7 de octubre 2004 - 00:00

"Primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera"

«Primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera», es una sencilla parábola del habitualmente más truculento director coreano Kim Ki-duk.
«Primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera», es una sencilla parábola del habitualmente más truculento director coreano Kim Ki-duk.
«Primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera» (Bom, Yeoreum, Gaeul, Geurigo, Bom, Corea del S., 2003, habl. en coreano). Guión y dir.: K. Ki-duk. Int.: O. Young-soo, K. Jongho, S. Jae-Kyung, K. Young-Min, K. Ki-duk, H. Yeo-jin, S. Jae-Kyung.

Sorprende el director de este relato, al que los iniciados conocen por otros bastante truculentos, como el del asesino mudo, el de la bala en el ojo, y el de la pueblerina que cae donde no es precisamente bien recibida. No viene al caso acumular títulos. Como un rockero que inesperadamente ofrece una suave melodía, el hombre, llamado Kim Ki-duk, ofrece aquí una historia reposada, reflexiva, de trasfondo religioso, y -salvo por un par de tomas de juveniles coitos- casi se diría pensada «para todo público».

La acción transcurre en un pequeño monasterio flotante, anclado en el medio de un lago rodeado de tupidos cerros. Ahí apartados viven un monje, su gallo, y su discípulo. Conoceremos a éste en la primavera de la infancia, cuando todo es descubrimiento, y entre los primeros aprendizajes también está eso de no hacerle a los demás lo que nadie quisiera que los demás le hagan a uno. Sin enunciados: el niño les ata piedras a unos animales, y el maestro le ata una buena piedra al niño, de la que sólo podrá liberarse cuando solucione el daño que ha hecho... si puede solucionarlo. La enseñanza implica obediencia, paciencia, y riesgo. Y cada tanto, un buen castigo corporal, porque eso de la pedagogía moderna todavía no les ha llegado.

Ese capítulo se desarrolla como un verdadero cuento oriental, sólo que no disfrutaremos el clásico remate. Al contrario, el rostro final del chico nos dice que ha aprendido, pero que su vida nunca será fácil. Luego viene el verano de la adolescencia, con el llamado de la carne a través de una joven que busca remedios, no exactamente para melancólicos, aunque la receta sea parecida. El monje acepta los hechos como algo natural, pero advierte que la lujuria despierta el deseo de posesión, que conlleva el impulso de destrucción. «Si amas algo, también otros pueden amarlo», dirá más tarde, cuando el otoño le traiga de nuevo a su discípulo, que ha salido a conocer los placeres del mundo secular, y ha empezado a conocer también sus infiernos. La policía anda cerca, pero entiende que el muchacho primero debe reencontrar su paz interior, lo que deriva en situaciones humorísticas y emotivas, y en una lección similar a la de San Bernardo, tal como la recordaba Krzisztoff Zanussi al comienzo de su excelente reflexión «La vida como una enfermedad sexualmente transmisible». De hecho, todo este relato taoísta coincide muchas veces con ciertos cuentos católicos del medioevo, sólo que se ambienta en la actualidad, y propicia la mirada de otro tipo de virgen. Pero hasta que eso ocurra, suceden varias otras cosas, que estaría mal contarlas ahora.

La película es agradable, y sólo le caben dos reproches menores: una música algo efectista, y, cerca del desenlace, unos planos congelados del propio director luciendo su estado físico en ejercicios de artes marciales. Esos planos no van con el tono de la película, lo alteran inútilmente. Y el hombre termina mostrando la hilacha.

P.S.

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