Perturbador retrato de vidas desquiciadas

Espectáculos

«Storytelling» (EE.UU., 2001, habl. en inglés). Dir.: T. Solondz Int.: S. Blair, J. Goodman, M. Webber, L. Ontiveros, P. Giamatti.


E n «Felicidad», Todd Solondz logró que el público pudiera involucrarse en los conflictos de gente desquiciada, como un psiquiatra violador de niños, o un experto en llamados obscenos. Las cosas más espantosas pueden llegar a lucir humorísticas en una película de Solondz, sólo que por momentos aparecen tan terribles como en realidad son, y entonces justo antes de que el espectador no sepa cómo digerir lo que se le muestra, el tono vuelve a distenderse de nuevo. Al menos por un rato.

Para tener idea de lo que se puede encontrar en «Storytelling», basta señalar que a su lado, «Felicidad» casi hace honor a su título. Es como si esa visión oscura de la rutina suburbuna hubiera sido ideada en un estado alegre y optimista, y ahora Solondz se hubiera levantado un lunes con resaca, de pésimo humor, y así hubiera seguido cuando comenzó a escribir el guión hasta que terminó de editarlo.

La película sin embargo comienza con una de las escenas de títulos más luminosas del cine reciente. La pantalla se divide en tonos de dos colores que van cambiando con un hermoso tema de
Belle & Sebastian como fondo mientras se suceden los créditos en una tipografía muy simpática. Entonces viene la primera imagen de una chica con el pelo de colores alcanzando el orgasmo encima de su novio tullido por una parálisis cerebral. En el acto, él se queja de que la relación está perdiendo el «lado perverso» y de que ella está empezando a ser amable.

Poco menos de 90 minutos más tarde, pasaron tantas cosas por el estilo, que más de un espectador sentirá nostalgias de aquellos viejos tiempos del cine debate que, si bien solían derivar en charlas soporíferas, en un caso como éste serviría para descargarse: cada una de las escenas indescriptibles de esta película tiene la diabólica capacidad de fijarse en el cerebro del espectador generando interrogantes de difícil respuesta.

El argumento está dividido, en forma un poco caprichosa, en dos partes. La primera gira en torno de la parejita del principio, dos estudiantes de un workshop literario que interactúan con otros compañeros y su profesor, un afroamericano torvo al que le gusta tener sexo duro con sus alumnas blancas. El otro relato tiene que ver con una familia pequeño burguesa de Nueva Jersey, objeto de interés de un documentalista mediocre que filma algunas tonterías parecidas a las que se veían en ese sobrevalorado canto a la corrección política llamado
«Belleza Americana» (especie de reelaboración mediocre de «Felicidad» que tuvo la suerte de ganar el Oscar).

En las películas de
Solondz, la corrección política es la primera víctima. La audacia de este guionista y director es tal que cada tres minutos puede aparecer una escena con un diálogo o una imagen capaz de hacer que parte de la audiencia aplauda, se ría o directamente se levante y se vaya del cine. Cualquier película que haya sido definida como revulsiva en el pasado probablemente luciría cristalina al lado del retorcido universo de Solondz.

Ese estado de ánimo agrio y hasta resentido que muestra el director provoca un film menos elaborado, por momentos nada estilizado, muchas veces tan deforme como sus personajes, pero que gracias a este tono directo muestra una crudeza que de algún modo queda anunciada en la búsqueda creativa de algunos de los personajes. Y lo mejor es que muchas de las ideas riesgosas están realmente diseñadas para perturbar, para generar discusión y dudas sin respuesta. Pensándolo bien, en realidad, quizá eso sea lo peor.

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