De unos años a esta parte las estratagemas culturales cubanas han dado un giro sorprendente -pero no inexplicable. Si desde sus «Palabras de los intelectuales» (1961) Fidel Castro venía exigiéndoles a los escritores, pintores y aun músicos que «reflejaran» en sus obras la Revolución, es decir, que la elogiaran, y hasta 1971 -año del llamado Congreso de Educación y Cultura- proclamaba dos cosas que eran una y la misma: «Defender la Revolución es defender la cultura» y que la valoración que «ellos» -Fidel Castro- hacían de las creaciones culturales era «política», de una década hacia acá la apreciación simula haber cambiado. En este lapso -y hasta el fatídico abril de 2003- se ha buscado hacer creer que hay una «apertura».
Muestra de esta rendija es que escritores «conflictivos» como Antón Arrufat recibiera el Premio Alejo Carpentier por una novela, que al poeta César López se le concediese algo así como un premio nacional de literatura, o se «tolere» a narradores como Pedro Juan Gutiérrez («Trilogía sucia de La Habana»), cuya obra sin duda el régimen no debe de mirar con buenos ojos.
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Las direcciones de esta manipulación son diversas: apuntan, claro es, al exterior y al interior. Al exterior para «mostrar» al mundo que en Cuba existe «libertad de creación», que no se les exige a escritores y artistas su adhesión «profesional», que pueden ejecutar su labor artística de acuerdo con sus tendencias estéticas. Es como si las imposiciones de «Palabras» y del «Congreso» hubiesen quedado atrás, es más: como si hubieran sido desechadas. Se reemplazan, aparentemente, por una nueva política cultural, que puede haber sido dictada, estratégicamente, por dos causas: una, que a pesar de todas las presiones, coacciones, incluso amenazas, en verdad la «Revolución» nunca logró formar un intelectual «orgánico», esto es, adicto cien por cien al Gobierno. Los escritores y artistas, mayoritariamente, o bien eludían el «compromiso» mediante toda suerte de subterfugios o se exiliaban (la fluencia de éstos sobre todo a partir de la caída del Muro de Berlín y la consiguiente instalación del «periodo especial» ha sido imparable). La otra causa puede estar en que Castro le ha perdido el respeto -quizá temor-que todos los regímenes comunistas han exhibido siempre al «frente cultural». Fidel Castro parece haberse dicho que si ni el enorme desprestigio de que goza en el mundo -pues a pesar de ello sigue siendo recibido por gobiernos demo-cráticos y es huésped inconmovible de las cumbres iberoamericanas-, ni, internamente, la Embajada del Perú, ni Mariel, ni los balseros -como movimientos populares de rechazo masivo a su sistema-, han podido erosionar su poder, ¿en qué puede dañarle que se escriban libros que no le sean propicios, que se realicen pinturas y esculturas que hasta sean agresivas contra su régimen, que se filmen películas críticas o nada favorables al estado actual de Cuba? A todas luces, Castro ha hecho suya la sentencia de Mao de que el poder está en la boca de los fusiles, y como los fusiles son suyos, poco tiene que temer.
Unicamente ahora el derribo de Saddam Hussein, con algo más que fusiles, ha desatado su paranoia y ve «enemigos» en periodistas independientes y pacíficos disidentes sobre los que vuelca su saña, y es muy posible que la «tolerancia» hacia la creación literaria y artística sufra un peligroso giro.
•Paradigmático
Mas hasta este instante los objetivos culturales del castrismo han sido la domesticación o neutralización del intelectual. El caso de Guillermo Cabrera Infante es paradigmático. Como obtuvo el Premio Cervantes en 1998, el castrismo anhelaba incorporar escritor y galardón a su haber, pero a un haber «higiénico», que no comporta la vertical posición política de Caín en cuanto a la tiranía cubana. Y así en junio de 1999, La Gaceta de Cuba, órgano de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), hacía este comentario: «También querríamos que un premio de esta naturaleza sea celebrado como lo que es: un reconocimiento literario, y que no sirva como pedestal desde donde atacar a la Revolución, y a una cultura que a pesar de él mismo lo cuenta entre los suyos». El párrafo no tiene desperdicio por lo que entraña de aviesa intención: en primer lugar, que el Cervantes concedido a Cabrera Infante sea químicamente puro, incontaminado, desinfectado como un hospital de gérmenes políticos; que no tenga de hecho nada que ver con la obra de Guillermo, pues casi íntegramente sus libros (de «Tres tristes tigres», al suprimir las viñetas que figuraban en el manuscrito premiado por Seix Barral, a «Delito por bailar el cha-cha-cha», sin mencionar el martillazo de «Mea Cuba») son una invariable condena del castrismo. En segundo lugar, «que no sirva de pedestal [sería mejor de cañón] para atacar a la Revolución», es descocadamente pedirle a Guillermo que no escriba esos contundentes artículos que él escribe sobre Cuba y que riega por no pocos países, que no sea otra cosa que un «literato». Y la suma de la bajeza: identificar cultura cubana con dictadura castrista y pretender nada menos que adscribir a Guillermo Cabrera Infante a ella, un escritor que hasta ha sido borrado del Diccionario de Autores Cubanos (1980). En fin, ésta es (era) la sinuosa estrategia cultural cubana y que se puede sintetizar en dos palabras: domesticar, neutralizar.
(*) Cesar Leante participó en los primeros años de la Revolución Cubana para luego exilarse en España. Su último libro es «Revive, Historia. Anatomía del Castrismo».
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