«La habitación del hijo» (La stanza del figlio/ La chambre du fils, Italia-Francia, 2001, habl. en italiano). Dir.: N. Moretti. Guión: N. Moretti, L. Ferri, H. Schleef. Int.: N. Moretti, L. Morante, J. Trinca, G. Sanfelice, S. Orlando. " Si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón..." La frase evangélica (San Mateo 24:43), aludiendo a la muerte como un robo contra el cual nadie está bastante precavido, irrita al protagonista de esta historia. ¿Pero acaso podía prever lo que pasó? Al menos, el espectador ya lo sabe: en esta obra, Nanni Moretti deja de lado su personaje de cómico rezongón, y ofrece un drama bien serio. Igual, no es dramón, sino un relato que se soporta bien, y con mucho para masticar.
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Se plantea una familia bien constituida, en una ciudad pequeña (para el caso, Ancona). Un padre que, por su profesión, debe comprender a los demás, una esposa comprensiva, y un casal de hijos jovencitos, deportistas, compañeros de sus padres. Hay, aquí y allá, algunas escenas de posible significado posterior, frases sobre responsabilidad y comprensión, una picardía, una confesión, algún reproche, cierta rotura, la risueña traducción de un texto en latín, un canto en común, cosas, en fin, de ese nivel, casi cotidianas, que luego tendrán una contraparte, o un complemento, que las ilumina.
Un accidente lo puede tener cualquiera. En montaje alternado, vemos a cada miembro de la familia, en una situación, también casi cotidiana, de peligro. En un mismo día, el mar azul puede volverse gris. Viene entonces lo que nadie menciona. La tremenda certeza del adiós. Los sonidos perforando los días posteriores. El modo en que cada uno va viviendo su pena. Y luego los intentos de retorno al mundo exterior, la detención en el tiempo, la obsesión, la búsqueda de culpas o culpables, los resentimientos, los remordimientos, los quiebres, pero nada expuesto en forma teatral, ni con demasiadas palabras. Sólo una frase que otra, y un simple registro de actividades que se explican por sí mismas. Y, de pronto, llega una carta. Acaso empieza la cicatrización.
Una actriz admirable: Laura Morante. Tres planos para señalar. El del abrazo donde el padre y la hermanita se unen alrededor de la madre. El de los tres, mirando desde lejos, pensativos, a la chica que hubiera podido ser novia de su hijo, y ahora está con otro chico. Y el plano final, como visto desde esos chicos que se alejan, y que está lleno de luz, pero una luz sin mentiras. Hay que remontarse hasta «Un día para mi amor», del checo Jurah Herz, o a esos versos del poeta entrerriano Luis Sadi Grosso que terminan diciendo «tras las ventanas, ríen ya», para encontrar una obra semejante.
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