«La mecha» (Argentina, 2003, habl. en español). Dir.: R. Perrone. Guión: R. Perrone, R. Barandalla. Int.: N. Galván y otros actores no profesionales.
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L a nueva realización de Raúl Perrone -la primera, además, con salida comercial cercana a lo convencional- tiene ciertas características propias que la distinguen de lo que el hombre había hecho hasta ahora, al punto de suponerse que está comenzando otra etapa. De la anterior, a puro video, se mantienen (si no, no sería Perrone), la pauta de bajo presupuesto, el guiño de algún aparente descuido formal, la no-dirección de noactores, y, sobre todo, la ambientación suburbana, la afectuosa mirada hacia los seres anónimos, el relato con mínimos elementos.
Ahora aparecen el rodaje en fílmico, el tono mas reposado, el protagonismo en gente mas madura. En vez de los jóvenes nerviosos y medio camorreros de sus comienzos, ahora vemos un viejo que anda tranquilamente con su bastón, se duerme en el remise, y pasa el día buscando un repuesto para su calentador de querosén, repuesto que, claro, no se fabrica más.
El viejo se levanta, se limpia, desayuna, da vueltas cuatro minutos alrededor del aparato, cruza todo un vergel para pedirle a un vecino que lo lleve hasta la ferretería, etcétera. Tiene suerte. No encontrará lo que busca, pero en cambio todos lo tratan bien, el yerno lo invita a comer y mirar el álbum familiar, una japonesa lo masajea un poco, hasta unos muchachones que andan cazando pájaros lo dejan pasar sin hacerle daño, y cuando vuelve ya está la vieja preparando la cena.
Esa es toda la anécdota, sazonada con breves tomas levemente risueñas, largas tomas de calles poco atractivas, diálogos improvisados alrededor de lugares comunes, un diálogo mejor, simplemente factual, de la gente mas joven con el viejo, unos truenos que poco aportan, y un mensaje radial, que se va perdiendo, sobre la parábola del Buen Samaritano.
La recepción, depende de la capacidad de ternura o simpatía que el espectador tenga, capacidad que el director pareciera reacio a convocar, digamos que por mero pudor, o acaso por rigurosa aplicación de teorías antisentimentales algo contraproducentes. En ese sentido, complace mas a los teóricos que al público general.
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