Rosero: "No tomo partido ni me propuse un panfleto"

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Bogotá - «Después de escribir 'Los Ejércitos' quedé deshabitado por dentro» reflexiona Evelio Rosero, que con ese libro se impuso a los 439 que se presentaron al II Premio Tusquets de Novela 2006, a criterio de los jurados Alberto Manguel, Almudena Grandes, Beatriz de Moura, entre otros, quienes consideraron que «Los ejércitos» presenta «de modo contundente la violencia arbitraria e irracional que asuela a un pueblo, con singular elegancia y maestría no exenta de dramatismo».

Rosero realizó estudios de comunicación social en la Universidad Externado de Colombia, y luego de pasar por el periodismo se dedicó a construir una amplia y extensa obra narrativa que ha conquistado numerosos lauros.

Periodista: Desde hace un tiempo en la Argentina venimos recibiendo escritores colombianos como Fernando Vallejo, Laura Restrepo, Mario Mendoza, entre otros ¿por qué usted no nos visitó todavía?

Evelio Rosero: No he ido aún a la Argentina por la sencilla razón de que no me han invitado. Por supuesto que me encantaría conocer Buenos Aires. Admiro mucho a los argentinos, no sólo por su fútbol, naturalmente, sino por sus escritores.

P.: ¿Con qué escritores colombianos se relaciona?

E.R.: No soy amigo de ninguno de esos colombianos que andan de gira. No tengo ninguna «relación literaria». Pero estamos en el mismo barco, y me parece estupendo que ellos y sus obras sean reconocidos en el exterior.

P.: ¿Se propuso ganar premios para poder dedicarse por entero a ser narrador?

E.R.: Claro que no. Yo no escribo para ganar concursos de literatura. Descreo del autor que se sienta a su mesa con el fin de escribir para ganar un determinado premio literario. Yo empiezo y termino mi obra al margen de esos intereses. Cuando finalicé «Los Ejércitos» llevaba el original al correo para enviarlo a la editorial Norma, que era la empresa interesada, entonces, en mi obra. Pero me paré en un café internet, a navegar. Allí me enteré, por azar, del «Segundo Premio Tusquets de Novela». Soy admirador, como lector, de esa editorial. Y en lugar de enviar la novela a Norma-Editorial la envié a ese concurso, curiosamente vía Argentina. Preferí exponer mi obra a la mirada de los pre-lectores argentinos que a la de los mexicanos o españoles (porque había que elegir cualquiera de las tres opciones). Fue una buena determinación.

P.: ¿Tuvo que ver con los cuarenta mil euros del premio?

E.R.: Yo he participado en concursos por una bolsa de trabajo, que suele ser más generosa que los «anticipos editoriales». He venido ganando varios concursos, a Dios y el diablo gracias. Pero también los he perdido. Y eso me da igual. Cuando pierdo me digo «se equivocó el jurado», y listo. Sigo escribiendo.

P.: ¿Por qué ha firmado sus libros con diversos nombres?

E.R.: Evelio Rosero, Evelio José Rosero, y Evelio Rosero Diago son tres autores distintos en uno solo verdadero. Era un juego conmigo mismo, que ya terminó. Pero no voy a dilucidar ahora las diferencias entre esos tres autores. Que lo haga la crítica, si lo desea. Si se reeditan mis obras anteriores las firmaré como Evelio Rosero.

P.: ¿Qué sintió al ser premiado por un jurado que el año anterior había declarado desierto el premio?

E.R.: Alegría, sobre todo por saber que una de mis obras sería publicada por ese sello donde hay autores que aprecio. Alegría porque intuí que esa editorial se encargaría acaso de entregar mi obra a otros países, a difundirla con la responsabilidad y cariño que se merecen todos los autores, a diferencia de otra española, muy prestigiosa, por ejemplo, donde publiqué hace 20 años «Juliana los mira» y los libros se quedaron en los depósitos de Barcelona. No tuve suerte con esa editorial. Ni siquiera a mi país enviaron los libros.

P.: ¿De dónde surgió la idea de «Los ejércitos»?

E.R.: Del dolor colombiano. De las estadísticas de muertos, en la TV, en la radio, en los periódicos. Todas las anécdotas de violencia incorporadas a la novela son reales. Salieron de recortes de periódico, de noticias radiales y, sobre todo, de testimonios de viva voz que recogí en Cali, en un trabajo que tuvo más de periodístico que de literario. Surgió al constatar la indiferencia que palpita en las calles colombianas ante el conflicto y el dolor de los hermanos. De mi propio miedo. De mis pesadillas. Algo tenía que hacer, y lo único que puedo hacer es escribir. Pero fue un duro reto literario.

P.:¿La idea de San José, su pueblo imaginario, tiene que ver con el Macondo de García Márquez?

E.R.: Hay varios San José en la geografía colombiana. Como que cada departamento tiene su San José, con sus variantes. San José del Tablón, San José del Guaviare, etcétera. No pensé en un Macondo o en nada parecido. Pensé que ese San José podía ser cualquier pueblo colombiano, jodido por una guerra absurda, cuyos líderes son ajenos al país, sufren de mal de rabia y compiten en egoísmo y estupidez.

P.: ¿Qué piensa de García Márquez?

E.R.: Que es un gran escritor. El único clásico vivo de este mundo y del otro. Su ejemplo no proviene sólo de su arte literario sino de su vida. Para mí, desde adolescente, cuando me lancé a novelar, Gabo fue un ejemplo de coraje, de obstinación, de luchar contra viento y marea. De él, de su ejemplo vital, concluí que no hay que escribir capítulo por capítulo sino palabra por palabra.

P.:¿Ve alguna relación entre «Los Ejércitos» y «El Coronel no tiene quien le escriba»?

E.R.: No. Muchas veces los lectores y los críticos sienten lo que el autor ni siquiera contempló.

P.: ¿Y con el Bioy de «Diario de la Guerra del Cerdo»?

E.R.: Me extraña esa referencia, jamás la había pensado. Admiro a Bioy, pero no hallo el parangón al que se refiere.

P.: ¿Cuáles considera, entonces, sus mayores influencias?

E.R.: Soy un admirador permanente de los rusos del siglo XIX. A ellos vuelvo con frecuencia, y encuentro siempre cosas y enseñanzas distintas. En ellos seguramente podrían encontrarse mis antecedentes literarios.

P.: ¿La violencia de paramilitares, guerrilla, narcos, es la alegoría de partida o a la que busca llegar como denuncia?

E.R.: Es la situación colombiana. Soy un testigo, no tomo partido. No me propuse un panfleto. Cuando quiera dar mi opinión directa escribiré un ensayo, que para eso se concibió ese género. La novela es otra cosa. Es la condición humana. Es arte literario. Yo me refiero a los civiles, a los desarmados, en mitad del fuego cruzado.

P.: ¿Se divierte escribiendo?

E.R.: No me divierto, precisamente. Más bien me divierto leyendo, aunque, a veces, cuando escribo, no dejo de lanzar una risotada que todavía no sé cómo interpretar: si risa o grito de estupefacción.

P.: ¿Cómo pasa de la literatura juvenil a la de adultos?

E.R.: No hago diferencia en mis obras, en su género, si son para niños y jóvenes o para adultos. Las escribo por angustia, porque necesito escribirlas, no importa de qué hablen, de un vendedor de globos y su pulga amiga, o de los descubrimientos eróticos entre dos niñas de diez años, Juliana y Camila.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

E.R.: Nada. Después de «Los Ejércitos» quedé deshabitado, por dentro. Y espero que no sea por mucho tiempo.

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