«El misántropo o El amante irascible» de Molière. Trad.: F. Javier. Dir.: J. Lassalle. Int.: J. Suárez, H. Roca, B. Spelzini, E. Otranto y elenco. Mús.: A. Piazzolla, G. Mulligan. Ilum.: J. Pastorino. Esc. y vest.: G. Galan. (Teatro San Martín - Sala Martín Coronado.)
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lntransigente y purista hasta la soberbia, Alcestes, protagonista de «El misántropo» de Molière, no encuentra lugar en una sociedad dominada por la hipocresía, la doble moral y el halago al poderoso. En contraposición, se asume y postula como un hombre íntegro, sin dobleces, cuya honestidad no admite concesiones de ningún tipo.
Pero ocurre, que este hombre tan estricto está enamorado, muy a su pesar, de la bella y seductora Celimena, una joven viuda cuyas artes de seducción figuran, precisamente, entre las actitudes más repudiadas por Alcestes. Esta caída en las redes del amor (esa gran fuerza incontrolable que se burla de la razón) es lo que aporta humanidad al personaje permitiendo que el público se identifique con él y pueda seguir con atención el tema central del clásico: la eterna puja entre las creencias individuales y las necesidades sociales. «El misántropo» (1666) es una pieza que no ha perdido vigencia y que sigue ofreciendo un interesante juego dramático a través de personajes muy contrastados, que en algunos momentos filosofan con lucidez y en otros no hacen más que enredarse en sus propias ridiculices.
Pero, a juzgar por los resultados de la versión que acaba de estrenarse en el Teatro San Martín, con dirección del francés Jacques Lassalle (ex administrador general de la Comédie-Française) es evidente que la obra ya no resiste tres horas de desarrollo. Los aciertos y valores del original conservarían aún más su brillo de mediar una adaptación que dinamice la acción y sintetice, entre otras cosas, los extensos alegatos de su protagonista.
Tampoco resultó oportuna la traslación de la historia al Buenos Aires de 1920, ya que además de no aportar ningún rasgo distintivo (salvo la atrayente escenografía de Graciela Galán), dejó a la vista una profunda brecha con respecto al idioma y la idiosincrasia de los argentinos. Algo que se percibe en el tono declamatorio y artificioso de la mayoría de los parlamentos y en la falta de una atmósfera que refleje, adecuadamente, a la compleja sociedad argentina.
La inclusión de fragmentos de «Reunión cumbre» de Astor Piazzolla y Gerry Mulligan brinda un auténtico remanso entre las largas escenas, aunque su clima meláncolico y nocturnal propicia una experiencia diferente, casi paralela a cuanto sucede en el escenario.
A pesar de todas estas dificultades, el elenco dio muestras de una admirable entrega, destacándose especialmente las actuaciones de Jorge Suárez, en el papel de Alcestes (al que le aporta buenos matices) y Beatriz Spelzini como la astuta rival de Celimena.
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