11 de junio 2001 - 00:00
Para oir buen jazz, Nueva Orleáns sigue siendo única
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Quisiera comentar algo de este tipo de música típica y popular, más que el jazz, de esta zona que se la conoce como creole, cajun y zydeco: son grupos conformados por un acordeón, guitarra, batería, teclados, a veces violín, y la pechera de metal, como tabla de lavar, rasgada por dedos con dedales, y voces. Y los pies se mueven solos al ritmo de estas danzas populares y se alegran los corazones bienaventurados. Es, además del jazz, la verdadera expresión popular de la tierra que en mucho recuerda a Creedence Clearwater Revival.
A pocos metros de la calle Bourbon, hay un lugar mágico que, si tienen oportunidad de estar en Nueva Orleáns, no pueden dejar de visitar. Es una casita vieja, cual conventillo de San Telmo, con una puerta de reja desvencijada en la que una señora oficia de cancerbero para evitar que la gente que espera en la calle no se filtre en un descuido, y dos ventanas derruidas, desde donde se puede ver y oír a los músicos, antes de poder entrar.
Cada 20 minutos, se renueva el público y la rutina de la banda en este lugar, llamado Preservation Hall of Jazz. Salen los que estaban adentro, aunque uno puede quedarse todo el rato que quiera, y entran los ávidos turistas que con envidia mira-ban a los de adentro.
En este pequeño ámbito, una vez adentro, previo pago de 5 dólares, uno se sienta en el suelo o en unas banquetas, o se permanece parado, sin tomar nada y sin fumar, dialogando con los músicos, que explican los temas que tocan, con su banda tradicional conformada por banjo, trombón, trompeta, clarinete, un contrabajo (interpretado por un viejo negro con barba blanca, como en las viejas películas de ámbito sureño al estilo Tobacco Road) y un piano vertical sin tapa.
En esa verdadera ceremonia, suenan temas de Jelly Roll Morton, Ellington, Sidney Bechet y Armstrong (estos dos últimos, verdaderos próceres oriundos de la ciudad: hoy un parque lleva el nombre del gran Louis, Satchmo, como «nick name»), W. C. Handy o Scott Joplin. Por un puñado, pequeño, de dólares se les puede pedir que toquen tu tema favorito y se puede oír a los «Santos que vienen marchando».
Con los colegas psiquiatras nos quedamos en doble turno embriagados por los sones del jazz tradicional y el clima que genera esta inolvidable Preservation Hall Jazz Band. También se puede disfrutar de las danzas y ritos del voodoo (vudú) adoradores de la serpiente (su diosa máxima descansa en uno de los interesantes cementerios de la ciudad, y también pueden visitar el museo de ese culto, bastante parecido al candomblé brasileño o al rito yoruba cubano).
Durante el día, uno puede deleitarse con el exquisito café (mezclado con chicory -achicoria-), con el Nueva Orleáns blend, y «beignetes» (pastelerías de la madre Francia que, recubiertas con azúcar impalpable, recuerdan a los donuts), mientras se escucha a las distintas bandas de los bares, o caminar por el French Quarter, el Historic District o el Garden District con sus mansiones sureñas, o comer la comida típica de la zona, la cocina creole (también el idioma de la zona se llama así) o cajun, que es algo así como una mezcla de la brasileña, cubana y mexicana (no hay que perderse la jambalaya con su arroz y frijoles, la gumbo soup y la sopa de tortuga...; eso sí: cuidado con los fuertes picantes y chiles con los cuales los aderezan), el praliné y el bread pudding, que me recordaba al budín de pan de mi madre. Todo esto le da un clima maravilloso, voluptuoso, mágico, religioso y de alegría sin igual, convirtiendo a la capital de Lousiana en un lugar adorable, entrañable.




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