30 de agosto 2002 - 00:00

Obra que revalida el mejor teatro popular

García Satur y Pepe Novoa
García Satur y Pepe Novoa
«Aeroplanos», de C. Gorostiza. Dir.: M. González Gil. Esc.: C. Di Pasquo. Mús.: M. Bianchedi. Int.: E. García Satur y P. Novoa. (La Plaza, Sala Pablo Neruda.)

Los dos viejos protagonistas de «Aeroplanos» mantienen una amistad incondicional desde su juventud. Cada uno es como la memoria del otro. El vínculo es entrañable. Tanto, que ambos, en la etapa más difícil de sus vidas, oculta al otro sus dificultades y tristezas. Más aún, cada uno alberga la esperanza de partir antes que el otro, para tener la certidumbre de que el que se quede, lo sostendrá hasta el fin. Como todos los viejos, rememoran la dicha perdida. Cada uno a su estilo.

Manso y humilde, el personaje encarnado por Pepe Novoa, extraña a su mujer, a la que no ha engañado nunca. Orgulloso y «canchero», el creado por Claudio García Satur, conserva aún sus mañas de seductor. Aunque también reconoce que extraña a su compañera, que siempre estuvo a su lado incondicionalmente.

•Amenaza

La pieza de Carlos Gorostiza no elude hablar de la muerte, pero sin miedo. Tal vez porque lo que el presente brinda a los personajes es sólo una amenaza de soledad y desamparo. Lo que sucede en escena es algo cotidiano, con su pizca de ridiculez y patetismo, pero los dos actores, con sus entrañables interpretaciones lo elevan al nivel de una sencilla poesía, sin recurrir a golpes bajos, con una sinceridad conmovedora. Y saben sacar buen provecho del diálogo más jugoso de la pieza, que habla de la relatividad del tiempo y del instante presente como de la única certidumbre que da la vida.

Tanto García Satur como Novoa encarnan a sus octogenarios sin echar mano a facilismos. Las composiciones son sólidas, conmovedoras y verídicas. Por eso pueden permitirse el lujo de la ternura sin caer en la sensiblería, y logran por momentos provocar una risa franca que no proviene del sarcasmo.

•Epoca

El espectáculo brinda bondad, fidelidad y emoción a manos llenas y retrotrae a una época en la cual un apretón de manos, o la palabra empeñada, eran más seguras que la firma de un contrato. Y es curioso: pero por su luminosidad modesta, adquiere características contestatarias, porque va contra la corriente de cinismo, perversión y grosería, destinada a convencernos de que nada puede esperarse de la vida si no se recurre a ellas.

Casi se podría decir que es como una revaloración de la mansedumbre. Y
Gorostiza la remarca, otorgándole a los dos viejos la posibilidad de un momento de dicha, que proviene de la fidelidad de un joven que se tiende como un puente entre generaciones.

«Aeroplanos»
, como «Lejana tierra mía» y «Ojos traidores», retoman con nobleza la tradición de un teatro «popular» que no subestima al público y podrían ser el punto de partida de un movimiento que ayude a recuperar la fe en los valores aparentemente perdidos.

Manuel González Gil
, con buen criterio, ha dejado en manos de sus actores todo el peso de la obra.

Dejá tu comentario

Te puede interesar