El artista Santiago García Sáenz murió ayer de un paro cardíaco masivo, dos días antes de cumplir 52 años. El artista creía que su ángel de la guarda lo había rescatado de una enfermedad incurable y le permitió pintar sus mejores obras. Dueño de este privilegiado regalo del cielo, se internó hace más de una década en las comarcas del arte religioso, que concilió con sus indagaciones sobre el origen indígena del arte latinoamericano. A partir de entonces, su estilo único e inconfundible osciló entre lo divino y lo profano. En 2004 celebró en el Museo Fernández Blanco medio siglo de vida, con la emotiva muestra antológica «Angel de la Guarda».
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García Sáenz deja ahora dos grandes legados. Por un lado, su capacidad de amar al prójimo, de ayudar, contener, acompañar y hacer felices a sus amigos. Por otro lado, una obra que responde al canon de lo sublime. Supo pintar esquemáticos personajes en escenas de amor y devastación, nacimientos, anunciaciones y crucifixiones; santos, enfermos, mulatos, vírgenes y mártires. La humanidad entera, inmersa en los imponentes escenarios de la salvaje espesura de la naturaleza, las ruinas de las misiones jesuíticas, la arquitectura del barroco americano y, además, los rascacielos de la ciudad contemporánea.
García Sáenz fue un humanista sin dobleces, su vida y su obra fueron la misma cosa. Su extraña, atemporal y luminosa obra, coincidía con su persona y el taller que tenía en la calle Junín, un auténtico «rancho», con paredes de adobe color rosa como las de Figari.
El arte religioso en nuestro país reconoceel antecedente de las tallas de los siglos XVII y XVIII, pero son escasos los artistas como Alfredo Guttero, Norah Borges, Miguel Carlos Victorica y García Sáenz, capaces de adentrarse en las impredecibles comarcas celestiales.
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