15 de julio 2004 - 00:00

Michael Moore ataca a su villano favorito

Un momento logrado de «Fahrenheit 9/11» de Michael Moore: George W. Bush en la escuela de Florida donde lee con los alumnos «Mi cabrita», luego de recibir la noticia de la caída de las Torres Gemelas.
Un momento logrado de «Fahrenheit 9/11» de Michael Moore: George W. Bush en la escuela de Florida donde lee con los alumnos «Mi cabrita», luego de recibir la noticia de la caída de las Torres Gemelas.
«Fahrenheit 9/11» (id. EE.UU., 2004). Dir. y Guión: Michael Moore.Documental.

El título de la última película de Michael Moore puede resultar impreciso: «Fahrenheit 9/11» no es un documental acerca del día más fatídico de la historia norteamericana contemporánea sino un intencionado acopio de grabaciones de archivo, dramatizaciones y actuaciones, cuyo único fin es pulverizar la imagen del gobierno de George W. Bush, idea fija del director. Se trata de una película partisana que no oculta en ningún momento su condición sino que, por el contrario, la confiesa. Moore se propuso hacer su propio «Watergate» y hasta filma una escena junto al histórico edificio, enfrentado calle por medio a la Embajada de Arabia Saudita. Se entiende, en tal sentido, que este film tenga como fecha de vencimiento el 2 de noviembre, día de las elecciones en los Estados Unidos.

• Reiteraciones

El cineasta ha resignado, o no ha logrado más que esporádicamente, el humor amargo y la creatividad ingeniosa de «Bowling For Columbine», o el avasallador protagonismo de «Roger And Me», para construir un ejercicio de dos horas de tiro al blanco sobre su villano favorito, lo que forzosamente termina por volverse algo reiterativo (a la vez que deja en la oscuridad muchos de los interrogantes que continúan rodeando al 11 de septiembre). Para ese ejercicio todo le vale, desde la exposición de documentos no siempre novedosos hasta la más chata « delarruización» del personaje, al estilo de «El show de Videomatch» o «Televisión registrada».

Desde luego, Moore no está obligado a elucidar lo que ni la prensa ni los investigadores fueron capaces de responder hasta hoy (el enigma del cuarto avión derribado, la información sobre el poco claro atentado al Pentágono, los presuntos y poco examinados vínculos de Al Qaeda con elementos locales, etc., aspectos que la película ni siquiera menciona, aunque sugiera en algún caso), pero, considerados los antecedentes que arrastraba este film, Palma de Oro en Cannes incluida, cabía esperar algo más de él.

En un esclarecedor artículo publicado dos días atrás por «The Washington Post», se comparan las imágenes que de Michael Moore tienen sus opositores dentro y fuera de los Estados Unidos. Si, internamente, se lo ha considerado «anti-norteamericano», en Europa y Asia se lo ha visto, por el contrario, como « profundamente norteamericano» en su aproximación al tema: tosco, sentimental, parcial, y capaz de embestir como un búfalo contra su objetivo. El primero en señalarlo, durante Cannes, fue Jean-Luc Godard: «Michael Moore no produce cine, produce discursos».

En su mayor parte, « Fahrenheit 9/11» ilustra y hace campaña con hechos conocidos, otorgándoles a veces una dimensión no siempre exacta (¿deberían sorprender, en una familia tradicionalmente petrolera como los Bush, sus buenas relaciones comerciales con jeques sauditas?). Sin embargo, lo que sí debe reconocérsele a Moore es la obtención y el trabajo con imágenes privilegiadas. No fue común ver hasta ahora, casi en su integridad, el momento en que el presidente recibe la noticia del atentado al World Trade Center mientras se encontraba en una escuela de Florida, leyendo con los alumnos el cuento infantil «Mi cabrita».

Estupendo hallazgo, Moore (que, como en casi toda la película, realiza un relato en «off») se detiene sobre la expresión de Bush, confronta su inercia con la supuesta reacción inmediata que podrían haber tenido, en esa circunstancia, otros estadistas, y especula sobre el tormentoso desconcierto que se habría apoderado de su mente. Una mente, insiste el director, sólo apta para el golf, el ocio, arruinar negocios, desoír las advertencias del FBI cinco meses antes de los ataques, y facilitarle a la familia Bin Laden la salida del país.

Tampoco ha sido frecuente de ver la serie de testimonios de congresales negros, en ocasión de las elecciones que llevaron a
Bush a la Casa Blanca. Uno tras otro, exponen sus cuestionamientos a lo que consideran un acto de ilegitimidad del Congreso, y que sin embargo no pudieron asentar en actas dado que ningún senador, ni siquiera demócrata, acompañó con su firma tales objeciones. En esos momentos, y en algunos otros, la película se vuelve vigorosa; lástima que la debiliten mucho otros.

• Manipulación

Moore, a quien nunca le preocupó manipular algunos aspectos de la realidad para amoldarla a sus fines, no tiene problemas en pintar, por ejemplo, un Irak absolutamente idílico previo a la invasión, con niños sonrientes y gente feliz por doquier, como si el gobierno de Saddam fuera comparable con el de Abraham Lincoln (esto recuerda un poco su descripción de una Canadá sin armas en «Bowling For Columbine»). Y, si bien no son sospechables los testimonios posteriores a la intervención norteamericana, su autenticidad puede dañarse por esa tendencia suya a la escenificación (y no es sólo en este caso donde ocurre eso).

Finalmente, y como es lógico, la película está llamada a ser disfrutada con fruición por todos aquellos que odien al
Tío Sam o no simpaticen con su país, más allá de que, una vez más, acabe de darles un nuevo ídolo, Michael Moore.

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