Quino: el adiós a un creador irrepetible

Espectáculos

Hijo de exiliados españoles, fue autor de una obra que trascendió a la de su personaje más famoso, y que también excedió al humor.

A los 88 años, Joaquín Salvador Lavado se parecía a uno de esos viejitos que dibujaba su alter ego, el maestro Quino. Un viejito en silla de ruedas, ejercitando su memoria, sonriendo por los buenos recuerdos, atento a la vida presente. Hace poco Mafalda cumplió 56 años. ¡Y no tiene ninguna arruga! Se la puede leer y sigue siendo actual. Su pensamiento es agudo, sus reclamos firmes. Nunca la convencieron los charlatanes. Soñaba con un mundo mejor, lo reclamaba. Y lo mismo le pasaba a Joaquín Lavado.

Mendocino, hijo de españoles, sobrino de un dibujante con su mismo nombre que le enseñó el oficio, temprano huérfano de padres, tenía 24 años cuando llegó a Buenos Aires con sus “monos”, como dicen en la jerga de los ilustradores. Venía con ilusiones, con un sentido del humor profundo, incisivo y a veces poético, y también con el sobrenombre puesto desde niño: Quino. Así lo conocieron en muchas y a veces muy buenas revistas, así se afirmó con peso propio en su primer libro de recopilaciones, “Mundo Quino”, publicado en 1963. Al año siguiente nacía Mafalda, que se publicó ininterrumpidamente hasta 1973. Luego vinieron la emigración a Milán, la fama internacional, los regresos, las decenas de libros en diversos idiomas, la devoción y admiración de colegas y lectores, los homenajes y premios como el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, que muy pocos humoristas han recibido (Les Luthiers entre ellos), y los títulos de Caballero de la Legión de Honor de la República Francesa y Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Cuyo, en su tierra natal. Ayer murió Joaquín Lavado, a los 88 años. Quino permanece.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Dejá tu comentario