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8 de abril 2026 - 18:55

Relatos de objetos que evocan infancias marcadas por la dictadura

Trece autores reconstruyen niñez, exilio y ausencias a partir de objetos cargados de sentido. La antología compilada por Victoria Torre convierte recuerdos íntimos en literatura contra el olvido.

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Objetos cotidianos que, en manos de trece autores, reconstruyen memorias de infancias atravesadas por la dictadura.

Trece chicos, cuatro nenes y nueve nenas, cuya infancia fue marcada porque uno de sus padres o los dos fueron desaparecidos o tuvieron que exiliarse durante la dictadura cívico militar, décadas después se convertirían en escritores, y hoy son figuras destacadas de nuestra narrativa, dan cuenta en “Materia de la Memoria” de su tan dramática, como apenas consciente, lesiva experiencia vital.

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Esos trece narradores fueron convocados con pericia por Victoria Torre, editora y compiladora argentina que reside en Alemania desde hace 35 años y es profesora en Zu Koln Universitat. Les propuso que cada uno contara ese momento crucial de su vida a través de un objeto evocador. Surgieron cosas queridas, odiadas, protegidas, olvidadas, que les hicieron recordar momentos, revivir emociones, situaciones de esa época aciaga. Las páginas de “Materia de la memoria” se fueron poblando del dibujo de un vecino, un peluche, unas sandalias, una baldosa, un badajo, el recorte de un diario, un boleto, unas galletas, un agujero en la pared, una valija andariega, el forro de un libro, y cartas, documentos, fotos. Nada de eso resulta sugerente ni alusivo a esa época trágica, hasta que lo ilumina el testimonio íntimo.

La propuesta remite al género “cuento de un objeto”, la it-fiction, que desplegó la narrativa inglesa de los siglos XVIII y XIX, donde el paso de una cosa de mano en mano llevaba por un variado mundo social. Ese recurso en el siglo XX fue usado por novelas y películas policiales. Y en esta imperdible antología se vuelven capítulos de una novela negra contada por altivos niños sufrientes.

Los relatos van desde el afuera, desde los chicos que por el exilio de sus padres nacieron en México, Francia o Brasil, a los que acá fueron cuidados por abuelos o parientes. Va de los padres a los que las amenazas los llevaron a irse igual que Luis Brandoni o Litto Nebbia, entre muchos otros, a los padres desaparecidos, que eran militantes políticos o guerrilleros, y qué, como señala Victoria Torres “aún deben lidiar con los efectos persistentes de lo ocurrido”.

Entre los que nacieron en el extranjero están los que padecen la marca de la doble nacionalidad, una ambigua identidad nacional. Mauro Libertella (“Un dibujo en la pared”) atesora el retrato que le hizo un vecino cuando era un bebé y que es para él “la alegría a pesar del desarraigo”. Mónica Zweig (“El nido y la baldosa”) suma cosas que son datos del destierro, hasta llegar a esa baldosa que sus padres llevaron con ellos, acaso para no olvidar las calles de Buenos Aires que extrañan, así como ella ahora extraña “el aire de París”. Paloma Vidal (“Escena con sandalias”), que está en Brasil desde los dos años, intenta reconstruir aquella época a partir del momento en que su madre, psicoanalista, fue a su consultorio y se enteró que la policía se había llevado a sus colegas. Julián Fuks (en el notable “Ya no suenan las campanas”), que nació en San Pablo, cuenta del exilio de sus padres a través del fragmento de una campana, talismán fantástico que les advirtió de la necesidad de huir.

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En la mayoría de los relatos la madre es quien hace saber lo que sucedió, pero en algunos, como el de Fuks, o el extraordinario de Mariana Eva Pérez (“La carta de Matías) gracias al resguardado recorte de un diario alcanza el entrañable orgullo de confirmar que su padre, jefe Montonero, más allá de su borgiano culto del coraje, honró la amistad hasta sus últimas consecuencias. Félix Bruzzone, en sus más que notable “Municiones”, están su abuelo, el capitán, su padre y su madre guerrilleros, la vida y muerte de ese gato de peluche gran protagonista, y de ese chico con “superpoderes” que nos hace saber cómo la pasó en la circunstancia a la que se vio arrojado.

Si bien hubiera sido fácil dejarse llevar por el sentimentalismo de la memoria retrospectiva y sus pérdidas, se ha evitado ese traspié, confirmando la calidad literaria de sus autores. Lo que no ha impedido desplegar el campo emocional, el detalle certero, la mención que remite a la época, a una canción de María Elena Walsh o una golosina. Algo admirablemente logrado por Paula Bombara (“Papel araña”) donde una nena tras el secuestro y desaparición de sus padres pasa a vivir con sus abuelos, tiene pesadillas, una disociación almística, diría Macedonio, luego el regreso de su madre, y la estremecedora salvación por la lectura.

Ocurre con los libros de cuentos que, si bien hay un orden pensado, uno elige por dónde empezar, a veces por el más corto o por él título. Por caso, por “Un poco de dulzura en forma de galletas” donde Ángela Urondo Raboy cuenta como una galletita casera sirvió para salvar de que una nieta fuera apropiada. En “Hasta donde llevar las cosas” de Julia Coria un título de propiedad sirve para metaforizar la herencia recibida. En “Un saquito para cada uno”, Ernesto Semán entrega las piezas que concluye en la desaparición de militantes de Vanguardia Comunista, desde una mirada afectuosa, distante, mordaz. La impactante contundencia de “La caja de Sofía” de Josefina Giglio, al concluir llevará a mirar una y otra vez la tapa de libro testimonio concreto de la realidad de todos lo leído. ”Triciclos” de Raquel Robles merece convertirse en película. En “Latas” Marta Dillon logra alzar la memoria dolorosa hacia la poesía. En el prólogo Claudia Piñeiro señala que recordar y nombrar es la forma de resistir al olvido impuesto desde el poder que sea. El recuerdo de objetos se vuelve en esta obra memoria de acontecimientos, de dramáticos sucesos a escala infantil, hace mirar desde niños sufrientes, vacuna contra el olvido.

Victoria Torres (compiladora) “Materia de memoria”, 13 relatos inéditos a 59 años del golpe (Bs.As., Emecé, 2026, 239 págs.)

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