25 de octubre 2002 - 00:00

"Que se olvide del ballet quien ame sólo lo clásico"

Mijail Baryshnikov
Mijail Baryshnikov
Nueva York - A más de una década de la desaparición de la Unión Soviética, la historia de Mijail Baryshnikov corriendo en 1974 por las calles de Toronto para escapar de sus custodios de la KGB parece un capítulo extraído de una novela de ciencia ficción, pero ese episodio fue real y dio lugar a lo que algunos llaman el segundo nacimiento de unos de los bailarines más aclamados de todos los tiempos.

Estados Unidos le ofreció ser la figura central del American Ballet Theatre. Baryshnikov comenzó a vivir la fama, pero pronto, aburrido de la programación clásica y conservadora del ABT, renunció para irse al menos comercial aunque más vanguardista New York City Ballet dirigido en ese entonces por George Balanchine. Su paga pasó de los
3.500 dolares por función -mucho dinero para la época-, a 800 dólares por semana.

Con Balanchine, Misha, cómo todos lo llaman, pudo cumplir su proyecto de bailar nuevos repertorios y aprender estilos más avanzados y modernos. Un año más tarde del American Ballet Theatre lo vuelven a convocar pero esa vez como su director artístico además de primer bailarín. La oferta era demasiado grande como para despreciarla y decidió volver. El ABT estuvo bajo su mando hasta 1989. Con él, ese teatro modernizó su programación. Julio Bocca, por ejemplo, fue uno de los convocados a formar parte del plantel.

Baryshnikov
llegó a alternar la dirección del ABT con proyectos músicales de Broadway y un breve paso por el mundo del cine. Pero más allá de esos escapes, la tarea de director era muy demandante y Misha con el transcurso del tiempo se cansó de tanta responsabidad. En 1989 formó su propia compañía, el White Oak Dance Project, dedicada casi exclusivamente a la danza moderna y a la experimentación de nuevas técnicas. El número de las giras internacionales realizadas por White Oak superan las 40, con más de 600 representaciones en más de 30 países, incluida Argentina, que visitó en 1997.

Recientemente el bailarín publicó un libro titulado «Baryshnikov en blanco y negro», que es básicamente una colección de fotografías que muestran distintos momentos de su carrera a partir de su alejamiento de Rusia. A pocos días de iniciar una nueva gira que lo llevará por el Reino Unido, España, Italia, Alemania y Suiza, su agenda no parece estar muy libre para entrevistas, sin embargo aceptó dialogar con este diario en sus oficinas de Manhattan.

Periodista: ¿Qué habría sido de usted si no hubiera podido escapar de Rusia?


Mijail Baryshnikov:
Me da miedo de sólo pensarlo. Quién sabe, incluso tal vez me hubiera tenido que convencer de que no todo estaba tan mal. La verdad es que ni siquiera quiero imaginar esa posibilidad.

P.: ¿Qué tipo de nostalgia siente por su país natal?


M.B.:
Conservo algunos lazos afectivos con pocas personas pero no tengo nostalgias. Sí me preocupa lo que está pasando allá. Rusia hoy está pasando por un momento muy difícil, no sólo en lo económico sino también en lo moral y lo ético. El sistema soviético destruyó cualquier concepto de derechos humanos y libertad, y revertir eso va a tomar muchos años.

P.: ¿Pensó alguna vez en abandonar la danza?


M.B.:
No. Voy a abandonar la danza cuando ya no tenga deseos de bailar, mientras tenga fuerzas y ganas para hacerlo voy a continuar.

•Evolución

P.: ¿Cómo fue su evolución desde lo clásico a la vanguardia de la danza?

M.B.:
Fue un proceso natural aunque personalmente nunca separo la danza; para mí es algo que no se divide. Siempre digo que soy un bailarín que tuvo la suerte de poder trabajar con distintos coreógrafos, clásicos, modernos o posmodernos. Personalmente me apasionan las nuevas manifestaciones artísticas, los nuevos estilos pero al mismo tiempo me engancho con cosas tradicionales como últimamente me sucede con el flamenco.

P.: ¿Es posible hablar de crisis en el mundo de la danza?


M.B.:
La mejor forma de evitar las crisis es que las nuevas generaciones sigan intentando y probando cosas nuevas. Que los coreógrafos continúen haciendo propuestas novedosas que movilicen al público. Quedarse en los mismos moldes, elegir la comodidad de hacer siempre lo mismo es lo que puede producir una crisis.

P.: ¿Qué le recomendaría a alguien que no entiende la danza posmoderna que al ser tan minimalista carece de un argumento, de una metáfora? ¿A qué se debe prestarle atención?


M.B.:
Siempre digo al público que cuando vaya al teatro a ver danza moderna o posmoderna se siente y abra además de los ojos el corazón. Si alguien conoce la danza solamente a través de «Cascanueces» o «La Bella Durmiente» va tener un shock, pero tiene que ser un shock positivo. Pienso que el público tiene también que participar generando preguntas sobre qué es lo que el artista quiere decir, a qué fronteras quiere llegar o si hay alguna manifestación o mensaje político. Es teatro conceptual. Si uno sólo quiere ver bailarinas en puntas u hombres haciendo saltos dobles en el aire es mejor quedarse en casa.

P.: ¿Cómo fue el paso entre director del American Ballet a una compañía tan pequeña como White Oak Project?


M.B.:
Mientras trabajaba como director artístico del American Ballet me agotaba tener que sacrificar tiempo en beneficios para recaudar fondos. Durante esos años tuve que perder muchos minutos dedicados a mi propia carrera artistica para reemplazarlos con algo que no me gustaba hacer. Por eso renuncié, dejé de disfrutarlo. White Oak es una organización mucho más pequeña que creamos hace casi 12 años con Mark Morris. Nos conocemos todos. En White Oak puedo dedicarme a la danza en un ciento por ciento. Es una compañía en la que la creatividad es lo más importante. Es un lugar en el que puedo experimentar distintas formas de arte. Es una apuesta a las cosas nuevas.

Dejá tu comentario

Te puede interesar