«Las bodas de Figaro» («Le nozze di Figaro»), ópera de Wolfgang Amadeus Mozart. Con: Luis Gaeta, Ana Ibarra, Eliana Bayón, Gustavo Gibert, Adriana Mastrángelo, Evelina Iacattuni y elenco. Dir.: Jorge Carciófolo. Régie: Alberto Félix Alberto. Esc.: Ricardo Cinalli. Vest.: Delia Cancela. Ilum.: Mauricio Rinaldi. Coro Estable: Miguel Martínez. (16/6, Teatro Colón, Abono Vespertino).
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Puntualmente a las 17, poco después de que el director del Teatro Colón Emilio Basaldúa se disculpara por la falta de un programa de mano decente, se inició la Obertura de esta perfección teatral y musical que es «Las bodas de Figaro», de Mozart, basada en el atrevido asunto desarrollado por Caron de Beaumarchais poco antes de la Revolución Francesa, con libreto en italiano de Lorenzo Da Ponte.
La obra plantea el uso de recursos vocales sutiles y una cantabilidad en ajustada proporción a las necesidades de expresión teatral; su riqueza polifónica como sustento y su melodismo exquisito y comunicativo la convierten en un milagro estético.
Pero sucede algo muy extraño con la actual versión en el Colón, casi como con la escultura de Don Quijote en Avenida de Mayo y Lima: de tanto verla, la gente se acostumbró a ella y ya no molesta. Surge esta observación porque, a pesar de las falencias y debilidades, a la clara ausencia de los méritos señalados en al párrafo anterior, a las 20.30 el público aplaudió.
En la medida en que trascurrían las horas de representanción los espectadores se fueron acostumbrando a las asperezas vocales, a las actuaciones titiritescas, a las condesas con modales ordinarios, a las doncellas con modales refinados, a una orquesta que para poder sobrevivir eligió la cuadratura, a un vestuario y un maquillaje inexplicable, a personajes tan parecidos entre sí que el escenógrafo, seguramente para ayudar a la diferenciación, colocó carteles naives con el nombre de cada uno.
•Escenografía
La escenografía era realmente hermosa y funcional, algo atrevida en el gabinete de la condesa Rosina y de cálidos colores pastel en los otros cuadros; está firmada por Ricardo Cinalli, un artista plástico argentino que vive en Londres y que últimamente hizo una elogiada escenografía para un ballet de Prokofiev en el Covent Garden.
La tradición impone reseñar la nerviosa tarde del debut. Ana Ibarra es la soprano valenciana a la que se le confió el papel de la Condesa Rosina; tiene buena escuela de canto pero una voz con mucho peso, lo que restó musicalidad al «Dove sono», por ejemplo. Luis Gaeta estuvo correcto como el Conde, pero parecía incómodo en la marcación actoral: este barítono es siempre espontéaneo y natural, pero el domingo se lo notó forzando una actuación de la que no estaba demasiado convencido. Eliana Bayón como Susana, y Adriana Mastrángelo como Cherubino fueron monocordes tanto en las arias como en los recitativos. Gustavo Gibert debe madurar su Figaro, ser dueño de las situaciones y agregar un poco de picardía, además de mejorar la dicción y acentuación («farfalla» es mariposa en italiano, «farfallone» es mariposón, pero como se escribe con «ll» él canta «farfayone», entre otros detalles).
Personajes como Marcellina, Basilio, Bartolo y Curcio no explotan la gracia de sus papeles; es como si la régie los hubiera confundido y no pudieran definir su perfil. La sensación que quedó, tras esta representación, fue la de un ensayo general. Es necesario que los cantantes se adueñen de sus personajes y se haga un necesario pulido en la orquesta para las seis funciones a la que asistirá mucho público. «Las bodas de Figaro» impone que no se desperdicie esta oportunidad.
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