"La canción de la tierra", de Mahler, reinaugura temporada del Colón

Espectáculos

Diálogo con el tenor solista Gustavo López Manzitti, quien será acompañado por la mezzo Guadalupe Barrientos en la función de hoy.

La temporada 2021 del Teatro Colón se había iniciado con el extenso y relevante ciclo de conciertos dedicado al centenario de Astor Piazzolla. Sin embargo, la nueva suspensión de actividades provocada por la segunda ola de la pandemia no sólo obligó a un nuevo cierre sino a reprogramar una temporada ya originalmente muy limitada (reprogramación que aún sigue en curso).

En ese sentido, la reapertura hoy a las 20 con el primer concierto de la Filarmónica de Buenos Aires, que reviste características especiales, merece ser saludado con alborozo. Con dirección de Enrique Diemecke, una formación de cámara de la Filarmónica interpretará “Das Lied von der Erde” (“La canción de la tierra”), de Gustav Mahler, en la versión de Arnold Schoenberg, con la mezzosoprano Guadalupe Barrientos y el tenor Gustavo López Manzitti como solistas. La función será también transmitida en vivo por las plataformas del Teatro.

“Nos hace felices estrenar esta obra tan largamente postergada”, dice a este diario López Manzitti. “Esta es la tercera vez. Debimos haber estrenado en marzo, luego en mayo, y afortunadamente podemos concretarlo ahora. Llegamos, al fin, con esta obra hermosísima”.

Periodista: Ha de ser frustrante ensayar una obra y no poder estrenarla.

Gustavo López Manzitti: Tremendo. Desde el inicio de la pandemia venimos estudiando diferentes obras, para nuestro país o para el exterior, y que terminan sin poder hacerse. Las preparábamos y se cancelaban. No podíamos mostrar al público eso que habíamos hecho con tanta pasión. Eso genera ansiedad, depresión. Pero mejor no hablemos ahora de eso. Esta noche estrenamos.

P.: ¿Qué representa para usted “La canción de la tierra”?

G.L.M.: Es una obra única en muchos sentidos, es sumamente filosófica. En verdad, es una sinfonía: Mahler, aunque la llamó ‘Una Sinfonía’, prefirió no asignarle número debido a una especie de superstición, ya que como ese número debía ser el 9, porque su composición sucedió a la Sinfonía 8, o “De los mil”, sentía que si la llamaba así se iba a morir, ya que ese fue el número de la última sinfonía de otros compositores, en especial las de Beethoven. Y de todas maneras se murió. Pero en sentido estricto es una sinfonía, con toda la estructura de la sinfonía mahleriana, sólo que con cantantes. Hay quienes la confunden con un ciclo de canciones porque se llama “Lied”. Es una obra muy wagneriana, y eso es algo que me atrae mucho.

P.: Los poemas en los que se basa son también muy peculiares.

G.L.M.: Son fascinantes, pertenecen a un poeta chino del siglo VIII, Li Tai-Po. Un hombre cuyas principales aficiones eran escribir, vagar y beber. Y las tres canciones que yo canto, los tres movimientos, son sobre el vino, entendido como el placer de la vida, aquello que permite al ser humano olvidar todo lo terrible de la vida; de hecho, el último canto corresponde a la espera pacífica de la muerte. La idea conductora de los poemas es que todo permanece, salvo nosotros.

P.: Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar.

G.L.M.: A propósito de esto, cuando empezaron los ensayos y yo volví a entrar en el Colón, y observé su majestuosidad, pensé lo siguiente: ‘Caramba, este hermoso edificio nos va a sobrevivir a todos del mismo modo que ya sobrevivió a tantos otros. Eso es justamente lo que plantea Mahler en la obra: la belleza permanece, vuelve la primavera, aparecen otros artistas, y nosotros pasamos. Eso es ‘La canción de la tierra’. No es depresivo el mensaje, es más bien una búsqueda de algo.

P.: El momento de composición, además, corresponde al mismo que tomaba Visconti en su adaptación de “Muerte en Venecia”, de Thomas Mann. La tragedia de la muerte de su pequeña hija, su alejamiento, las discusiones estéticas con Schoenberg.

G. L. M.: Mahler, en verdad, era reconocido como director de orquesta. Sus versiones de Wagner, Beethoven, Mozart eran muy celebradas. Él estaba en la Ópera de Viena y en un momento debió rescindir su contrato en malos términos, se mudó a Nueva York y empezó a dirigir en el Metropolitan. Ahí es cuando murió su hija menor y a él le diagnosticaron una endocarditis. Ni siquiera pudo seguir practicando deportes, algo que le gustaba mucho. Recién entonces, en los últimos diez años de su vida, fue cuando se hizo famoso como compositor. Compuso “La canción de la tierra” velozmente, en unas vacaciones, y nunca la pudo interpretar en vida. Se estrenó de manera póstuma, 10 años después de su muerte. Había gente que lo amaba pero eran los menos; además, el antisemitismo europeo en esa época era muy fuerte. Mahler ocultaba que era judío. Más allá de eso, analizar esta obra es complicado: es tonal, sí, pero ambigua; oscila siempre entre dos polos, que se corresponden con la juventud y la muerte, lo masculino y lo femenino. Asistido por la maravillosa poesía de este chino que vivía tan borracho que una vez, mientras iba en una canoa, quiso abrazar a la luna que veía reflejada en el lago donde navegaba, cayó al agua y se ahogó. Así murió, abrazando a la luna.

P.: Eso lo convierte en el poeta de todos los poetas.

G.L.M.: Tal cual. En el segundo de mis cantos y tercero de la obra, “Von der Jugend”, “De la juventud”, describe justamente las reuniones de esos poetas; es algo simple y precioso, el lugar donde se reunían, el puente de porcelana, la habitación verde, el reflejo. Es importante el tema del reflejo porque en un momento es como si la obra se desarmara y el reflejo mostrara su revés. Es hermoso para cantar por el lugar que le da Mahler a los cantantes. La mezzo tiene un final que es como la muerte de Isolda.

P.: ¿Cómo es ensayar en pandemia?

G.L.M.: Tuvimos que habituarnos de la mejor manera posible. Los cantantes cantamos sin barbijo, es imposible hacerlo con la boca tapada por más delgadito que alguien sea. Los músicos están detrás, pero ensayamos en una sala que no es la principal del teatro. Recordemos que ésta es la versión de Schoenberg, es decir, para orquesta de cámara, no interviene la orquesta completa. De otra manera no se habría podido hacer por el distanciamiento que hay que respetar. Así, cuatro de los vientos están muy lejos, un poco más adelante otros dos, todos elevados, y más cerca, a nuestras espaldas, las cuatro cuerdas, muy separadas entre ellas, metro y medio, dos metros. Es una experiencia rara, pero lo reconfortante es que todos los músicos que participan son extraordinarios.

P.: ¿Tiene otro compromiso este año en el Colón?

G.L.M.: Bueno, en la temporada estaba previsto que cantara “Cavalleria rusticana”, pero hasta el momento no tiene fecha definida. Todo está aún en reprogramación. Ojalá se haga.

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