25 de abril 2006 - 00:00
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«El pan cotidiano» (2005, técnica mixta en caja de madera),
del artista multimediático Rubén Grau.
«El espacio captado por la imaginación ya no puede seguir siendo el espacio indiferente entregado a las mediciones del agrimensor. Es espacio vivo, concentra ser en el interior de sus límites», escribió Gaston Bachelard en «La poética del espacio». Este es el concepto que Grau plantea en «Las moradas». En esta serie de las casas reelaboró el uso de materiales que ya estaba presente en «¿Dónde?», instalación que presentó en el Festival Internacional de Arte de Medellín, cuyo tema era Arte y ciudad, bajo el lema «la esencia del arte es la libertad».
Grau materializó la preguntapor la palabra-sabiduría degradada en información. En el espacio de un aula cuelgan delantales junto a la cita de T. S. Eliot, escrita sobre el pizarrón: «¿dónde está la sabiduría que perdimos en conocimiento? ¿dónde está el conocimiento que perdimos en información?».
El delantal blanco de los escolares no fue establecido -en la Argentina de la década de 1910 y en otros países latinoamericanos- para proteger la ropa que va debajo sino para igualar a quienes lo llevan, sea cual fuere su ropa. En la instalación de Grau, el delantal neutralizaba las diferencias sociales. El objetivo era anularlas, a través de la educación: al saber de la riqueza se oponía la riqueza del saber: pero la mayor riqueza era la libertad.
Educar es formar al ciudadano para que sea un hombre libre, decía Sarmiento, y le hacían coro los demás intelectuales de América, en la segunda mitad del siglo XIX. El color blanco en los delantales patentizaba, no sólo la infancia sino el comienzo de la gran aventura de conocer. Grau expuso sobre una pizarra negra, seis delantales. Sumó a la simbología de la igualdad y la iniciación del aprendizaje, lo que atañe al número seis, concretamente, el hexameron bíblico, el número de la creación, el número mediador entre el principio y la manifestación.
El mundo fue creado en seis días, y, según Clemente de Alejandría, en las seis direcciones del espacio, las cuatro cardinales, el cenit y el nadir. Pero el artista aludía a toda manera de creación, y desde una de ellas -el arte-, a la que el ser humano hace de sí mismo a través del saber, el sentir y el pensar. Nuevas simbologías estallan entre los materiales empleados: el agua, el fuego, la tierra, el aire, los cuatro elementos repartidos y/o aludidos en la cera, las ramas, los jabones, las tizas, las telas, el plomo, más la proyección de un cielo estrellado.
Educar es in-formar, esto es, dar forma, pero Grau se pregunta si la información, diosa de nuestro tiempo electrónico, da forma o de-forma el conocimiento. La polaridad educar informar es uno de los dilemas de la época presente. Pero una y otra son objeto de manipulación con fines de todo orden, políticos, económicos, comunicacionales. Según Marshall McLuhan, los medios de comunicación han hecho del mundo una aldea global.
Acaso esta obra de Grau intente recordarnos que la aldea global debe comenzar por el hombre mismo y no perder las raíces ni los horizontes.
Muchos teóricos insisten en que la relación entre el hecho artístico y la realidad circundante, está contenida en la obra. Sin embargo, la verdadera relación entre ambas aparece en la presencia transformada, de las condiciones de generación y representaciones imaginarias que se suscitan en el artista, y dejan sus huellas en el discurso artístico.
También Grau manifestó esta preocupación como curador de la muestra «El jardín de las delicias» que se expone en el Espacio Murvi (Darwin 1038, Buenos Aires). En el prólogo escribió: «Reivindicar el espacio público, la diversidad de funciones que puede acoger mediante el trabajo de los artistas, es una forma de promoverlos proyectos que se orientan a reinventar y fortalecer el papel estructural que este espacio ha tenido desde siempre en las ciudades, como catalizador de la vida urbana de la comunidad».
Grau convocó a un grupo de artistas -Fabiana Barreda, Eduardo Médici, Clorindo Testa, entre otros-, para que transformaran bancos, bebederos, columnas de luz y otros elementos del espacio urbano interviniéndolos lúdica y simbólicamente.




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