Resucitan bien a viejos monstruos

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«Van Helsing» (EE.UU. 2004, habl. en inglés). Dir.: S. Sommers Int.: H. Jackman, K. Beckinsale, R. Roxburgh, D. Wenham, W. Kemp, M. Klebba, K.J. O'Connor, S. Hensley, R. Coltrane.

A los 20 minutos de «Van Helsing», el director Stephen Sommers ya le ha arrojado al público el gran triunfo del doctor Frankenstein, al Conde Drácula traicionando al famoso genio loco, al jorobado Igor torturando a todo monstruo que le den a su cuidado, más el molino en llamas calcado del final del «Frankenstein» de James Whale (filmado en blanco y negro como para aclarar el homenaje). Y más todavía: la lucha del cazador de monstruos Gabriel Van Helsing contra el temible Mr Hyde, sin olvidar la secuencia que describe el método para cazar un Hombre Lobo utilizado por los nativos de los montes Cárpatos, más algunos detalles de inteligencia vaticana más largos de explicar.

Cuando una película empieza de modo tan contundente, la gran pregunta es cómo se las arreglará para llegar así al final. Pero Sommers casi no da tiempo a este tipo de reflexiones. Sin permitir respiro, ya está mostrando un electrizante ataque de vampiras voladoras contra un desprevenido pueblito transilvano. Este vértigo ya revivió a La Momia, por eso no se puede culpar a Sommers por distorsionar los personajes de Bram Stoker llevándolos desde su siniestro tono de horror gótico literario hacia el estilo de una matiné de aventuras. Sobre todo si se tiene en cuenta que en «La Momia», esta misma fórmula logró que la más desgastada franquicia de la Universal vuelva y sea millones, superando los sueños más salvajes de Boris Karloff y Lon Chaney jr.

• El protagonista

Bastante lejos de sus antecesores Edward Van Sloan y Peter Cushing, Hugh Jackman es un Van Helsing un poco raro. Más que científico cazavampiros, es una especie de cazamonstruos indiscriminado con licencia para matar otorgada por el Vaticano. Jackman hace lo que puede por resultar convincente, y por suerte está acompañado por un elenco que lo ayuda mucho, sin hablar de los magníficos efectos, la fotografía y la hermosísima partitura de Alan Silvestri.

Puede molestar la distorsión herética de los personajes clásicos del fantástico, pero
Sommers no vulnera sus leyes esenciales. Además, si la mayor producción del género concibe una de sus secuencias más costosas en homenaje a una vieja parodia de culto como «La Danza de los vampiros» de Roman Polanski, hasta el más intolerante fan del cine de vampiros debe reconocer que detrás de este proyecto hay un director capaz de desafiar al mismísimo demonio con tal de inyectar nueva vida a sus monstruos favoritos.

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