20 de febrero 2002 - 00:00
Nadie había intentado antes testimoniar su vida sexual
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Catherine Millet
Periodista: ¿Qué le decidió a escribir ese género de libro?
Catherine Millet: Era necesario; se ha escrito mucha literatura erótica, pero, que yo sepa, nadie hasta hoy había escrito un testimonio de su vida sexual. Y yo siempre me he sentido muy atraída por las vanguardias; por hacer cosas que nunca habían sido hechas.
C.M.: La primera distancia es la que se produce en el momento en que uno decide escribir. Incluso tratándose de situaciones tan íntimas. La segunda es la de los lectores; no deseaba que si relataba una escena muy excitante ellos se excitaran también.
P.: ¿No hay una tercera que es la suya propia? Usted afirma que no sentía placer; según sus palabras, hace el amor (lo dice más crudamente) como respira.
C.M.: Sí, me refería a que no le doy importancia, que lo hago sin darme cuenta.
P.: ¿Cuál es el propósito de contar sus experiencias sexuales?
C.M.: Porque hay discursos morales sobre el sexo que no tienen en cuenta la realidad. Incluso en la literatura erótica existe una idealización de la sexualidad y yo lo que pretendía era desmitificar el sexo.
P.: La grandísima acogida que ha tenido su libro es la demostración de que hay más espíritus libres o bien se trata de puro morbo.
C.M.: No he notado interés por el morbo. Mis lectores me preguntan sobre su sexualidad, respecto a lo que ellos pueden o no pueden hacer con sus parejas, amigos, etcétera.
P.: Sin embargo, usted afirma que hoy no se mantienen este tipo de orgías de cuerpos
porque estamos viviendo una época de regresión al puritanismo. ¿En qué quedamos?
C.M.: Cuando hablaba de una vuelta al puritanismo me refería a ciertas tendencias que se desarrollaron en los años '80 en Estados Unidos; también en Francia se han producido en los últimos años bastantes casos de películas y libros censurados. Al publicar el libro he observado que hay mucha gente que no se manifiesta, pero cuyo punto de vista es más liberal. En algunas familias el libro pasa de padres a hijos.
P.: Pero, su discurso ¿no es una vuelta atrás respecto a las relaciones de igualdad conquistadas? ¿No se comporta usted como un objeto sumiso, es decir, la mujer como receptora de una destacada parte del cuerpo masculino y generadora del placer ajeno?
C.M.: Qué va. Quizá habría que pensar que yo pertenecía a un círculo de gente donde esto se practicaba habitualmente. Yo no era la excepción. Sentíamos que éramos un poco más libres que los demás. Si me hubieran preguntado entonces hubiera dicho: todo el mundo tiene ganas de hacer esto, pero no es capaz de hacerlo. Ahora, mi respuesta es la misma. Respecto al placer, hay muchas formas de obtener placer; una es produciéndoselo a los otros.
P.: Si tuviera que definir su libro, ¿qué diría?
C.M.: Es un testimonio escrito. Y es importante que sea escrito porque si me pidiera que le describiera oralmente una escena de sexo en grupo, no podría.
P.: Entonces, ¿tiene usted alguna ambición literaria?
C.M.: No. Ninguna.
P.: De modo que ¿cree usted que cualquiera puede escribir cualquier experiencia, que
no es necesario dotar al texto de una intención literaria?
C.M.: Todo depende del sentido que le demos a la palabra literaria. No sé. He sido extremadamente cuidadosa con el estilo, con el vocabulario. Pero la respuesta a la pregunta es que no.
P.: ¿No piensa que si se trataba de un mero desahogo y que si, además, usted no tiene ninguna ambición literaria, podría haber dejado sus notas en un cajón?
C.M.: Nunca he tomado notas. Lo que cuento lo he vivido sin imaginar jamás que algún día lo escribiría. No he escrito este libro para solucionar un problema personal, sino porque llegó un momento en que me pregunté la razón de haber mantenido este tipo de relaciones sexuales.
P.: Entonces, ¿cuál es el ropaje teórico del libro?
C.M.: Si hay algún aporte ideológico en mi libro sería contra esta ideología hedonista de la sexualidad.
C.M.: Sí, Soller preconizó mi beatificación. En cuanto a la vulgaridad, creo sinceramente que no es vulgar, gracias a esta exigencia de estilo y a la distancia. Sólo hay escenas donde reproduzco los diálogos que se mantienen cuando se está en la cama. Todos, incluido Baudrillard, hablan así en la intimidad. De las muchas críticas que me ha hecho Baudrillard hay una interesante, y es que me reprocha que haya usurpado al sexo su misterio. Algo que me han dicho a menudo, sobre todo hombres que pertenecen a una generación anterior a la mía, y la explicación es que ellos no han podido disfrutar de una sexualidad tan libre como la mía; nacieron en una sociedad mucho menos permisiva y experimentaron el sexo ocultándose en escondrijos. El psicoanálisis explica que uno tiende a reproducir las condiciones en que obtuvo placer la primera vez. Incluso si éstas son represivas.
P.: ¿Qué buscaba estando con tantos hombres simultáneamente? En su libro dice que en estas soireés contó hasta 150.
C.M.: Pertenecer a una gran familia muy, muy unida. Quizá porque la mía nunca lo estuvo.
P.: Su marido, Jacques Henric, escritor y fotógrafo, con quien vive desde hace 20 años, le acompañaba a aquellos encuentros con una hilera de desconocidos en el Bois de Boulogne, pero él no participaba.
C.M.: No le gusta el sexo en grupo ni los tríos; por eso mi mayor fantasía sexual sigue siendo hacer algún día un trío con él.
P.: Después de todo esto, ¿ha amado usted a alguien?
C.M.: Sí, creo que sólo he amado a un hombre.



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