26 de julio 2002 - 00:00
Perciavalle, agudo y hasta melancólico
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Por supuesto que el humor político no está ausente y en la conversación telefónica que sostiene con Steven Spielberg aparece inopinadamente Lilita Carrió, a la que interroga sobre la necesidad de portar una cruz tan grande, obteniendo una respuesta desopilante, fiel al estilo del cómico que no se arredra ante nada.
Perciavalle sabe reírse especialmente de sí mismo, narrar las incontables cirugías a las que se ha sometido y el dineral que le ha costado mantener una dentadura perfecta, que a veces, sin embargo, le jugó malas pasadas. El tomarse a sí mismo como objeto de sus chanzas amengua un poco el efecto de aquellas que van dirigidas al público, como si lo hiciera partícipe de un secreto: el valor que es necesario para afrontar el miedo a la vejez y a la decadencia. Confiesa su edad sin ambages, como si quisiera decirles a los de «la tercera edad» que la verdadera juventud está en el alma.
También es bondadoso en su trato con el país y se permite sostener que vamos a salir adelante «porque hay mucha gente con valores» y las canciones que entona son gentiles y un poco melancólicas. Es desopilante su composición de Camila Parker Bowles como «la tercera que se mantiene en las sombras» y la adhesión que logra del público femenino es también otro guiño, como si muchas mujeres se sintieran identificadas con el personaje.
El espectáculo se cae un poco con el sketch del bebé de Marcela Tinayre que abunda en gestos procaces (en verdad innecesarios). Pero el cómico tiene su estilo y quienes lo siguen no se sorprenderán por el calibre de sus expresiones. Como siempre, el vestuario (realizado por Manuel González) es espectacular. Especialmente el último traje con el que interpreta a «La viuda alegre».




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