"Odette, una comedia sobre la felicidad"

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«Odette, una comedia sobre la felicidad» (Odette Toulemonde, Fr.-Bel., 2006, habl. en francés). Guión y dir.: E.E. Schmidtt; Int.: C. Frot, A. Dupontel, J. Weber, F. Murgia, N. Drecq, C. Japy, A. Doutey, L. D'Amelio.

La señora Odette Toulemonde podría tener todo en contra, desde el apellido en adelante: es viuda, con una hija agria, un yerno bruto y sucio, un hijo «rarito», un departamento mínimo, un trabajo poco apreciado como vendedora de cosméticos de una tienda, y otro como costurera de plumas para un teatro de revistas, que le lleva la vista. Pero ella está siempre contenta, canta, baila, y es feliz. Esto, en cierta medida, se lo debe a la lectura de su autor preferido, un escritor de buen éxito, cuyas páginas la llenan de entusiasmo. Pero que en la vida real es un verdadero y auténtico infeliz.

¿Qué duda cabe? Ambos se encontrarán, y ella lo ayudará a mejorar el ánimo y la autoestima, dándole otra perspectiva a las cosas. Ocurre que el infeliz se siente mal, porque espera la aprobación de los críticos y de su esposa, y lo avergüenza un poco la admiración de las mujeres como Odette, que, la verdad sea dicha, es bastante cursilonga. Pero es buena, siempre se sacrifica con una sonrisa, comprende a la gente, y tiene un corazón noble, tan bueno y noble que por ahí capaz que se le parte. La película también es bastante cursi. Consciente y deliciosamente cursi, jugando a sabiendas con los colores, los cenitales, los vuelos surreales, las imágenes eróticas y místicas de la gente común, y, en especial, con las canciones. Odette, alegremente encarnado por la madurita Catherine Frot, se canta y baila medio repertorio de Josephine Baker, incluyendo delicias como «Voulez vous de la canne», «Haiti», y, por supuesto, «Chiquita madamme de la Martinica», que acá hizo popular Yuyú da Silva, aquella brasileña famosa también por su tema «La mamadera» (tienta seguir esta línea de recuerdos procaces, pero mejor volvamos, a fin de cuentas Odette es toda una señora, y, más que mamadera, en su vida hay una cruz, que ella asume con total discreción).

Muy agradable la actriz, inteligente el modo de mostrarnos las partes rosadas y las partes grises del lugar desde donde ella escribe una carta de agradecimiento, y bien apreciable el autor, Eric-Emmanuel Schmidtt, que aquí debuta como director de cine, pero es ya debidamente conocido como dramaturgo (baste citar sus «Pequeños crímenes conyugales», que aquí representaron Mercedes Morán y Jorge Marrale en las temporadas 2004 y 2005). En suma, una película debidamente pensada para señoras de mediana edad, maridos, e incluso algunos hijos y comentaristas desdeñosos de libros.

P.S.

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