5 de diciembre 2001 - 00:00

"Muchos no lo advierten, pero Dotoievski es divertidísimo"

Eduardo Mendoza
Eduardo Mendoza
(05/11/01) "Yo soy un hombre muy educado, de esos que ceden el asiento a las señoras y a algún señor también", aclara el escritor Eduardo Mendoza con una sonrisa pícara, quizás para diferenciarse de las descabelladas ocurrencias de su personaje más famoso: nada menos que un enfermo mental devenido detective tras haber sido forzado a insertarse en la vida social catalana. Mendoza (Barcelona, 1943) pasó por Buenos Aires para presentar su última novela, «La aventura del tocador de señoras» (ver La Vidriera), la tercera en seguirle el rastro a esa criatura imprevisible y absurda que, por resolver un crimen político-económico, se sumerge en las situaciones más desopilantes que haya dado la literatura.

Periodista: Mientras sus fans ríen a carcajadas con sus novelas, algunos críticos españoles lo han tildado de «gamberro» ¿Usted sabe por qué?


Eduardo Mendoza:
Gamberro, según el diccionario, es aquel que se divierte ruidosamente en lugares públicos. El término cayó en desuso y ahora se entiende como algo que es muy anticonvencional. No en el sentido de innovador, sino del que lo rompe todo.

P.: El término sigue conservando un matiz descalificante, digamos...


E.M.:
Sí, es el maleducado, el que no atiende a razones, el políticamente incorrecto. Mejor dicho, el que comete todas las incorrecciones. Yo en la vida civil procuro pasar inadvertido, soy muy formal y educado; entonces mis personajes son todo lo contrario y mi forma de entender la literatura también es incorrecta. No es correcto que un escritor de mi edad y con un cierto bagaje literario se descuelgue con esta especie de grosería de 400 páginas. Eso sí es ser gamberro.

Crítica vs. juicio

P.: Usted ha dicho «escribo porque la organización social despierta mi perplejidad, no por afán justiciero» ¿Es por eso que prefiere criticar desde el humor?

E.M.:
La crítica no es juzgar, sino expresar una cierta amargura ante cosas que están mal ¡pero que habría sido tan fácil que no lo estuvieran! Se puede fracasar, pero lo que no se puede admitir es que las cosas no funcionen por dejadez o por mezquindad. Todo eso produce una cierta irritación y un desencanto que sólo pude expresar de esta manera, porque de otra hubiera sido un lamento jeremíaco.

P.: El protagonista de «La aventura del tocador...» no se detiene en dilemas morales y sin embargo es un hombre ético ante una sociedad corrupta.


E.M.:
¡Ah, sí! es un santo laico.

P.: Sus novelas abundan en situaciones cinematográficas ¿Cuántas de ellas fueron llevadas a la pantalla grande?


E.M.:
La primera que hicieron fue «La verdad sobre el caso Savolta», luego «El misterio de la cripta embrujada» y «La ciudad de los prodigios», esta última la dirigió Mario Camus.

P.: Y ahora está escribiendo un guión con Jaime Chavarri.

E.M.: Sí, va llevar al cine mi novela «El año del diluvio» y estamos haciendo el guión a medias a ver si dejamos de ser amigos definitivamente.

Cine bueno y malo

P.: El protagonista de «La aventura...» dice algo muy sugestivo al respecto: «bastante malo es de por sí morirse para encima morirse viendo cine español.»

E.M.:
La frase venía a que uno en el momento de la muerte ve pasar su vida como en una película y yo pensé que si viera una película de mi vida, pues sería como ver cine español.
P.: Sí, se entiende, pero convengamos que no es un comentario muy halagador para el cine español.

E.M.:
Pero es justo ¿no? porque es uno de los peores.

P.: Hasta hace poco se decía lo mismo del cine argentino.


E.M.:
En este momento es un fenómeno sorprendente. En España, el 50 % de las películas que se están dando en cines de estreno son argentinas ¡y con un éxito! Sobre todo «Nueve reinas» ¡hay unas colas! ya no sé en cuántas salas de cine y con razón porque es una película inteligente, basada en algo que el cine ya ha olvidado que es, en vez del presupuesto y los efectos especiales, la inteligencia de la historia y de los diálogos. Me encantó, está hecha por unos actores y actrices en estado de gracia, todos están estupendamente bien.

P.: Pero usted parece más influenciado por los grandes cómicos del cine. La escena en que su personaje esconde a un montón de personas en su pequeño cuarto parece extraída de «Una noche en la ópera».


E.M.:
Sí, tengo muy presente esa escena porque es una película que he visto como mil veces.

Inspiración

P.: ¿Y cual fue su intención? ¿Homenajear a Groucho Marx?

E.M.:
No, no. Por supuesto que soy un admirador de los Hermanos Marx, pero aunque nadie se lo cree yo estaba imitando y haciendo un homenaje a una escena muy parecida y mucho más graciosa que aparece en «Los demonios» de Dostoievski, en la que están hablando una madre y un hijo. Es una conversación muy terrible como todas las de Dostoievski y entonces llaman a la puerta y entra un hombre que enseguida se suma a la conversación. Al cabo de un rato el criado anuncia a una señora con su hijo y bueno se va sumando gente que pasaba casualmente por allí y terminan siendo 24 personajes discutiendo de un tema fundamental y terrible de la vida. Aquello me hizo tanta gracia que decidí tomarlo. Aunque muchos no lo adviertan, Dostoievski es un escritor divertidísimo, sólo que se ocupa de temas muy trágicos.

P.: Volviendo a su obra ¿no lo sorprende que su código humorístico haya tenido tan buen eco entre los lectores argentinos?


E.M.:
Es que en mi época formativa, de adolescencia, todo lo que leía venía de la Argentina, todas las traducciones e incluso algunas revistas. De niño yo leía «Billiken» y el ídolo de mi infancia era el dibujante Oski, que para mí sigue siendo el artista más grande del siglo XX. Creo que mi humor se parece a ese humor argentino: urbano, judío, de self-deprecation, tierno, cruel... Todo eso que en España nunca se dio, porque el humor español es muy cruel, es burlarse del débil y del caído. El humor de «La aventura del tocador de señoras» es más de sabor argentino. Me da vergüenza decir esto porque parece que lo digo sólo porque estoy aquí y que si viajo a México voy a decir que me influyó mucho Jorge Negrete.

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