El primer asesinato político de nuestra historia no fue el de Manuel Dorrego en 1828, como habitualmente se dice, sino el de Santiago de Liniers el 26 de agosto de 1810, hace hoy 210 años. Fusilado junto a otros cuatro notables sin siquiera un juicio sumario por orden de Mariano Moreno, el hecho fue definido por Paul Groussac con la certera frase “Los últimos héroes de la Patria vieja fueron las primeras víctimas de la Patria nueva”. Sobre el hecho hay varios libros de investigación, algunas novelas (“Myriam la conspiradora”, de Hugo Wast, “El último virrey”, de Horacio Salduña, etc.) y dos películas: “Cabeza de Tigre”, de Claudio Etcheberry, 2001, y “El padre de la Patria”, de Pablo Spatola, que hoy se estrena. Dialogamos con Spatola.
El cine vuelve a vindicar el lugar en la historia de Santiago de Liniers
"Los últimos héroes de la Patria vieja fueron las primeras víctimas de la Patria nueva", según dijo Groussac.
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Rodaje
Periodista: ¿Cuándo supo cómo murió Liniers?
Pablo Spatola: Fue en la escuela primaria. Se hablaba de él primero como un héroe frente a las Invasiones Inglesas y después como un traidor por oponerse a la Revolución de Mayo. Recuerdo todavía una imagen del “Billiken”, que dejaba entrever algo inquietante: la nobleza de quien recibe la muerte y la pena de algunos de los que iban a matarlo.
P.: Sería bueno encontrar esa imagen que lo dejó marcado. En su película hay otra muy tocante, cuando pasa de la mano de Liniers en gesto noble frente al enemigo vencido (como aparece en la famosa pintura de Fouqueray) a las manos inertes del cuerpo que va siendo arrastrado sin nobleza alguna por los asesinos. ¿Qué lo impulsó a filmar esta película?
P.S.: En realidad decidí hacerla, no por su muerte, sino por el mal trato que ha tenido su figura. Condujo la victoria sobre los ingleses, creó las milicias populares que fueron parte del proceso de independencia. No fue un traidor. El se opuso a la Revolución de Mayo porque sabía que detrás estaban los intereses británicos y los de la élite local, que no pararon hasta verlo muerto. Con ambos tenía conflictos profundos y de larga data. Le habían arruinado la fábrica que tenía con su hermano solo porque eran franceses (aunque él estaba al servicio de España), les molestó su gestión pública, el pago de impuestos para mantener los cuerpos armados, también lo acusaron de libertino por su relación con la Perichona, y Moreno era abogado de algunos de esos intereses. Ojo, no lo critico, actuó como un revolucionario. Simplemente hay que sacar el bronce de nuestra historia.
P.: ¿Cómo se elaboró “El padre de la Patria”?
P.S.: Trabajé con historiadores como Hugo Chumbita y Gabriel Di Meglio, director del Museo Nacional del Cabildo, literatos como Horacio Vázquez Rial y Jorge Castelli, y con Javier de Liniers, descendiente directo de quinta generación. Tuve que viajar hasta Cádiz para localizarlo y acceder a las cartas que la familia atesora, y filmarlo frente al Panteón de Marinos Ilustres que desde 1862 guarda los restos del héroe.
P.: En la película se oyen fragmentos de esas cartas, y unas reflexiones íntimas de Liniers camino hacia su muerte.
P.S.: Esos fragmentos son absolutamente fieles a los textos originales. Solo adapté algunos términos en desuso. Las reflexiones surgen de mi inspiración, siguiendo el hilo de lo que estaba escribiendo a su familia.
P.: “El padre...” alterna escenas de muertes y batallas con breves exposiciones de Di Meglio en el Cabildo, Pérez Galetta en el Museo Fuerte Barragan, y otros conocedores.
P.S.: La película tiene como eje el calvario de Liniers, representado por Juan Wickenhagen, que le pone el cuerpo, y Hervé Segata, un actor francés que le pone la voz. El resto son amigos y miembros de dos agrupaciones de recreación histórica, altamente responsables y detallistas: la BA Royal Marines en primer término, y el Tercio de Cántabros Montañeses.
P.: ¿Qué eran esas “pastillas de carne” que fabricaban los hermanos Liniers en la colonia?
P.S.: Eran una especie de gelatinas de carne que aguantaban el paso del tiempo, hasta tres años, sin degradarse, usadas como alimento nutritivo en hospitales y largos viajes en barco. Esa fábrica fue el primer intento de industrialización que hubo en Buenos Aires, pero la élite conducida por el español Martín de Álzaga se le cruzó violentamente en el camino.
P.: Álzaga también terminó fusilado, pero después de soltar bastante dinero. Además de producir un lindo retrato del violinista don Sixto Palavecino, usted hizo los documentales “Plusvalía”, sobre la caída del comunismo, y “Ultima carta desde la revolución”, sobre el hoy olvidado Carlos Olmedo. Esta es su tercera película. ¿La hizo, como las anteriores, todo a pulmón y por cuenta propia?
P.S.: Esta vez, por haber ganado el concurso de cine documental digital, el Incaa hizo el mayor aporte. Pero el resto, también es todo a pulmón y por cuenta propia.





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