: son sus amargos comentarios sobre los extravíos de la racionalidad moderna.
«Nacido en 1946, meses después de terminada la Segunda Guerra Mundial, nieto de inmigrantes italianos instalados en Mar del Plata, su infancia estuvo atravesada por conversaciones de posguerra, de aviones, de poderío militar. Esas conversaciones y su posterior entusiasmo por la aviación lo llevaron a convertirse fugazmente en piloto y materializar aviones en vuelo y en caída. Algo de la iconografía del primer peronismo que poblaba los libros de lectura de la época en que fue a la escuela, también se cuela hoy en su pintura. Lo mismo que algo de la estética pop que cultivó en su temprano trabajo como historietista», observó Eduardo Villar en el prólogo a la muestra.




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