1 de octubre 2001 - 00:00

No convencen actuaciones de una nueva "Babilonia"

Babilonia.
"Babilonia".
El mayordomo, temeroso de quedar en la calle a causa de una enfermedad, rivaliza con el coci-nero, que a su vez desplaza a la verdadera autora de las recetas de los manjares que se sirven en el festín. Una francesa perpetuamente borracha que se entona frecuentemente con el licor de una botellita que guarda en el bolsillo de su delantal.

El porteño cajetilla despierta el odio del gallego desplazado que intenta comprometerlo en un robo y cuya viveza le permite urdir una treta para imputar a otro el robo que se le achaca. Robo que tuvo la intención de cometer, contando con la complicidad del ama de llaves. No hay ninguna solidaridad entre los habitantes del subsuelo, aunque las tres mucamas, por su edad, forman una especie de alianza, dedicándose a tentar y molestar al protegido del cocinero: un «tanito» joven que guarda como un tesoro la única moneda valiosa que constituye su patrimonio.

Verdadero muestrario de «tipos» que poblaron la trama de los sainetes, en «Babilonia», Discépolo despliega una gama de caracteres que refleja las esperanzas y frustraciones de los inmigrantes que llegaron a nuestro país a principios de siglo.

Casi todos los personajes hablan en «cocoliche» y el cocinero se refiere al país en que vive como «un mundo fantasmagórico». Sobre esa especie de bodega, semejante a la que albergaba a los viajeros más pobres de los barcos que venían de Europa, reinan los patrones, gente sin nobleza, arribistas y ordinarios, traidores a su origen.

Marcela Rodríguez Blanco, al frente del grupo La Crecida, ofrece una versión llena de frescura, contando con el entusiasmo de su elenco, cuyo mejor logro es la presentación, en la que se dibujan las características de los personajes. Su dirección es rigurosa y aprovecha bien el espacio, solucionando con pocos medios los problemas de puesta.

Sabe lo quiere y entiende lo que está contando. Pero tropieza con la falta de veteranía de los integrantes de su elenco, poco duchos para enfrentar el compromiso de las difíciles composiciones. Y el problema mayor consiste precisamente en que los nuevos actores han perdido la capacidad común a los cómicos tradicionales que bebieron en las fuentes del grotesco y el sainete, el dominio de los giros dialectales que tenían al alcance de la mano.

Alguna vez alguien destacó la necesidad de educar a las jóvenes generaciones de actores en esa técnica ya olvidada. Si prosperara el impulso de rescatar el género, tal vez pudiera surgir una nueva generación de «capocómicos». En obras como las de
Discépolo subyace gran parte de lo que se ha dado en llamar «identidad nacional».

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