18 de mayo 2000 - 00:00

"NO NOS DEJES COLGADAS"

U na Meg Ryan más desatada que nunca introduce al espectador al mundo de las hermanas Mozells con el desenfreno de una coctelera. Eve, su personaje, abre la película escrita por las hermanas Delia y Nora Ephron y dirigida por Diane Keaton, hablando incesantemente por teléfono mientras maneja hacia el hospital donde debe internar a su atrabiliario padre ( Walter Matthau en su salsa) cuya demencia senil lo único que no borró de su memoria es el número de ella. Después del tragicómico trámite hospitalario, de los nervios, le choca el auto a un almodovariano ginecó-logo iraní, y como su 4x4 también se rompió bastante, entra por la ventanilla y se va, siempre hablando por teléfono. Es que nadie parece estar dispuesto a ayudarla en ese trance (después se verá que no lo logrará en ningún otro, a causa, básicamente, de su «buen corazón»). Su sofisticada hermana mayor ( Diane Keaton) o habla con otra gente al mismo tiempo que ella gime del otro lado de la línea o le pasa el auricular a su asistente, mien-tras a la más chica ( Lisa Kudrow) se le cae justo el celular a una especie de catarata. Encima, en lugar de pedir disculpas, después le lleva el perro «a la tía Eve» para que se lo cuide. Y éste es sólo el principio.
Pese a que el fondo de la cuestión es qué pasa con el reparto de roles familiares ante la inminente muerte del padre, no hay mucho para tomar en serio en el guión basado en un best seller «levemente autobiográfico» de Delia Ephron (de la familia de hermanas periodistas y cineastas que ya han dado varias come-dias dramáticas como ésta a Hollywood) y acaso ésa sea su principal virtud, después de todo. La omnipresencia del teléfono en los tiempos que corren y la recurrente reflexión -light, light, light por supuesto-sobre mujeres abrumadas por la sobrecarga de trabajo, casa e hijos son sólo excusas para la sucesión de gags que Keaton registra en tomas largas e hiperkinéticas que no dan tregua (sobre todo a Ryan), o saltando de una cosa a otra sin olvidar los emotivos flashbacks a la infancia. En medio de todo eso, Walter Matthau casi ni se toma el trabajo de actuar sus bocadillos ingeniosos. Y el conjunto logra que el espectador ría y llore. Punto.

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