Mural de Siqueiros: la última oportunidad

Espectáculos

La historia del mural «Ejercicio Plástico» que David Alfaro Siqueiros pintó en la Argentina ejerce una seducción inmediata. «La obra es recuperable», anunciaron, el helado viernes por la tarde, los expertos Néstor Barrio de la Universidad de San Martín y el académico Gastón Burucúa, que tal como publicó en primicia este diario el último jueves fueron a evaluar el estado de la pintura, que se encuentra fraccionada en cuatro containers.

Las mismas dudas que acosaban a quienes llegaron esa tarde a la inhóspita playa de grúas Don Bosco, en el camino a San Justo (que hoy reclama una elevada cifra por albergar la obra) se planteaba el propio Siqueiros en 1936, cuando desde Nueva York le escribía a su mujer, Blanca Luz Brun, la modelo del mural que lo había abandonado para quedarse con Natalio Botana, y le preguntaba: «¿Qué sabes de mi fresco en Don Torcuato? Si te fuera posible escribirle a Spilimbergo, pidiéndole que me informe directamente sobre el estado actual de aquel experimento, te lo agradecería infinitamente. Tú sabes que fijé el fresco con silicato Kein, pero el lugar era muy húmedo y tengo curiosidad técnica por saber cómo se ha sostenido. Esto me preocupa particularmente porque ahora estamos desarrollando en mi taller el silicato, y para todas estas cosas el tiempo es un espléndido maestro».

Extraña parábola trazó el destino: ahora se confirma que el silicato aseguró la supervivencia del mural durante 74 largos años. Así lo asegura el restaurador Eduardo Guitima, que en 1991 intervino para sacar el mural de la quinta Los Granados.

A pesar de las grietas que hallaron expertos y aficionados; a pesar, también, del «hielito» pegado en la pintura y la condensación de agua, un sentimiento de alivio colectivo embargó a esa treintena de personas involucradas de algún modo en el destino de la obra. El mural no está pulverizado. Un fascinante desnudo femenino apareció cuando las potentes luces iluminaron una de esas cavernas.

Allí estaban algunos de los que prolongaron una feroz batalla legal durante 16 años, funcionarios del poder judicial (que, debido el litigio por la titularidad de la obra, la inmovilizaron en ese lugar) y varias personas que tienen intereses en juego, desde el simple amor al arte hasta la probable consecución de utilidades financieras, pasando por el prestigio.

En este sentido, el prestigio, incluye a quienes cortaron la obra en pedazos como un puzzle para llevarla de gira por el mundo (que quedarían mal parados si no se pudiera volver a armar), y también el del país, pues dado el trato y las condiciones de abandono y las agresiones a que se ha sometido el mural existían grandes posibilidades de que el presidente Kirchner y la senadora, que hoy se encuentran en México, tuvieran que ser portadores de malas noticias sobre una pieza clave del héroe de la revolución azteca.

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Cualquiera que haya estado en San Justo puede imaginar que, si llegara a ganar las elecciones, a Cristina Kirchner le gustaría inaugurar, al menos, los trabajos de restauración, didácticos y frente al público, el mismo día de la asunción.

Pero ahora el problema no es sólo cuándo sino dónde. La embajadora Magdalena Faillace, envuelta en un saco de ocelote sintético para desafiar el frío polar, no cesaba de repetir que debía encontrar «antes de seis meses un lugar definitivo para emplazar definitivamente el mural», tarea difícil con sus 200 metros cuadrados de superficie. Así contó que el día de la nevada estuvo recorriendo Puerto Madero en busca de espacio, ya que al edificio del Correo Central no se puede ingresar con las grúas que se necesitan para mover la pieza. (Como se recordó esa tarde, justo a este lugar, el Correo, aspiraba llevar la obra el ex secretario de Cultura Rubén Stella, que con policías y bomberos supo protagonizar una pintoresca excursión a San Justo en el verano de 2003).

Consultada Faillace sobre la posibilidad de levantar un edificio especial que podría emplazarse, según sugirió Torcuato Di Tella, frente al Palais de Glace, la funcionaria dijo: «Los trámites de licitación son lentos y demorarían más de seis meses».

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Al hablar sobre el descuido de la obra que está en manos privadas, Faillace y la apoderada de la firma Dencanor, Mirta Barruti, entablaron un duelo verbal. Al repartir responsabilidades, se dijo que el Estado nunca había prestado atención a las ofertas de exhibición. El diálogo se cortó, tajante. Entretanto, el abogado de una de las partes en pugna, Luis Porcelli, se formulaba estos interrogantes: «¿Cuántas veces dimos por sentado que iban a sacar la pintura inmediatamente de este lugar? ¿Y si ahora pasan seis meses y todo continuara igual?».

Hoy las cosas parecen darse de otra manera; México ofrece hacerse cargo del elevadísimo costo de la restauración. Miguel Frías, una de las partes del extenso juicio, le dijo a este diario que confía en que este nuevo intento de salvar la obra va a tener un buen final. Si en agosto el Senado aprueba el proyecto de ley de expropiación, el Estado tendrá así la posibilidad de preservar la pintura. Además, si un viaje aceleró la apertura de los containers, puede que de acuerdo con las encuestas electorales el mural salga del «chaleco de fuerza que lo aprisiona», como decía Siqueiros, refiriéndose al sótano donde lo pintó.

Como ocurre en otras áreas, en las cuestiones de preservación patrimonial, la Argentina gira en sentido inverso al del resto del mundo. Si durante siglos el patrimonio de la humanidad se reducía casi en exclusividad a los monumentos y museos, el criterio se ha ampliadoy hoy la preservación abarca casi todo. «Es un fenómeno ligado a un tipo de desasosiego, a la incertidumbre sobre nuestro futuro, a nuestra incapacidad de inscribir valores en la historia. No dejamos restos, nos quedamos con todo», observó el ex director de patrimonio de Francia, Francois Barré.

«Ejercicio Plástico» no es un mural más, es un hito para la vanguardia de Latinoamérica, y ha recibido en nuestra tierra agresiones históricas. Botana le había encargado al mexicano la obra pero, cuando se vendió la casa, los nuevos propietarios no compartieron su gusto por el arte. Uno de los dueños barnizó los rostros para destacarlos, la familia de Alvaro Alsogaray hizo tapar la pintura con cal, y no faltó quien intentara borrarla con ácido. Finalmente, en 1991, la obra fue extraída de su contexto, la quinta construida por el arquitecto Andrés Kalnay (tirada abajo por una cuadrilla de bolivianos). Alguien se había dado cuenta del valor de la obra. Y lo cierto es que si la maniobra hubiera llegado a buen puerto, quizás este « rescate» cuyos imprevisibles resultados fueron desastrosos, se podría considerarar un acto heroico.

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