26 de julio 2002 - 00:00

Perciavalle, agudo y hasta melancólico

«Al Este en el paraíso», de C. Perciavalle. Vest.: M. González. Int.: C. Perciavalle. (Club del Vino.)

Lo primero que sorprende gratamente en el nuevo espectáculo de Carlos Perciavalle es el tono de complicidad casi afectuosa con que se dirige al público. Hasta la expresión de su cara parece haber cambiado. Está más joven, tal vez porque ha optado por una cierta gentileza que prevalece sobre la agresividad.

Deja bien claro lo que se propone desde el principio, cuando sostiene que lo mejor que le puede pasar a alguien «es que el fracaso no le enturbie el corazón y que el éxito no se le suba a la cabeza» y su actuación refleja que a él no le han sucedido ninguna de las dos cosas.

Dos números «fuertes» son los dedicados a su época del Conservatorio (implícito homenaje a una de sus maestras, María Rosa Gallo) y el que refiere de qué modo su humor pudo devolverle el sentido de la vida a una pareja que casualmente optó por su espectáculo hace ya muchos años.

Ambos números lo muestran en facetas insospechadas. En el primero se permite arremeter con un clásico español y, aunque lo haga en broma, demuestra tener la calidad necesaria para enfrentarse con el teatro en verso.

En el segundo muestra una veta emotiva de alto voltaje y resulta absolutamente convincente. El riesgo es grande, porque en medio de los chistes gruesos que el público celebra ruidosamente, se abre de pronto un espacio de fuerte dramatismo para el que no se está preparado y el espectador responde, dejándose llevar por el actor, conmoviéndose sinceramente.

Por supuesto que el humor político no está ausente y en la conversación telefónica que sostiene con
Steven Spielberg aparece inopinadamente Lilita Carrió, a la que interroga sobre la necesidad de portar una cruz tan grande, obteniendo una respuesta desopilante, fiel al estilo del cómico que no se arredra ante nada.

Perciavalle
sabe reírse especialmente de sí mismo, narrar las incontables cirugías a las que se ha sometido y el dineral que le ha costado mantener una dentadura perfecta, que a veces, sin embargo, le jugó malas pasadas. El tomarse a sí mismo como objeto de sus chanzas amengua un poco el efecto de aquellas que van dirigidas al público, como si lo hiciera partícipe de un secreto: el valor que es necesario para afrontar el miedo a la vejez y a la decadencia. Confiesa su edad sin ambages, como si quisiera decirles a los de «la tercera edad» que la verdadera juventud está en el alma.

También es bondadoso en su trato con el país y se permite sostener que vamos a salir adelante «porque hay mucha gente con valores» y las canciones que entona son gentiles y un poco melancólicas. Es desopilante su composición de
Camila Parker Bowles como «la tercera que se mantiene en las sombras» y la adhesión que logra del público femenino es también otro guiño, como si muchas mujeres se sintieran identificadas con el personaje.

El espectáculo se cae un poco con el sketch del bebé de
Marcela Tinayre que abunda en gestos procaces (en verdad innecesarios). Pero el cómico tiene su estilo y quienes lo siguen no se sorprenderán por el calibre de sus expresiones. Como siempre, el vestuario (realizado por Manuel González) es espectacular. Especialmente el último traje con el que interpreta a «La viuda alegre».

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