15 de julio 2004 - 00:00
Michael Moore ataca a su villano favorito
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Un momento logrado de «Fahrenheit 9/11» de Michael Moore: George W. Bush en la escuela de Florida donde lee con los alumnos «Mi cabrita», luego de recibir la noticia de la caída de las Torres Gemelas.
En su mayor parte, « Fahrenheit 9/11» ilustra y hace campaña con hechos conocidos, otorgándoles a veces una dimensión no siempre exacta (¿deberían sorprender, en una familia tradicionalmente petrolera como los Bush, sus buenas relaciones comerciales con jeques sauditas?). Sin embargo, lo que sí debe reconocérsele a Moore es la obtención y el trabajo con imágenes privilegiadas. No fue común ver hasta ahora, casi en su integridad, el momento en que el presidente recibe la noticia del atentado al World Trade Center mientras se encontraba en una escuela de Florida, leyendo con los alumnos el cuento infantil «Mi cabrita».
Estupendo hallazgo, Moore (que, como en casi toda la película, realiza un relato en «off») se detiene sobre la expresión de Bush, confronta su inercia con la supuesta reacción inmediata que podrían haber tenido, en esa circunstancia, otros estadistas, y especula sobre el tormentoso desconcierto que se habría apoderado de su mente. Una mente, insiste el director, sólo apta para el golf, el ocio, arruinar negocios, desoír las advertencias del FBI cinco meses antes de los ataques, y facilitarle a la familia Bin Laden la salida del país.
Tampoco ha sido frecuente de ver la serie de testimonios de congresales negros, en ocasión de las elecciones que llevaron a Bush a la Casa Blanca. Uno tras otro, exponen sus cuestionamientos a lo que consideran un acto de ilegitimidad del Congreso, y que sin embargo no pudieron asentar en actas dado que ningún senador, ni siquiera demócrata, acompañó con su firma tales objeciones. En esos momentos, y en algunos otros, la película se vuelve vigorosa; lástima que la debiliten mucho otros.
• Manipulación
Moore, a quien nunca le preocupó manipular algunos aspectos de la realidad para amoldarla a sus fines, no tiene problemas en pintar, por ejemplo, un Irak absolutamente idílico previo a la invasión, con niños sonrientes y gente feliz por doquier, como si el gobierno de Saddam fuera comparable con el de Abraham Lincoln (esto recuerda un poco su descripción de una Canadá sin armas en «Bowling For Columbine»). Y, si bien no son sospechables los testimonios posteriores a la intervención norteamericana, su autenticidad puede dañarse por esa tendencia suya a la escenificación (y no es sólo en este caso donde ocurre eso).
Finalmente, y como es lógico, la película está llamada a ser disfrutada con fruición por todos aquellos que odien al Tío Sam o no simpaticen con su país, más allá de que, una vez más, acabe de darles un nuevo ídolo, Michael Moore.


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