19 de agosto 2008 - 00:00

Marzoratti: el arte como juego y enigma a descifrar

«Alto vuelo», una de las obras de Luis Marzoratti que hoy se exhibe junto a otras en las quese cuelan el sarcasmo, la iconografía del primer peronismo, o la estética pop de su épocade historietista.
«Alto vuelo», una de las obras de Luis Marzoratti que hoy se exhibe junto a otras en las que se cuelan el sarcasmo, la iconografía del primer peronismo, o la estética pop de su época de historietista.
En su exposición «Larga distancia», presentada en la galería La Estrella del Sud (Humberto Primo 1217), Luis Marzoratti invita a decodificar sus imágenes a la manera de jeroglíficos.

Con más de tres décadas de trayectoria desde que obtuvo el Primer Premio de Dibujo en el Salón de Mar del Plata de 1976, Marzoratti continúa desarrollando su arte polisémico en obras que plantean varios significados a modo de fragmentos de un todo, en cada uno de los cuales se abren múltiples vías de interpretación. Los más antiguos jeroglíficos egipcios datan de hace 5.000 años, y no es sencillo descifrarlos: ha desaparecido todo rastro acerca de sus significaciones. Para los egipcios, esas escrituras eran «las palabras divinas». Los griegos les llamaron, por eso, «inscripciones sagradas» (traducción de «jeroglíficos»).

Marzoratti no propone palabras divinas ni inscripciones sagradas, pero establece un juego por partida doble: el juego que es el arte, por definición, y el que nos hace buscar sentidos entre los símbolos aportados por sus pinturas y sus dibujos. El juego es una de las claves de su arte. Fue Schiller, a fines del XVIII, quien postuló al juego como fundamento de la obra de arte y sostuvo que el impulso sensible y el racional del hombre se concilian y armonizan en el impulso lúdico para crear la «apariencia estética», esto es, el arte, opuesta a la «apariencia lógica», que, al confundirse con la realidad y la verdad, «sólo es engaño».

Después de él filósofos y teóricos insistieron en la importancia del juego como disparador de arte, de Heidegger y Huizinga a Gadamer, sin olvidar, por cierto, la teoría de los «juegos de lenguaje» acuñada por Wittgenstein. Marzoratti convoca al desenfado y la desmitificación. No se trata de la idea del juego como diversión o pasatiempo sino como acto de creatividad y llamado a la participación del espectador.

Huizinga, en su ya clásico «Homo ludens» (1939), sostiene que el juego es una función del ser vivo -no sólo del hombre- y constituye un fenómeno cultural, de enorme potencia creadora. Según el pensador holandés, el juego supone un debate entre orden y tensión, que se sucede sin cesar y, en general, sin necesidad de obtener acuerdos. Este debate confrontativo se advierte en las creaciones de Marzoratti: el orden que trata de organizar el artista, cede a la tensión de los contenidos en que busca afirmarlo. En este modo de poner el asunto u objeto de la obra, está el origen de sus imágenes collage o pinturas simulacros, otra clave de su arte.

Uno de los más brillantes y provocativos pensadores de los últimos tiempos, el filósofo francés Jean Baudrillard (1929-2007), que vino a Buenos Aires dos veces invitado por el Centro de Arte y Comunicación, ha escrito que estamos desesperadamente fascinados por lo real porque vivimos con el horrible conocimiento de que lo real ya no existe, o, mejor, que lo real sólo se nos aparece como una amplia y seductora simulación. Y se ha preguntado «¿Si dejara de ser acertado oponer la verdad a la ilusión y debiéramos percibir a la ilusión generalizada como más verdadera que la verdad?». El filósofo francés planteó que las ideas de la modernidad desaparecen absorbidas por su realización anticipada.

El fin del proyecto universalista de la modernidad entraña también la abolición de lo especular.»La televisión de hoy ya no es un medio espectacular. Ya no vivimos en la sociedad del espectáculo de que hablaban los situacionistas franceses en la década del 60. El medio ha dejado de ser identificable como tal, y la amalgama de medio y mensaje teorizada por el comunicólogo Marshall Mc Luhan, es la primera gran fórmula de esta nueva edad. Ya no hay ningún medio en el sentido literal: el medio permanece intangible, difuso y desviado dentro de lo real.

En «Flor nacional II», Marzoratti acude al sarcasmo. Cuatro especies aparecen reproducidas con la belleza de sus formas y colores, pero entre los emblemas de diecinueve marcas de automóviles norteamericanos. En «Quien lo sigue», el protagonista de la obra es un largo martillo, dibujado como en los catálogos de herramientas. Un anillo de oro y brillantes, una cerradura y una botella de cerveza ocupan el espacio de «Semaneton», como en un aviso; el título no es sino el revés de «No te mames», del mismo modo que en «Sonemonu» («Uno menos»), con sus tres imágenes publicitarias prolijamente transcriptas.

En las dos telas de «Visiones de la pampa» repite en la zona inferior a cuatro muñecos policías, especies de robots que tanto pueden interpretar música como lanzarse al ataque; y, en la zona superior, una bandera geometrizada, con sol, una vaca (de metal, en un caso, y de cerámica, en el otro), y unos lavatorios vistos desde arriba. Estas reiteraciones se ven animadas (en todos los sentidos, inclusive el cinematográfico y televisivo) por imágenes que proceden también de convenciones sociales y escolares y han sido reducidas a las líneas del contorno, de manera tal de usar al resto de las figuras como fondo. En «Visiones de la pampa I», Kes es un prestidigitador que extrae un conejo de la galera; y en la versión II, una mujer duchándose que se ve de espalda.

En «The Bombers Color», la cola de un bombardero se hunde en una masa compuesta de recortes periodísticos, un dibujo anatómico de una mano, y un sector del plano de un B-25 estadounidense. También representa diarios que remiten al Muro de Berlín y al martirologio del pacifista alemán Carl von Ossietzky, que estuvo prisionero de los nazis desde la llegada al poder de Hitler. En 1935, cuando obtuvo el Premio Nobel de la Paz, el dictador le impidió recibirlo, prohibiendo a los alemanes aceptar cualquiera de estos lauros.

Dos recortes en «The Phantom Show» se refieren a los bombardeos norteamericanos en la Guerra de Vietnam (1961-1973). El artista resalta el poder destructor de los aviones al presentarlos en picada o cayendo a tierra abatidos: son sus amargos comentarios sobre los extravíos de la racionalidad moderna.

«Nacido en 1946, meses después de terminada la Segunda Guerra Mundial, nieto de inmigrantes italianos instalados en Mar del Plata, su infancia estuvo atravesada por conversaciones de posguerra, de aviones, de poderío militar. Esas conversaciones y su posterior entusiasmo por la aviación lo llevaron a convertirse fugazmente en piloto y materializar aviones en vuelo y en caída. Algo de la iconografía del primer peronismo que poblaba los libros de lectura de la época en que fue a la escuela, también se cuela hoy en su pintura. Lo mismo que algo de la estética pop que cultivó en su temprano trabajo como historietista», observó Eduardo Villar en el prólogo a la muestra.

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